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VIOLETA SANTIAGO
Martes, 2 de octubre 2007, 12:16
Cuando hace un par de años una avispada 'mileurista' acuñó este término, que define a aquellos que ganan en torno a los 1.000 euros mensuales, medio país lamentó la precaria situación de jóvenes -y no tanto- de todo pelaje que se ven abocados a trabajos por debajo de su formación y en precario durante largos periodos. Pero existe una gran bolsa de trabajadores en el país, y en Cantabria, que casi vendería su alma por tener una nómina de cuatro dígitos, ya que su sueldo no puede estar referenciado más abajo: lo está al Salario Mínimo Interprofesional (SMI) que supone 570 euros mensuales para 14 pagas al año.
En teoría, sólo la figura del aprendiz debe cobrar por debajo de esta cifra básica, que sirve para pagar a los menos cualificados o a los recién llegados a un sector, en el que es necesaria experiencia. Sin embargo, son muy numerosos los puestos que exigen horas y horas de dedicación (con sonrisa al público exigible) cuya remuneración gira en torno a esta cantidad, más o menos adornada según la sensibilidad del empresario. La supervivencia suele venir de la mano de las horas extras y de los complementos salariales 'en negro', que nunca traen consigo los derechos del Estado del Bienestar.
Es el caso de los empleados de las tiendas de las gasolinera o de las antiguas 'Todo a 100', donde no hay un convenio colectivo al que acogerse. Cobran cantidades cercanas al SMI aquellos que se dedican en los grandes centros comerciales al 'merchandising' y los conocidos como 'reponedores', esto es, quienes recorren los pasillos colocando los productos. Otros cuya soldada está más cerca de los 600 euros que de los 1.000 son los empleados de tiendas de pintura al por menor o los empleados de carnicerías, que también carecen de un convenio.
En el área de la paquetería y distribución existe toda la precariedad que se quiera. Según apuntan desde la UGT de Cantabria, el convenio estatal de logística da unas cifras ligeramente superiores a las del SMI, lo que no evita que abunde el 'falso autónomo'. Es decir, personas que se hacen cargo de sus gastos para poder trabajar de forma continuada por cuenta de un tercero que no se responsabiliza de sus obligaciones como empleador.
Ser trabajador del hogar es otro de los oficios con poco beneficio: estas personas se llevan, puro y duro el SMI, y eso si el contratador responde, lo que no siempre sucede. Algo por encima del mínimo funcionan los trabajadores de confiterías y pastelerías. Y tradicionalmente mal pagados están los jardineros -que lograron hace poco un convenio propio aunque con tablas salariales bastante raquíticas-, los empleados de lavanderías y los de elaboración de congelados.
Quienes han pasado por esta experiencia saben que un salario bajo conlleva una alta rotación, el acometimiento de tareas para las que no están cualificados y, casi siempre, gran precariedad en forma de encadenamiento de contratos y la picaresca más diversa. Además, genera cierto malestar. EL DIARIO ofreció al menos a siete personas contar sus desventuras laborales y encontró una negativa tras otra. Son contados los quiere verse reflejados en un reportaje así. Dos trabajadores si aceptaron referir su caso. Estos son sus testimonios.
Marcos, un bufete explotador
Marcos, diplomado en Empresas y Máster en Dirección Económica Financiera y en Prevención de Riesgos, accedió porque lo que relata ocurrió hace varios años. Este treintañero se empleó en un despacho de abogados 30 horas a la semana, a razón de 370 euros al mes. El salario era la parte proporcional al SMI por las horas que trabajaba. «Para pagarme tan poco, argumentaban que no tenía experiencia. Pero cuando la tuve tampoco me subieron el sueldo. Por la cifra citada hizo de pasante y de administrador de fincas, sin saber muy bien por dónde se andaba. El caso es que, para optar al puesto «pedían estudios medios, conocimientos de informática. Pedir pedían dar, no daban tanto». Lo que cobraba le sentaba «mal, muy mal. Es muy frustrante. Te mina por dentro. Con un sueldo así no puedes hacer nada. El que contrata juega con que te da corte pedir tus derechos».
Marcos sabía que este trabajo, en el que aguantó seis meses hace varios años, «era provisional. Tiras mientras no tienes nada más y ellos se aprovechan de eso. Me di cuenta de que todos somos piezas reemplazables y de que no valoran nada a los trabajadores, aporten lo que aporten. Sólo piensan en su interés a corto plazo».
Eva, vacaciones 'congeladas'
La santanderina Eva trabajó un corto espacio de tiempo en una empresa de procesamiento de marisco y recuerda «con horror» su paso por allí. Entró por medio de una Empresa de Trabajo Temporal (ETT) y lo que vio la curó de espantos: «los de plantilla no tienen vacaciones. Les dan sólo los 15 días en que la fábrica hace una parada técnica. Se cobran menos de 600 euros por ocho horas de trabajo, sin pagas. Pero lo peor es la actividad en sí, el ritmo. No se puede parar ni un solo momento. No hay respiro, desde que llegas hasta que te vas. A mí me pareció bastante denigrante».
Más adelante se reconvirtió a teleoperadora, otro sector que le dejó mal sabor de boca. «Para mí, no decir toda la verdad a los clientes era como mentir. Te dan un curso de formación rápido y patético y luego te marcan unos objetivos muy difíciles de alcanzar. Si quieres lograrlos, acabas engañando al cliente con medias verdades. Yo para eso no valía».
De esta ocupación, sin embargo, no tiene queja «económica». Cobraba unos 600 euros al mes y se respetaban escrupulosamente los horarios y los tiempos de descanso. De ahí cambió a otro trabajo «mejor», pero en el que tampoco llega a los soñados mil euros.
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