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FERNANDO DE VIERNA
Sábado, 29 de diciembre 2007, 01:34
Recientemente Ana Rodríguez de la Robla publicaba en las páginas de este periódico 'Cuestión de desmemoria' (EDM, 23-12-2007), su particular reflexión, al hilo del quinto aniversario del fallecimiento de José Hierro. El tema fundamental de aquellas líneas era la desidia de las instituciones culturales cántabras que habían permitido que el transcurso del tiempo cubriera de olvido la creación de una Fundación José Hierro en Santander.
Compartiendo, en lo fundamental, su criterio, pienso que habría que plantear la cuestión desde otra perspectiva y, sobre todo, a la luz de la experiencia. Creo recordar que Ana Rodríguez de la Robla pertenecía a la Junta Directiva de la Sociedad Menéndez Pelayo cuando tuvo lugar la cesión de la casa de la calle Gravina al Ayuntamiento de Santander. En aquellos momentos, por iniciativa de la propia Sociedad Menéndez Pelayo, se ofreció la posibilidad de utilizar la parte del edificio que no estaba dedicado a Museo, es decir, la residencia del Director de la Biblioteca ¯si bien es cierto que el último en utilizarla había sido Ignacio Aguilera¯ para albergar la Fundación Gerardo Diego, como así se hizo.
No voy a entretenerme en hablar de la gestión del tema que se llevó a cabo en aquellos momentos, ni tampoco en la posterior utilización, tanto del inmueble, como de la propia fundación, a los cuales el tiempo expondrá a la luz (en ocasiones fría por la pérdida temporal de termostatos). Sin embargo me gustaría extraer alguna enseñanza de los años y experiencias habidas desde entonces hasta ahora.
La familia Hierro ha expresado su deseo de que la ciudad de Santander sea la sede de una fundación en memoria de su hijo adoptivo; pero la contrapartida que ofrecen para dar sentido a esa propuesta se limita a la entrega de la biblioteca del autor (como en la Fundación Gerardo Diego), reservándose para su particular uso la propiedad de los archivos (otra coincidencia con la Fundación Gerardo Diego), es decir, toda la documentación que habrá generado y conservado nuestro poeta a lo largo de ochenta años de vida. Pero es que en el caso de José Hiero, (a diferencia de Gerardo Diego) además, existe en Getafe, desde 2003, el Centro de Poesía José Hierro, cuyo contenido explica el propio Ayuntamiento: «una biblioteca especializada de poesía de unos 7.000 volúmenes y con el fondo documental más importante de España del poeta madrileño».
Si ese importante legado documental y bibliográfico ya está en el Centro de Getafe, la Fundación de Santander sólo tendría el mismo fin que tiene la Fundación Gerardo Diego: almacenar un importante volumen de libros que no quieren los herederos y ahorrarles los gastos de alquiler de un local adecuado.
Si de paso se cobran unos sabrosos dineros y se ahorran la vergüenza de hacerse pública la venta de esos libros; miel sobre hojuelas. Comparto, como decía más arriba, el criterio de Ana Rodríguez de la Robla, pero creo que lo fundamental sería la creación de una fundación que tuviera sede única en Santander, no compartida con otras instituciones ni física ni económicamente y con TODO el legado poético e intelectual de José Hierro, quien muchos años antes de ser nombrado hijo adoptivo de la ciudad ya lo era por voluntad propia y por ser hijo de una santanderina.
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