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NACHO GONZÁLEZ UCELAY
Jueves, 28 de agosto 2008, 10:55
Cuatro personas muertas, un centenar de ciudadanos evacuados, pérdidas materiales multimillonarias (10.000 millones de pesetas), precipitaciones que batieron todos los récords de pluviosidad conocidos hasta entonces en la región, y el impacto social que persigue a toda catástrofe humanitaria. Ayer se cumplieron los 25 años. El tiempo, que casi todo lo cura, no ha logrado borrar del recuerdo de los cántabros la 'gota fría' del fatídico año 1983. Ni lo logrará. Así pasen 25 más.
Negros nubarrones advirtieron el día 25 de agosto de aquel año del desastre que se avecinaría en las 48 horas siguientes, durante los días 26 y 27.
Precipitaciones por encima de los 40 litros por metro cuadrado en toda la región, salvo en el sur, de los 80 en puntos de las cuencas del Saja, Alto Besaya y Alto Pas, y de los 100 en zonas de la cuenca alta del río Nansa anunciaban aquel día 25 la catástrofe que acechaba a la vuelta de las 48 horas siguientes. Fatales.
El día 26 nuevas masas nubosas descargaron escandalosas cantidades de agua especialmente sobre las comarcas y valles orientales. Hay van algunos ejemplos: Vega de Pas, 180 l./m2; Mirones, 129; San Roque-La Concha, 160; Arredondo, 115; Villacarriedo, 140; Los Corrales de Buelna, 79; y Ramales, 87,5.
El día 27, la desolación
Y lo peor estaba por descargar. Ya anegada, Cantabria recibió el día 27 una impresionante masa nubosa desde el Golfo de Vizcaya que sacudió con crudeza a toda la parte central de la región descargando precipitaciones que dejaron en ridículo las anteriores: Parayas, 134 l./m2; faro de La Magdalena, 166; Puente Arce, 166,4; El Tojo-Revilla, 165; Escobedo de Villafufre 105; Castañeda, 111; y Mogro, 150.
Ni los más viejos de los lugares que no quedaron sumergidos bajo el agua recuerdan una forma de llover como aquella, que llevaba asociada un 'periodo de retorno' de casi 150 años. Es decir, que habrá de pasar ese tiempo hasta que un suceso como este vuelva a repetirse aquí.
El agua acumulada durante aquellos tres días trajo, claro, consecuencias catastróficas para Cantabria y los cántabros.
En la cuenca del Pas, el río y sus afluentes se desbordaron destrozando todo lo que las aguas desbocadas se encontraron por su camino. Casas, puentes...
Renedo de Piélagos, el epicentro de la catástrofe, se convirtió en una laguna cuando el modesto Carrimón y el Pas crecieron por encima de su cauce. La convulsión de las aguas de los dos ríos produjo un mar incontenible que dejó una huella mortal en la zona, absolutamente devastada.
Torrelavega se inundó completamente, como Ampuero y aquellas otras localidades de la cuenca del Asón, también desbordado. Y Santander -donde los vecinos de la calle Tetuán fueron evacuados en lanchas- parecía Venecia. Animales muertos flotando en la bahía, como troncos y maderos, alcantarillas reventadas, viviendas y calles inundadas... Un panorama desolador que durante días costaba ver sin que las lágrimas nublaran los ojos.
Aunque muy por encima de los destrozos materiales quedaron las pérdidas humanas. Porque las hubo. Hubo cuatro. Dos vecinos de Santander, otro de Renedo y un pasiego con los que el torrente de agua fue inmisericorde.
Así, enlutada, Cantabria no tuvo otro remedio que intentar recuperarse cuanto antes. Declarados 'zona catastrófica', 59 ayuntamientos de la región encabezaron la lista de prioridades para quienes acometieron las labores de reconstrucción, un descomunal contingente que necesitó meses para devolverle a la región su aspecto más decente.
Y que se amparó en la generosidad de todos los cántabros y de los que, por aquellos días, se sintieron cántabros. Porque además de las ayudas estatales, la región recibió numerosas muestras de solidaridad. Como las de Julio Iglesias, la Orquesta Sinfónica de Televisión Soviética, o este periódico. Ellos, como otros, donaron sus ganancias de aquellos días para ayudar a aplacar una catástrofe que dura 25 años... en la memoria.
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