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Pedro Rentería
SUCRE (BOLIVIA)

Pedro Rentería

Soy un sacerdote santanderino. Estoy aquí acompañando a jóvenes y adultos indígenas y campesinos. Y me siento feliz...

PPLL

Domingo, 19 de octubre 2008, 03:25

«Treinta centavitos, por favor» A vueltas con la realidad de pobreza que vivimos en Bolivia, no quiero dejar pasar una pequeña anécdota. Ocurrió hace unos días cuando me afanaba en buscar una película interesante para el fin de semana de los chicos de El Cortijo. Ya he dicho alguna vez que dedicamos un tiempito del viernes por la noche para abrir una ventana al mundo del cine y compartir con ellos una historia interesante. Todo lo que nos sirva para conocer otras culturas, otras costumbres, otras ideas, es bienvenido. Lo necesitamos en este país para relativizar muchos absolutos que no lo son tanto. Para no tener miedo de lo que llega de fuera. Para poder comparar y elegir las actitudes y talantes que nos hagan más personas. En fin, para lograr una mente abierta y lúcida que sea, a la vez, prudente, sepa decidir y se ponga manos a la obra. No sólo hablo del cine extranjero. Vamos viendo estupendas pelis bolivianas que nos presentan buenas reflexiones sobre esta realidad que nos rodea. Pero voy al asunto del artículo. Estaba yo decidiendo entre un DVD (aquí se pronuncia: dividí) con una comedia familiar divertida y otro con un tema más de pensar, cuando noté una manita que me tocaba en el brazo y una vocecita que, levemente, dijo: - «Me puede dar treinta centavitos, por favor». Cuando miré el origen de la vocecita pude ver a un changuito, de poco más de ocho añitos, mochila descosida a la espalda y ojos grandes y negros como el tizón. - «¿Para qué los necesitas?». - dije. - «Tengo que ir a mi casa, en Barrio Japón». Recordé la realidad de mucha infancia boliviana. Son niños que, en el mejor de los casos, asisten medio día a la escuelita cercana a su casa para dedicar el resto de la jornada a trabajos que encuentran, sobre todo, en el centro de la ciudad: lustrabotas, lava-autos, cargadores -llevando mil encomiendas en el Mercado-, canillitas o vendedores de periódicos... Terminadas sus largas y cansinas horas de trabajo, deben regresar con su familia que, seguro, vive en algún barrio de la periferia, como le ocurría a mi insólito amiguito. Los treinta centavitos eran para el pasaje del 'micro' que le acercaría donde los suyos. Se preguntará el lector: ¿y el dinero ganado durante el tiempo de trabajo? Pensaremos que la poca platita conseguida habrá que ponerla en manos de la mamá que, a su vez, se habrá pasado el día lavando ropa o haciendo montón de oficios aquí y allá. Pensaremos que algún chavalón desaprensivo se lo habrá robado... Pensaremos en la picaresca, en las mentirijillas... ¿qué será? Sea lo que sea, no acostumbro a preguntar mucho y si más y mejor no puedo ayudar a estos pequeños, dejo que el misterio de la vida siga su curso. Misterio, a veces inocente, a veces rufianesco. En muchas ocasiones ocurre que la noche les sorprende, medio trabajando, medio jugando o correteando por esas calles que, desde luego, no son el mejor ambiente para un niño. Marcha el último 'micro' y el changuito ya no puede ir a su casa. Cualquier portal, cualquier escondrijo mínimamente cubierto, le servirá como improvisado refugio nocturno. La noche serena del suave final del invierno sucrense se convierte en testigo de su presencia y, quizá, de su miedo. Quisiera ser un experto cuentacuentos. Encontrarme con estas personitas y llenar los rincones de su noche con historias mágicas de originales aventuras. De héroes y princesas, caballeros y villanos. Simpáticos fantasmas y sonrientes abuelitos. Hablarles así de un futuro más lindo y de un país más próspero. Reírme con ellos hasta la hartura y velar sus dulces sueños de desconocida esperanza. Velar. Acompañar. Todos seríamos más felices si nos prodigáramos en conjugar estos dos hermosos verbos con quienes nos encontramos en nuestro camino. En fin, sólo pude comprar una película, aunque mi intención era conseguir dos. Y como no tenía los treinta centavitos -¿quién lleva en su bolsillo tan engorrosas monedas?- deposité en su manita una de cinco pesitos, que le vendría de maravilla a este poco exigente changuito. La grandeza del ser humano está, entre otras cosas, en pedir poco cuando poco se tiene.

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