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Desde un cerro, la visión ofrece un horizonte de casas de adobe, jaimas, tierra, piedras y polvo. Es uno de los campamentos de refugiados. Aquí viven unas 40.000 personas. / A. M.
El Sáhara sigue a la espera
DOMINGO - I

El Sáhara sigue a la espera

Una delegación de Cantabria visitó los campamentos de refugiados saharauis en Tindouf (Argelia), donde unas 200.000 personas viven desde hace más de treinta años

ALVARO MACHÍN

Domingo, 1 de febrero 2009, 01:46

Dice uno de los muchos proverbios del Sáhara que si alguien te ofrece comida o bebida en el desierto, no debes declinar la oferta. Nunca sabes cuándo volverás a tener la oportunidad de repetir. Sin embargo, durante una pequeña estancia en el lugar inhóspito que les acoge con una provisionalidad casi eterna, no faltarán las invitaciones. En los campamentos de refugiados saharauis de Tindouf la vida no es fácil. Falta luz. Falta agua. Falta alimento, pero sobra hospitalidad y convicción en su idea de justicia.

Hay datos que evidencian una rutina de sufrimiento. Más del 60% de los niños sufre anemia. Idénticos son los porcentajes en el caso de las mujeres embarazadas. Las cifras de malnutrición del año 97 son las mismas que las del 2008. La tierra, dura y seca. Las temperaturas sobrepasan los cincuenta grados. Las carreteras, surcos en un horizonte idéntico en todas las direcciones... Y así, desde hace más de treinta años.

Pero el mayor obstáculo para el futuro de los saharauis no está en las carencias sino en el paso del tiempo, que cae como una losa sobre su paciencia. Un desgaste psicológico y moral. «Aquí no hay oportunidad de tener una vida mejor», denuncian desde la Media Luna Roja. Los jóvenes tienen demasiado tiempo para pensar ante la falta de ocio y posibilidades... Pensar mina la resistencia. Sin embargo, abundan las historias sorprendentes. Como la de un chico de 20 años que cruzó el muro construido por los marroquíes burlando la vigilancia militar para escapar de la persecución al otro lado. O la de los cientos de niños de la 'Escuela Cantabria' rindiendo homenaje a su bandera para poner fin a su jornada escolar. Más aún, el relato de una chica con estudios universitarios que, tras un periodo en España y Portugal, regresa a los campamentos. «¿Por qué?, ¿Por qué renunciar a una vida más cómoda?», le pregunta un visitante. Es su familia, su pueblo, su vida y el destino de compartir con ellos este periodo de su propia historia, explica con un discurso que navega entre lo filosófico y lo proverbial. «Ojalá cuando volvamos a vernos estemos en nuestra tierra», dicen en cada despedida. Y ése es el objetivo que reclaman: regresar a la parte occidental del Sáhara y convertirse en un estado independiente. Es el final que esperan para un conflicto que arranca con la retirada de las tropas españolas y la famosa 'Marcha Verde' de los marroquíes. Después de éso, una larga guerra entre el Frente Polisario y el vecino del norte y un mapa no resuelto que marca un Sáhara rico ocupado por Marruecos, uno más pobre controlado por el Polisario (los territorios liberados) y 200.000 saharauis refugiados en Tindouf, en la parte argelina del desierto.

En esa espera de 34 años y pronóstico incierto, han desarrollado un espíritu camaleónico de adaptación. Las jaimas -tiendas de campaña- de los primeros años de estancia ceden, poco a poco, el terreno a pequeñas construcciones de adobe secado al sol. Muestran con orgullo su sistema administrativo, sus hospitales, sus escuelas, su organización en wilayas (cada uno de los campamentos, equiparable a un concepto de provincia), dairas (municipios) y barrios... «En este entorno provisional, tenemos que responder a lo que somos, un movimiento de liberación, y, a la vez, prepararnos para lo que queremos ser, un estado», comenta uno de los ministros de la RASD (República Árabe Saharaui Democrática). Alcanzan, incluso, un vínculo familiar con ese suelo ingrato, con rutinas incomprensibles para el europeo. Una de ellas es la orientación. Cuenta la historia que durante la guerra, debían trasladarse por la noche para evitar los bombardeos. Sin luz, sin carreteras, sin referencias en la tierra, las encontraron en el cielo. Las estrellas se convirtieron en sus señales de tráfico, en sus carteles de autopista. Y no les faltan. Alguien dijo que el Sáhara es un hotel de mil estrellas.

¿Y por el día? «Si el viento viene del norte, los árboles se inclinan hacia el sur», explica Salem, un conductor acostumbrado a responder a las mismas preguntas. Sus ojos diminutos descubren cualquier detalle en el horizonte de tierra y roca.

Dependencia

Pero todas estas cualidades de supervivencia no son suficientes. Sin la cooperación, la despensa está vacía. Y tantos años desgastan, incluso, la solidaridad. «No existe una emergencia que dure más de 30 años y nosotros vivimos en una permanente emergencia», explican. Además, el carácter político de su conflicto no es una buena tarjeta de visita. «Convencer al mundo de las cosas malas es fácil. Pero asociar la palabra refugiado a seguridad, no violencia, transparencia, un papel destacado y moderno de la mujer, una buena organización... No resulta fácil». Tanto es así, que sus mínimos recursos se resienten cuando una catástrofe natural golpea algún rincón lejano. Los ojos solidarios miran, entonces, para otro lado. «Para convencer a los donantes hay que tener muertos», llegan a decir.

Tampoco son ajenos a la crisis. Los precios de los productos de primera necesidad han subido en el último año en torno al 70%. Con el mismo dinero se compra menos. Menos arroz, menos lentejas, menos carne y leche de camella, menos harina... Menos comida. Una comida que 'trisca' cuando las tormentas de arena dominan el horizonte. Una niebla de polvo se cuela por diminutos rincones. De ahí su piel cuarteada y una apariencia en años mucho mayor de lo que su fecha de nacimiento indica. De ahí la estampa del saharaui cubierto por ese turbante de postal llamado 'Elzam'. Ellos son capaces de reconocerse a través de la mirada (lo único visible).

En el 'ránking' de las ayudas, España está a la cabeza. No olvidan que el Sáhara fue, en otro tiempo, la provincia número 53 de un país cambiado. Hay quién conserva su DNI. Por eso, cuando a Hamoudi Ahmed, delegado saharaui en Cantabria, le preguntan cuántos años lleva viviendo en España ofrece la misma respuesta: «Yo nací en España». Tal vez por esos lazos que las diferencias políticas no han terminado de romper son la única comunidad que habla español en un entorno francófono. Tal vez por eso, 9.000 de sus niños disfrutan cada año en España del programa 'Vacaciones en Paz'. A Cantabria llegarán este verano 82, a través de la ONG 'Cantabria por el Sáhara', que en breve enviará una caravana de alimentos y que ya prepara la visita de las familias 'adoptivas' de los niños.

La formación es uno de los pilares de su proyecto de vida y estos viajes son una de sus herramientas. Pero hay otros efectos. Los niños observan otro mundo, otros jóvenes, aprenden español, acuden a revisiones médicas... Incluso, la conexión con familias europeas se convierte en otro sustento. No hay viaje a los campamentos que no implique la entrega de un paquete, un sobre, un obsequio...

Cuando el visitante llegue a la jaima para visitar a una familia alguien encenderá incienso y una mujer repartirá agua de colonia para limpiar el polvo de las manos. Si la estancia no precisa de reloj, habrá tiempo para la lenta ceremonia del té y para una conversación. Ofrecerán tres vasos. El primero, amargo. Como la vida en el desierto. El segundo será dulce como el amor. ¿Y el último? El último será suave. Suave como la muerte.

En el Sáhara, en los campamentos de refugiados de Tindouf (Argelia), toman té cada día más de 200.000 personas desde hace más de 30 años.

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