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«Es muy duro oír cada día 'tenía que haberme muerto'»
NACIONAL

«Es muy duro oír cada día 'tenía que haberme muerto'»

Cuatro mujeres de heridos en atentados de ETA relatan el tortuoso camino que les tocó vivir como enfermeras y psicólogas de sus maridos

LORENA GIL

Domingo, 8 de febrero 2009, 01:41

ETA rompió por completo las vidas de Lucía Nieves Valverde, Mari Carmen Armiñana, Conchi López y Victoria Castro. Sus maridos sobrevivieron a sendos atentados de la banda terrorista, pero las secuelas nunca desaparecieron del todo. Ellas se convirtieron en enfermeras y psicólogas de la noche a la mañana. «Solas, sin ayuda», sacaron fuerzas de flaqueza para hacer frente a situaciones inimaginables que todavía hoy en día se repiten. Son víctimas «ocultas» que sólo piden un poco de ayuda y reconocimiento. La Asociación Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado Víctimas del Terrorismo ha puesto en marcha un grupo de apoyo para las esposas de afectados que Lucía se encarga de coordinar. «Nos echamos una mano las unas a las otras porque nadie lo hace por nosotras», expresa.

LUCÍA NIEVES VALVERDE

Mujer de Francisco Zaragoza

«Hay muchas separaciones»

El 18 de diciembre de 1988, la patrulla de Francisco Zaragoza se dirigía a Ipurua, el campo del Eibar, cuando fue tiroteada por un comando de ETA. En el atentado perdió la vida el policía José Antonio Barrado. Lucía Nieves, mujer de Paco, tenía 29 años y «era una cría con muchos proyectos por delante que se quedaron en el aire», se describe a sí misma. Su ilusión era estudiar Enfermería. No fue posible. «Pasé de estar protegida a ser yo la que tenía que cuidar de todos», señala. De su marido, que quedó muy malherido -lleva ya cuatro operaciones- y de sus dos hijos. Lucía se convirtió en enfermera, sí, pero su sueño se tornó en pesadilla. «Cuando ocurre el atentado, el Gobierno está contigo, pero cuando pasan los días, nos dejan solas y sin ayuda», denuncia. Durante el tiempo que Paco estuvo ingresado en el hospital ella permaneció a su lado. Ya en casa, en Valencia, vivió situaciones insostenibles, hasta el punto de que llegó a desear que su marido «hubiese fallecido en el atentado para que todos pudiéramos descansar», admite. «El índice de separaciones en los matrimonios de heridos es muy alto porque muchas mujeres no aguantan tanto dolor», asegura.

Lucía trabajaba todo lo que podía para sacar adelante a la familia. Y cuando llegaba a casa no descansaba. «Temía que Paco se tirase por el balcón. Él sólo repetía que tenía que haber muerto, como su compañero», revela emocionada. Paco «lloraba cada dos por tres, se caía de la cama y yo intentaba levantarle pero no podía con él, así que tenía que llamar a una ambulancia». Zaragoza ha pasado ya lo peor. Aún así, las secuelas nunca desaparecen del todo. Sigue medicándose, sobre todo para mitigar el dolor de las heridas.

MARI CARMEN ARMIÑANA

Esposa de Eliodoro Borrás

«No volvimos a ser felices»

«En mi casa no volvimos a saber lo que era la felicidad». La que habla es Mari Carmen Armiñana. Su marido, Eliodoro Borrás, policía nacional, fue víctima de tres atentados de ETA, pero fue el último el que le dejó marcado para siempre. A él y a su familia. La banda terrorista hizo estallar un coche bomba al paso del vehículo en el que patrullaban Eliodoro y sus compañeros. Uno de ellos falleció y otros dos quedaron malheridos. Junio de 1983, en San Sebastián. La pareja tenía entonces dos hijos. «Aquel día me hicieron muchas promesas. Recuerdo que alguien del cuartel me dijo 'señora, lo que usted necesite'. Veinticuatro horas después, nada», evoca Mari Carmen.

Eliodoro tenía metralla por todo el cuerpo. Su mujer quitó restos de su piel años después del atentado. ETA intentó acabar con su vida en junio y en octubre y Eliodoro se reincorporó a su puesto de trabajo. «Decían que estaba bien, que o volvía o a la calle, pero mi marido no era el mismo, no era el hombre con el que yo me había casado», señala Mari Carmen. Eliodoro cayó en una depresión severa. «Decía que era un desgraciado, que tenía que haberse muerto, y amenazaba con coger la pistola y pegarse dos tiros cualquier día», recuerda Mari Carmen. Hace tres años, Eliodoro falleció de un cáncer de pulmón. Le han quedado 700 euros de pensión y paga 500 de hipoteca. Por eso, limpia casas para pagarse el pan. No pide dinero, sólo ayuda para las mujeres que tienen que enfrentarse a una situación así.

CONCHI LÓPEZ

Mujer de Antonio Suárez

«Acabas con el doctorado en medicina»

El marido de Conchi, Antonio Suárez, se ha sometido ya a más de treinta operaciones, la última el pasado 28 de enero. Antonio, gallego de nacimiento, se incorporó en 1990 al cuartel de la Policía Nacional de Basauri. Era 18 de noviembre. Volvía con tres compañeros de prestar servicio en el campo del fútbol de Kabieces cuando estalló una bomba. Dos de sus compañeros fallecieron. Antonio voló más de cincuenta metros. Pero al recordar aquel día, lo que más le duele es la forma en la que se enteró su mujer de lo ocurrido.

El atentado se produjo a la una y cuarto de la tarde, pero Conchi no supo que su marido estaba herido hasta las dos y media, y por la radio. «Nadie me llamó», censura. Antonio estuvo ingresado una semana en el hospital y ella viajó desde La Coruña hasta Bilbao para estar con él. «La Policía y el Gobierno, en lugar de buscarme un hotel normalito, me dejaron en una pensión con el baño en el pasillo, y cuando no estaba en el hospital con mi marido, estaba sola», recuerda Conchi. Ya en Galicia, Antonio estuvo ingresado un año en el hospital coruñés. «Yo dejaba a los niños con mi familia y me iba con él», relata. En casa, Conchi cambiaba las vendas a su marido y le controlaba toda la medicación, que todavía hoy necesita. «Acabas con el doctorado en medicina y psicología», apunta. Sabe que el dolor que sufren las viudas de las personas asesinadas por ETA es enorme. Pero también es consciente de que «algunas logran rehacer sus vidas, mientras que las esposas de heridos sufren de por vida.

VICTORIA CASTRO

Esposa de Vicente Chousa

«Se pasaba el día llorando»

Vicente Chousa sufrió un atentado cuando ejercía en el cuartel de Loyola en 1981. Llevaba sólo cinco días como relevo en Guipúzcoa cuando ETA hizo estallar un artefacto al paso del vehículo en el que viajaba Vicente. Uno de sus compañeros perdió la vida. El capitán de la compañía telefoneó a Victoria, su mujer, que se encontraba en Ferrol, para contarle lo ocurrido. «Me dijo que había sido víctima de un atentado, pero que no me preocupara, que estaba bien», recuerda. Pero ella no se quedó tranquila. Llamó a todos los hospitales, hasta que logró dar con su marido.

Pasado un tiempo, Vicente se reincorporó a su puesto, esta vez en Galicia. En 1986 tuvo que enfrentarse a la amenaza de otro atentado. El Exército Guerrilleiro do Pobo Galego Ceibe colocó una bomba en la Plaza de España de La Coruña que fue finalmente desactivada. «Le daba miedo pasar por allí y empezó a ir a un psicólogo, hasta que pidió el traslado a Las Palmas», comenta Victoria. Pero las cosas iban mal «y los que más sufrieron fueron los pequeños», reconoce, en alusión a sus hijos. Vicente quedó muy tocado psicológicamente, hasta el punto de que un día, cuando una de sus hijas le dio una mala contestación. «él la miró, la cogió en alto y parecía que quería tirarla por la ventana. Si no es por una vecina, no quiero ni pensar qué habría pasado», relata Victoria. A los pocos días le dieron la baja definitiva.

Victoria recuerda cómo su marido se hundía cada vez que ETA volvía a atentar. «Se encerraba en la habitación y no paraba de llorar», evoca. Victoria no ha olvidado tampoco cómo al ir a recoger a sus hijos al colegio oía a otros padres murmurar acerca del atentado de su marido. Como el resto de las mujeres de heridos, echa en falta el apoyo de las instituciones. «Al sobrevivir al atentado, es como si no hubiese pasado nada. Ellos no existen y nosotras tampoco». Se convierten en víctimas en la sombra.

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