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Álvaro Machín
Domingo, 7 de febrero 2016, 09:33
Fernando va a cumplir los 75. Le queda poco más de una semana. Cada año repite una historia que sus dos nietas ya se saben bien. La suya no es una batallita de abuelo cualquiera. «Estos días pienso siempre, porque me lo contó mi madre, en todas las fatigas que pasaron». En el traslado de recién nacido al Hotel Hoyuela, en el bautizo en San Roque y «en todo lo que danzamos después». Hasta ahí, como mucho, el relato sirve para despertar la curiosidad, salvo para los que no pueden pasar por alto una fecha. Y la del 15 de febrero de 1941 no se le escapa a un santanderino un poco empapado en biografía urbana. El señor Carril nació en plena calle, «entre el Ayuntamiento y el edificio del Gran Bazar, el Sepi». La mujer que le trajo al mundo parió mientras su casa se quemaba. Justo después de que la desalojaran. Sí. Fernando vio la luz durante el gran incendio y ambos -él y el fuego- celebrarán aniversario en unos días, 75 aniversario. El Diario Montañés echa la vista atrás para hablar de recuerdos y de llamas. Para revivir el suceso y desenterrar el Santander que se borró del mapa. En el periódico, en internet y a través del regalo de seis láminas para enmarcar. Trasladarse al número veinte de la calle Cádiz en el que todo empezó, sentir el viento Sur de aquella noche y saber qué quedó y qué cambió para siempre. Qué pasó antes, durante y después del día que nació Fernando Carril.
La ciudad ya tenía miedo antes de arder. Cuentan que el aire era tan fuerte que los anemómetros no pudieron resistirlo. Que la Bahía era el mar de las películas de tormenta. Por eso, la chimenea de la calle Cádiz -el bloque en el que arrancó la catástrofe estaría en lo que ahora anda comprendido entre los números once y trece de la vía- fue un cañón de llamas dirigido hacia la Rúa Mayor, elevada a su espalda a la altura de la Catedral. El suplemento del periódico incluye, por ejemplo, un balance en cifras de las consecuencias. Para hacerse una idea, en el casco de calles abigarradas del Santander de entonces, durante las primeras horas, ardió un edificio por minuto. Recorrer ese antiguo plano urbano, el de la noche del día 15, será posible a través del especial de la web del periódico, que permitirá dimensionar la porción de ciudad que se marchó para no volver.
Pero tal vez, junto a las centenares de imágenes que permitirán viajar en el tiempo, lo más destacado del trabajo de la redacción de El Diario con el apoyo de numerosos colaboradores sean los testimonios. La primera persona. Relatos de pérdida, historias de los que se quedaron sin nada. También rescates milagrosos y héroes anónimos. Las brasas aún estaban calientes quince días después de que todo empezara. Para ellos, para los que conocían la calle La Blanca y la Plaza Vieja, para los que vieron a los bomberos que llegaron de toda España, nunca se han apagado del todo. Hay, de hecho, algo que se revuelve por dentro al ver las imágenes de las seis láminas que se entregarán de forma gratuita a partir del próximo domingo con el ejemplar del periódico en los puntos de venta de Santander. Al ver las imágenes llenas de vida en unas calles de blanco y negro. El bullicio de San Francisco, los tranvías de Atarazanas o el balcón del palacio de Villatorre, que hacía esquina frente a La Compañía. Al pensar en las oscuras tabernas de la Rúa Menor, en los bazares de entonces o en los hoteles de Calderón de la Barca. Al ver todo eso y, justo al lado, esas mismas calles arrasadas. Convertidas en fantasmas de escombro. Justo hace ahora 75 años.
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