

Secciones
Servicios
Destacamos
Álvaro Machín
Sábado, 23 de julio 2016, 12:52
«Cinco adelante, dos adelante, próximo a cubierta, cabo guía en cubierta...». A bordo, todo se canta. Como los partidos de fútbol por la radio los domingos por la tarde. «¿Rescatador preparado?». Se pregunta. Y se responde casi pisándose las letras: «Preparado». No hay movimiento sin certeza. «Cabina asegurada. Puedes abrir la puerta cuando quieras», justo después de repasar en las alturas desde la zona de los pilotos dónde está colocada cada cosa, quién bajará primero, qué puerta es la que se va a abrir y a qué lado de la nave queda la balsa de emergencia por si la cosa se tuerce. Da igual que todos esos detalles ya hubieran quedado claros antes de salir. Que los hayan repasado papel en mano. El protocolo es el protocolo. Seguridad a la que agarrarse. Y esa atención permanente, ese no bajar la guardia, también se entrena. Ayer, por ejemplo, hasta con público. Fue un simulacro de evacuación de herido o enfermo de una embarcación desde el helicóptero del Gobierno de Cantabria. Uno más. Pero con un matiz, porque en el María de Maeztu, sobre las aguas y a ocho millas al norte de Mouro, iban 32 alumnos de un curso de la UIMP.
Nuevos enfoques para una respuesta integral a los riesgos de protección civil. El seminario. Personal del 112, bomberos, policías... Ellos dejaron por unas horas el aula de La Magdalena y se subieron junto a la tripulación del buque remolcador de Salvamento Marítimo. Una mancha naranja en mitad del mar de casi cuarenta metros de eslora. En el helicóptero, piloto, copiloto, operador de grúa, médico y rescatador (con el añadido, esta vez, de un fotógrafo y un redactor de El Diario). «Les informamos que estamos a punto de iniciar un ejercicio con el María de Maeztu al norte de Cabo Mayor». Avisos ya con el motor en marcha tras salir del hangar. A la base del 112, a la torre de control del Seve Ballesteros, a Salvamento Marítimo... «Lista cabina, ¿estamos todos listos?». A las 16.34, el Bell 412EP se levanta del suelo. A poca altura se ve la polvareda y hasta las miradas curiosas de los pasajeros del Ryanair que están embarcando.
«¿Autonomía y tiempo de trabajo?». Los controladores del aeropuerto hacen su labor. Lo siguiente es contactar con el barco. Un imprevisto porque la comunicación ya con el buque a la vista desde el cielo no es buena. Demasiado ruido, muchas interferencias... Muy molesto. Ya en otro canal, desde el remolcador les dan dos datos esenciales. Viento y ola. Velocidad, dirección, altura... Está todo tranquilo en el Cantábrico, pero es necesario saberlo para determinar el rumbo y conseguir que las dos naves, la aérea y la marítima, se desplacen acompasadas, como si bailaran al ritmo. En paralelo y al compás.
Los especialistas llaman hipódromo al siguiente paso. Darse una vuelta para ajustarse a esos parámetros de velocidad y altura con tiempo suficiente. Necesitan, de hecho, tres millas de distancia con respecto al punto exacto (el barco) para ir acercándose, ajustándose. «Una pasada y nos vamos». Van poco a poco. Trescientos pies, cien pies... Y ahí llega la acción. Los alumnos del barco apuntan con sus móviles a la aeronave. Vídeos para presumir. Está ahí, pegada. A setenta pies. Poco más de veinte metros. Las dos tripulaciones pueden verse las caras. «Allí está fulano, allí está mengano», comentan desde la cabina.
Una de las puertas laterales se abre y entra una corriente de aire. No hace frío y hasta se agradece dentro. El operador de la grúa suelta el cable-guía, que recogen en cubierta. «Me desconecto», dice el rescatador mientras se quita los cascos con los que todos se comunican internamente en el helicóptero. «Rescatador fuera». Paso a paso. Baja él, le sigue el médico y entre los dos, ya con los pies en el María de Maeztu y pegados al presunto herido, recogen la camilla que se descuelga.
Primeros auxilios
La tarea de los dos especialistas se centra, desde ese instante, en la víctima. En la persona que debe ser evacuada. Estabilizarle, una primera atención sanitaria y, obviamente, asegurarle de la mejor manera posible antes de ser izado. Todo está medido. El rescatador baja primero por si al médico le ocurriera algo durante el descenso. Él podría auxiliarle. Tirarse al agua con el equipo necesario (el helicóptero, que flota llegado el caso, también tiene su protocolo en caso de amerizaje).
El orden para regresar al aparato también está estudiado. Esta vez es el médico el primero en volver. Para recibir al herido que le sigue en la camilla y que hoy no es más que un muñeco en la nave. Es el momento clave y el operador de la grúa juega un papel esencial. El cable recogiéndose suena como un zumbido desde los asientos del Bell 412EP. Con el rescatador a bordo toca regresar a la base. Pero entre una cosa y otra (bajar, estabilizar al evacuado y volver a subir), el helicóptero hace tráfico. Darse una vuelta, hacer tiempo. «A la una parece que está lloviendo un poco, ¿no?», «¿cómo estará de nubes en Picos?»... Conversaciones desde el cielo.
«Estacionamiento habitual, buenas tardes». 17.30 horas. Exactamente, una hora y seis minutos de ejercicio. «Tranquilo, que no te dan». Al bajarse, las palas parece que se te echan encima. Los cinco tripulantes forman un círculo a pie de pista. «¿Todo ha ido bien? Sí, perfecto. Hemos terminado».
Publicidad
Publicidad
Te puede interesar
La palygorskita, los cimientos del vino rancio en Nava del Rey
El Norte de Castilla
Publicidad
Publicidad
Noticias seleccionadas
Ana del Castillo
Esta funcionalidad es exclusiva para suscriptores.
Reporta un error en esta noticia
Comentar es una ventaja exclusiva para suscriptores
¿Ya eres suscriptor?
Inicia sesiónNecesitas ser suscriptor para poder votar.