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Viernes, 2 de junio 2006, 02:00
Cual Audrey Hepburn en 'My fair lady', Blanca del Piñal paseaba por Santander en su adolescencia bien plantada con sus sombreros para sorpresa de los paseantes. No veían un objeto volador no identificado; sí un accesorio personal poco común. Y es que, si históricamente las cabezas se distinguían con las piezas sombrereras, hoy en día este complemento ha quedado reducido a una mínima población de usuarios.
Criada entre botones, lazos y telas de colores -sus abuelos tenían una mercería- e influenciada por la pantalla grande, una joven Del Piñal un buen día se replanteó su futuro. Dejó la abogacía por los tocados y sombreros. Primero, como coleccionista -en la actualidad tiene más de 120 piezas de todo el mundo- y después como creadora e incluso investigadora. Porque desde hace un tiempo, la joven santanderina analiza junto a su maestra, la diseñadora de sombreros Charo Iglesias, la historia de la sombrerería en España.
El tiempo ha modificado no sólo el mercado del sombrero, también sus métodos de producción: «Antes en un taller de sombrerería trabajaban cincuenta personas y cada uno se dedicaba a una cosa -planchado del fieltro, cosido de la paja, elaboración de flores, tintes, recolección de plumas-. Ahora tienes que saber de todo. Ser multidisciplinar», asegura Blanca del Piñal.
De plumas y gripe aviar
Sus materiales de trabajo no se pueden conseguir en España, así que cada dos por tres viaja a París, Italia o Londres para hacerse con lo mejor. Curiosamente, las plumas que adornan sus piezas son cántabras; más concretamente del Zoo de Santillana del Mar. «Afortunadamente no me ha afectado la crisis de la gripe aviar, con la que se prohibió la importación de plumas... Me ceden las de avestruces, faisanes...», dice la modista de sombreros. A la que no sería correcto llamar sombrerera: «Define a la caja donde los guardamos».
Según Blanca, «se ven pocos sombreros por la calle. Si llevas uno es casi seguro que te señalen». A ella le ha ocurrido «unas cuentas veces, incluso me han gritado de acera a acera». Dice que fue la revolución hippie la que propició el ostracismo de los sombreros: «Querían dejar las tradiciones de sus padres y abuelos y dejar el pelo al aire».
Pese a lo complicado de este reducto de la moda, Blanca cree que con tesón puede ganarse la vida como creadora de este complemento que «te diferencia del resto. Permite dar un toque personal a cualquier estilismo y sobresalir», dice. Primavera y verano son épocas propicias para la venta con la cantidad sin límite de ceremonias religiosas -bodas, bautizos y comuniones de cualquier casa real o irreal-, en las que «las señoras buscan un modelo específico que les aporte distinción y originalidad», afirma Del Piñal.
El tema de los hombres es más complicado. La fiebre de los cowboys ha calado más en ellas que ellos, aunque originariamente fueran los protagonistas del western los elegidos para estas piezas clásicas.
«Un hombre con su sombrero austríaco o con corte a lo Humphrey Bo-gart está imponente, pero po-cos se atreven», asegura la cántabra. Más atrevidos son los adictos a la gorra, prima hermana de los sombreros con versiones siglo XXI.
Aunque no puede dedicarse a la venta tanto como quisiera, Blanca del Piñal tiene algunos modelos en las tiendas santanderinas 'Trasgo' y 'Lucio Herrezuelo'. Sus escaparates sirven de plataforma al trabajo de esta creadora que también ha participado en los certámenes de Jóvenes Diseñadores de Cantabria (2004) y Madrid (2005). Aunque no lo parezca, Blanca del Piñal está 'tocada' de la cabeza, pero con sentido.
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