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SERGIO EGUIA
Sábado, 21 de octubre 2006, 02:59
La comarca de Sangüesa es un lugar para pasear. Y el castillo de Javier, restaurado para los actos del quinto centenario del nacimiento de San Francisco Javier, patrón de Navarra, una excusa perfecta para hacer el camino, dominado por la Sierra de Leire, entre la inaccesible garganta de la Foz de Lumbier, excavada en la roca durante cientos de miles de años, por el río Irati y las fértiles llanuras en las orillas del Aragón. Francisco de Jaso y Azpilicueta nació en el llamado Palacio Nuevo el 7 de abril de 1506. Su infancia transcurre entre los muros de la fortaleza, asediada y finalmente derruida en parte por las tropas de Fernando el Católico, quien invadió Navarra en 1512.
A los 19 años partió a París, donde realizará los estudios que le permitan afrontar el destino eclesial reservado a un segundón de familia noble. Allí, conoce a Iñigo de Oñez y Loyola, un soldado licenciado, y el encuentro dará un giro radical a la carrera del joven navarro. Superada una inicial enemistad, Francisco se convierte en discípulo de San Ignacio y decide dedicar su vida a Dios, olvidando la fama y el poder, que en casa le debían es-perar.
Es el germen de la Compañía de Jesús y el primer paso de su misión evangelizadora, por India, China y Japón. San Francisco Javier nunca regresó a su pueblo y sus restos descansan lejos, en Goa (India). Considerado un puente entre Oriente y Occidente, es materia de estudio en las escuelas japonesas y de sus viajes persisten lazos como el hermanamiento entre Pamplona y Yamaguchi, en Japón. Aún hoy, su tumba es visitada por cristianos, hindúes y musulmanes. En Javier, miles de personas peregrinan cada mes de marzo hasta su castillo en la popular Javierada.
La fortaleza guarda grandes joyas artísticas de los albores del Renacimiento. El mayor tesoro es la Capilla del Cristo; las paredes están decoradas por frescos del siglo XV que representan la danza de la muerte.
En el centro, un Cristo sonriente, una pose poco habitual, preside la estancia. Dice la leyenda, que la talla lloró sangre el día de la muerte del santo en la isla china de Sancián. La planta baja recoge unos kakemonos del siglo XIX, dibujos japo-neses en los que se aparecen escenas de la evangelización en ese país. Además, con la restauración de 2005, la nueva pina-coteca muestra al público seis grandes lienzos del pintor flamenco Godofredo Maes.
En la foz
A un paso de la casa natal de San Francisco Javier se alza el monasterio de Leyre, cuna del románico, sede episcopal sobre el 1200 y panteón de los reyes de Navarra. El lugar, declarado monumento nacional, es un mirador grandioso, donde puede degustarse un excepcional licor de hierbas elaborado por los monjes. A sus pies comienza el pantano de Yesa, por cuya ribera discurre el camino de Santiago. Además, el mar del Pirineo es un lugar de privilegio para practicar deportes náuticos y, cuando baja el nivel de las aguas, a final de verano, queda al descubierto un antiguo balneario en el que disfrutar de baños termales y de arcilla.
Al norte desde el monasterio dedicado a San Salvador, se encuentra la Sierra de Leyre, un macizo que separa los verdes valles de Salazar y Roncal de las fértiles tierras que descienden hacia la llanada. Por sus laderas bajan los ríos a través de los que durante años se transportó la madera del Pirineo. Corrientes como la del Irati, cuya fuerza y el paso del tiempo han excavado la Foz de Lumbier, un cañón de hasta 130 metros de altura, estrecho y profundo, cuyas paredes son retiro de buitres, quebrantahuesos y águilas reales.
La foz se puede recorrer a pie. Desde el aparcamiento en Lumbier se avanza por una pista hacia la presa de la foz por el túnel corto (167 metros), un vestigio del primer tren eléctrico español, que conectó Pamplona y Sangüesa en 1911. No está iluminado, por lo que se recomienda llevar linterna. Más adelante, el paseo cruza un segundo túnel -206 metros- y llega hasta el Puente del Diablo, una construcción de un solo ojo del siglo XVI, dinamitada por los franceses durante la Guerra de Independencia.
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