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JESÚS PINDADO
Sábado, 23 de diciembre 2006, 13:05
Llegadas estas festividades navideñas, el amigo Barrigón, pintor, en un contertulio guirigay que ayuda a formar los lunes, me confesaba -casi a voces- que le ataca en Santander el hastío. Aparte de que le guste más el otoño que la primavera, eso no es tan original como lo que pinte 'Barry' porque le pasa alguna vez a todo el mundo. Así como la depresión afectaría el 10 por ciento de la gente en algún momento durante su vida, los tedios -que se deben poner en plural- le afectan a todos alguna vez aunque más a hombres que a mujeres y según Lars Svendsen, en Filosofía del tedio (Barcelona, 2006) es algo que remite con la edad. Por lo visto, según Byron no nos queda más remedio que aburrirnos o aburrir aunque alguno se lo pasa tan felizmente cantando o duerme a pierna suelta gracias a su complacida y complaciente conciencia sin saber que esto se ha comparado como una especie de insomnio.
Antes, el fenómeno impreciso del tedio era cosa del clero y la nobleza, sus antecedentes eran algo perteneciente a minorías de privilegiados, que recuerda el mencionado autor mediante la similitud freudiana entre melancolía y aflicción. Se asemeja a la apatía y el principal antepasado, antes de ser fenómeno moderno y típicamente romántico, era la acedia, el mal premoderno del tedio sin el encanto de la melancolía -vinculada a sensibilidad y estética- y al parecer sin corresponderse con el aspecto grandioso de lo 'trágico'. (Para Leopardi , ante su anhelante sed sin colmarse, será algo también privativo más tarde de espíritus superiores).
Pero la melancolía se ha referido al cuerpo y en cambio la acedia al alma, concepto éste, por tanto, de naturaleza moral pero ya desde el siglo XV más que pecado enfermedad y con Pascal en el XVII se hará su transición al tedio moderno, que no será atractivo para estetas o de gran interés para psicólogos y psiquiátras pero ha venido preocupando a literatos desde Goethe y Baudelaire a Mann y Beckett entre otros, o con averiguaciones de filósofos como Kant, Kierkegaard, Heidegger o Benjamín, etc. Sin embargo, no es tan fácil identificarlo y definirlo porque es como una especie de niebla, una cuestión de sentido, más concretamente de «ausencia de sentido personal» o para decirlo con Schopenhauer -que como es pesimista cree que la vida humana oscila entre el dolor o el tedio y hay que escoger- como una especie de agotadora «añoranza sin objeto definido». Con.Pessoa, un «sentir que no vale la pena hacer nada». Lástima.
¿Cuántas clases de tedio hay?. Tampoco resulta tan sencillo resumirlo pero por varias partes seguimos a Svedsen que lo ha estudiado y distingue principalmente entre uno común y 'situacional' que surge porque se añora algo aunque no se sepa bien qué, y otro más moderno que denomina 'existencial' o de gran vacuidad, el que paradójicamente añora el deseo. Esto último es peor porque carece de objeto, es de vigencia más prolongada y, a diferencia del anterior, no es tan vinculable al cuerpo. Nuestro autor apela para discernir a las nociones de sensación y de afección ('posibilidad de conocimiento'), y recordará (pág. 144) que ciertas afecciones, por ejemplo la felicidad, nos abren a las relaciones sociales, y otras, por el contrario, como el tedio, nos abocan a la soledad. Más profunda es, sin duda, la forma heideggeriana de aburrise junto a algo que la variante de aburrirse de algo -la situacional- en donde sabemos qué es lo que nos aburre. Su ontología, sin embargo, se basó más en la afección de la angustia que para Otto F. Bollnow es más antigua pues ahora nos aburrimos más que nos angustiamos al parecer. Ni tan mal, por consiguiente.
Según se interpreta a Kundera, puede haber varias reacciones, la de un bostezo ante el tedio pasivo por falta de interés, la práctica de una afición que responda al activo y la del de de rebelión, del que se presenta el ejemplo que moviese a la juventud a una ruptura de cristales... No parecen ganas en este último caso de no hacer algo y sería la cuarta modalidad, la creativa, de M. Doehleman, a mi juicio, que no obedece tanto a la falta de contenido como a la reacción que provoca ganas de obligarse a hacer algo nuevo. En fin, sí hay varias tipologías del tedio pero el fenómeno no se sabe bien por qué surge y mal puede remediarse lo que no se conoce bien. La alienación, concepto del que ya apenas se habla, se localizaba mejor por lo visto y no se ha desvanecido pero ha debido de caer en desuso o se ha extendido tanto que no hay con qué compararlo y ya es total «la ausencia de lo ausente» Por fortuna, parece que no cuenta. . De todos modos, según en qué momento y con qué filosofo, se presentan posibles remedios del tedio en la religión (reconectar la relación con Dios para Pascal), la acción y el trabajo (Kant), el ocio frente a la moral burguesa del trabajo (Schlegel), el amor, la experiencia estética (Kierkegaard: la música), el sueño (Robert M. Pirsig), la realidad (Arnold Huelen) y el posmoderno manejo del propio tedio (Beckett/Warhol).
Pero en estas fechas cierta mirada pascaliana puede tener sentido junto al cuidado de no caer en la versión del tedio de la saciedad, una de las modalidades que describe Martin Doehlemann, la que se origina por tener demasiado de lo mismo y que hace que todo se nos antoje banal. (No hay que ver como banal el mazapán, pongo por caso).
En medio del guirigay que contribuye a crear con sus polémicas contrarianes, el pintor Barrigón por esta vez parece estar de acuerdo por lo que se supone que no potenciará vacío existencial, como Warhol en los años 60 con la serie 'disaster paintings' e intentando superar el egocentrismo y renunciar a la individualidad. No sería oportuno. En fin, sí hay varias tipologías del tedio pero el fenómeno no se sabe bien por qué surge y mal puede remediarse lo que no se conoce bien, aunque existen remedios para este mal
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