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Jesse Bradford encarna a uno de los soldados protagonistas del filme.
CINE  CRÍTICA 'BANDERAS DE NUESTROS PADRES' / Batalla por la verdad, lección de cine
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CINE CRÍTICA 'BANDERAS DE NUESTROS PADRES' / Batalla por la verdad, lección de cine

GUILLERMO BALBONA

Miércoles, 10 de enero 2007, 09:33

El escritor y periodista Ryszard Kapuscinski sostiene que «la guerra es el fracaso del hombre, la última fase del fracaso en la comunicación humana». La doble mirada con la que el cineasta Clint Eastwood aborda ahora el hecho bélico no se sustenta tanto en este pensamiento como en la necesidad de subrayar la mentira, la falacia, la manipulación y la hipocresía que esconde la guerra, quienes la fomentan y utilizan.

Para ello, el director de 'Million dollar baby' abandona el cuadrilátero de la redención y desciende a los infiernos de la trinchera. Y lo hace desde el negativo de una foto, de una imagen histórica y su mentira, de un retrato que el dolor, los muertos y la tragedia se encargan de revelar en su dimensión verdadera.

Con 'Banderas de nuestros padres' y con 'Cartas desde Iwo Jima'-dentro de un mes en las pantallas- Eastwood escarba en la distorsión y permite, sin partidismos populistas ni pasiones desmesuradas, que la pátina de la memoria desvele las huellas verdaderas y rasgue las veladuras de un tiempo de silencio.

Eastwood, vaya por delante, vuelve a dejar sobre la bandeja de la industria de Hollywood una obra magistral, una cinta sólida que rebosa mirada clásica, abordada con la factura de una caligrafía sobria, elegante, contenida, pero a la vez tremenda, sacrificando el sentido del espectáculo al servicio de una ceremonia sobrecogedora.

Si el cine cediera su lado más comercial y se concediese una tregua, lo justo es que el espectador pudiera tener acceso conjunto, casi secuencial, al anverso y reverso que ha firmado el director de 'Sin perdón' en su particular desembarco en la Segunda Guerra Mundial: el punto de vista americano y el japonés sobre la batalla de Iwo Jima, un enclave más que simbólico en el devenir de la contienda, con antecedentes cinematográficos nada desdeñables como 'El sexto héroe' de Delbert Mann.

A falta de una mirada paralela o casi simétrica de ambas obras, que a buen seguro nos proporcionará el propio director, lo importante es no perderse esta sinfonía humana que ha compuesto Eastwood a partir de la popular fotografía que Joe Rosenthal realizó de seis soldados colocando la bandera estadounidense en la cima del monte Suribachi en 1945.

Héroes oficiales y anónimos

Presentado a modo de un ritual cinematográfico grave pero cercano; envuelto en una mirada de grises -magnífico el trabajo del operador Tom Stern- el cineasta de 'Un mundo perfecto' vuelve a dar una lección de cine con este documento fragmentado, entrelazado, enredado en la madeja de la historia y sus falacias, a través del antes y después del testimonio de héroes oficiales y anónimos.

Eastwood se cuestiona la guerra y el propio género bélico; arremete sin caer en el panfleto contra los políticos oportunistas -acaso no lo son todos- y las trampas de un sistema que se olvida de sus ciudadanos o los manipula hasta destrozarlos como juguetes rotos; y muestra el azaroso abismo de las víctimas.

Amparado en el apoyo económico de Steven Spielberg, el cineasta de 'Mystic river' antepone por encima de todo su libertad de creador y se aleja de cualquier sombra de semejanza con la excelente 'Salvar al soldado Ryan'. Más cercano al William Wyler de 'Los mejores años de nuestra vida' o a Samuel Fuller o a John Ford, Eastwood enseña las desgarraduras del desembarco en la isla sin perder nunca sus raíces en los señores de la guerra.

Un personal apocalipsis donde asoman los verdaderos cadáveres de la contienda. El cineasta no condena abiertamente, pero desnuda cada paso político y deshumanizado que recorre las entrañas de la guerra hasta el corazón de las tinieblas.

En la partitura visual pero también en la reflexión ideológica brillan así los primeros momentos del desembarco; las secuencias nocturnas en las trincheras; y, sobre todo, ese aire de emoción contenida y extraña serenidad que sólo saben transmitir los narradores poderosos.

Equilibrios

Con pulso y latido sostenidos, sin estridencias, 'Banderas de nuestros padres', -basada en un 'best-seller' de Ron Powers y James Bradley (hijo de uno de los soldados)- tampoco es ajena a las obsesiones de autor del cineasta: su disección de la violencia; las relaciones paternofiliales; la memoria y la nostalgia; o el retrato del individuo y las minorías abriéndose paso en el laberinto del poder.

Demoledora y vigorosa (antes de Cartas desde Iwo Jima', que se declara como intimista) 'Banderas de nuestros padres' destila su máximo atractivo en un equilibrio permanente con el que el cineasta funde, en contraste, la experiencia de los soldados en la batalla y la de su periplo propagandístico por el país, en busca de los bonos de guerra. Con rigor y belleza, el filme discurre en esos momentos entre la fresa de una tarta de celebración por sus héroes y la sangre de los soldados; entre el flash de los fotógrafos y el fogonazo de los combates; entre la soledad de una habitación de un hotel y la solidaridad desgarrada de la trinchera; en fin, entre el discurso de los políticos y el sonido de la muerte.

En 1954, la imagen de Rosenthal fue plasmada en bronce para la posteridad en el cementerio de Arlington como homenaje a la Infantería de Marina. En la batalla del Pacífico murieron 21.000 soldados japoneses y más de 7.000 estadounidenses. «Con la foto adecuada puedes ganar o perder una guerra», dice uno de los personajes del penúltimo filme de Eastwood. Tras la falacia y el dolor, su película 'dispara' para retratar la única verdad posible: la del llanto de una madre por su hijo o la de esos cuerpos golpeados por la velocidad del horror.

Salas: Peñacastillo yCinesa. Dirección: Clint Eastwood Guión: Paul Haggis y William Broyles jr. Música: Eastwood Fotografía: Tom Stern Género: Drama bélico Intérpretes: Ryan Phillippe, Adam Beach, Paul Walker, Jesse Bradford, Neal McDonough, Robert Patrick.

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