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JAVIER FDEZ. RUBIO
Lunes, 26 de febrero 2007, 02:19
¿Qué son? Responder a la pregunta es uno de los entretenimientos favoritos de los santanderinos que pasan estos días por la reurbanizada Plaza Porticada. Los bloques de granito negro pulido, pese a que se ha dicho por activa y por pasiva que son bancos para sentarse, disparan las conjeturas de los viandantes, los cuales no se aproximan a ellos por si las moscas -no sea que estén electrificados- y porque su aspecto se aleja del tradicional banco de listones de madera -no sea que pongan una multa-.
Desde una estrambótica instalación artística, hasta las peanas de futuras estatuas que acompañen al solitario Pedro Velarde, cada cual pone su particular brochazo imaginativo, cuando no un grano pejiguero: que si no tienen respaldo, que si el agua de la lluvia no evacua, que si están fríos y provocan cistitis... todo vale con tal de no sentarse.
Y nadie se sienta.
Tener un banco y que lo destrocen es lo habitual, pero tener otro y que nadie se siente impresiona. Para darles uso, ni corta ni perezosa la empresa constructora, Copsesa, conocido el tradicional desapego del santanderino por las moderneces, dedicó un operario durante varios días a ir sentándose en los bancos con el edificante trabajo de leer el periódico, para que así, ejerciendo de reclamo de la 'dolce far niente', cundiese el ejemplo. Ni por esas.
La situación es tan curiosa que en la mañana del pasado viernes se dio una estampa insólita, cuando un nutrido grupo de muchachos -obviamente, extranjeros-, ocuparon uno de los 'monolitos' achatados para, de manera ostentosa y ante las miradas de los peatones, dedicarse al benéfico ejercicio de tomar el sol.
Aún resta la instalación de dos bloques en el lugar que ahora ocupa la carpa de la excavación arqueológica. Entonces quedará definitivamente instaurada la simetría: en hileras de tres los bloques negros flanquearán una plaza concebida como gran espacio despejado en pleno centro urbano. Esto ha granjeado también numerosas críticas y un sinfín de propuestas para ocupar el centro: colocar allí la estatua de Velarde -¿qué cruz tiene el héroe!-, o un árbol, o lo que sea con tal de acabar con la agorafobia que produce La Porticada en una ciudad con planta urbana decimonónica. Desde las filas ecologistas se disparó también fuego graneado contra una plaza 'dura', falta de árboles y casi responsable del cambio climático.
La reubicación de Velarde, cuya última parada ha estado durante décadas en la Plaza de Alfonso XIII, ha granjeado chanzas. Primero por su emplazamiento, 'encajonado' entre dos edificios públicos y, después, por la inscripción sur del pedestal, en la que se lee la fecha de 1880. Más de uno, y más de 200, advirtieron del baile de cifras a los sufridos obreros que se afanaban en la reconstrucción, puesto que Velarde, héroe del 2 de mayo, había muerto en 1808. Pero el error no era tal: 1880 es la fecha de inauguración del monumento. Ítem más: ¿por qué poner la cifra de su inauguración a sus pies y no a sus espaldas? Porque así se inauguró. La reproducción respeta un original del que pocos se acordaban.
Pero volviendo a los bancos, la historia está lejos de acabar. El Ayuntamiento se está pensando seriamente recuperar las clásicas bancadas de madera para ubicarlas bien arrimaditas a los soportales y restablecer así el derecho al descanso de los santanderinos.
Verídico, pero cierto.
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