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Álvaro Machín
Martes, 16 de febrero 2016, 19:28
En sus buenos tiempos levantaba treinta toneladas. Cuando más allá de un adorno, de un símbolo, era un elemento de trabajo clave de una ciudad que vivía volcada hacia su Bahía. Para compensar esa fuerza, el mecanismo necesitaba contrapeso. El que aún permanecía a su espalda. Permanecía, en pasado, porque este martes dos terceras partes de esas piezas que formaban parte de la Grúa de Piedra se vinieron abajo. A pocos metros, los técnicos echaban cuentas. Algo más de veinte toneladas en caída libre. Y cayeron con tanta fuerza que se llevaron por delante una caseta de las obras del Centro Botín. Nadie estaba dentro pasadas las tres y media de la tarde. Contrapesos, caseta y un buen montón de objetos acabaron hundiéndose en el mar. «La Grúa no peligra en ningún caso», insisten desde la Autoridad Portuaria. Pero la ciudad se ha llevado un susto por su vieja Grúa, la que Sheldon y Gerdtzen construyeron en 1896 y que lo ha resistido prácticamente todo desde entonces. Hasta los planes iniciales de moverla de sitio por el propio Centro Botín. «Fíjate si pesa la Grúa».
«¿Qué ha pasado?». Pusieron vallas y empezaron las preguntas. Desde el paseo se ve el destrozo, pero poco. Hay que fijarse en la mochila, que se ha quedado en prácticamente nada. Como desdentada. La sujeción del bloque de la derecha de los contrapesos cedió y pronto arrastró al del medio, el más voluminoso. «Por viejo», comentaban en los corrillos que se formaron entre los técnicos. Muchos años y mucho óxido en ese cinturón que sujetaba las piezas. Nada que ver, en principio, con el viento de estos días o con algún otro aspecto de los temporales. «Teníamos previsto realizar obras de mantenimiento y restauración en la Grúa conjuntamente con el Palacete del Embarcadero antes de la inauguración del Centro Botín para, llegada la fecha, tener toda esta zona en sintonía con lo que va a suceder. Parece que no hemos llegado a tiempo y, por causas que desconocemos esperaremos al informe pericial, hemos tenido este susto», explicaba desde allí mismo Jaime González, presidente del Puerto de Santander. Él habló de las medidas que se tomaron en primera instancia. Vallas para evitar que nadie se acerque y vigilancia. Dos agentes de la Policía del Puerto impedían, de hecho, el paso, acercarse (algo habitual por las noches con los pescadores). Más que nada porque las piezas que quedan son «potencialmente peligrosas». Pueden caerse y, si no lo hacen por su propia inercia, es más que probable que hoy mismo se tomen medidas para retirarlas.
¿Y la Grúa peligra? La gran duda. «La estabilidad, por lo que ahora tenemos como informe, no peligra en absoluto». Eso respondía González mientras se asomaba a la espalda de la estructura, ya dentro del recinto de las obras del Centro Botín. Porque solo desde allí se ve la auténtica dimensión de lo que ha caído. De lo que ha caído y de lo que se ha llevado por delante. La mitad de una de las casetas acabó en el mar, triturada. Según el personal era una estancia en la que había, sobre todo, muestras. Focos que se colocaban y otros materiales. Aún se veían planos, fotos y mapas pegados sobre una pared que quedó en pie pero al aire libre junto a las piezas del contrapeso que no llegaron a tocar el agua. «Se escuchó un estruendo fuerte, pero al principio pensamos que era un ruido de la propia obra». No había nadie (y allí alguna vez se habían celebrado reuniones de trabajo). Justo desde ese punto, pegado ya al límite del dique, se observaba cómo quedaba colgando la pieza que sujetaba los contrapesos. Partida.
Fue una patrulla de la Guardia Civil del Mar la que se ocupó de limpiar el agua con los restos a flote. Los demás, despegados de la histórica Grúa, reposan ahora en el fondo de la Bahía de la que casi forma parte la estructura. A los hombres y mujeres que, junto a tu callada presencia, han hecho posible el Puerto del siglo XXI, pone en la placa que la adosaron en el año 2000. Cerca de la base, donde la puertuca. «Fíjate otra vez si pesa la Grúa».
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Ana del Castillo
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