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SARA TORRE
Jueves, 8 de enero 2015, 08:12
Dos centenares de personas, antiguos vecinos y mineros de la localidad de Reocín, conmemoraron ayer miércoles el 50 aniversario del escalofriante suceso que el día 7 de enero del año 1965 sacudió a su pueblo, al que el derrumbe de las galerías de la explotación minera asentada en esta localidad hundió literalmente bajo tierra sin provocar daños personales pero causando graves desperfectos materiales. Emocionados, los asistentes se reencontraron en un acto en el que todos, sin excepción, revivieron los momentos peores de una auténtica pesadilla.
El acto comenzó con la celebración de una misa oficiada en la ermita de La Venta por los párrocos de Reocín y Torres, José Vicente González Urraca y Manuel Molleda, y cantada por el Dúo Santa Bárbara. Entre los asistentes se encontraban el último director facultativo de la mina de Reocín, José Ramón Fernández; el jefe de la oficina técnica, Esteban Fernández, y el jefe de observación minera, Manuel González Blanco. Con ellos, el alcalde, Miguel García Cayuso.
Tan emocionante fue el encuentro que el principal impulsor del mismo, Pedro Arenal Bolado -que tuvo que abandonar su casa en 1965-, no pudo evitar las lágrimas al recordar cómo vivieron sus convecinos aquel dramático día y tuvo que ceder la palabra a otro testigo directo, José Antonio Sánchez, en esa época administrativo en la mina y hoy presidente de la Asociación de Jueces de Paz de Cantabria, para que este continuara el acto.
«Aún recuerdo el 'boom, boom' que se escuchaba en el exterior de la mina consecuencia del derrumbe de las galerías», dijo.
«Al filo de las dos de la tarde, antes de que el relevo accediera al interior de la explotación, se produjo el fatídico hundimiento», recordaba. «La bocamina -es decir, el castillete del Pozo Santa Amelia- parecía un volcán», prosiguió. Luego, una alocada desbandada general. «Carreras por aquí, carreras por allá... A medida que avanzábamos corriendo sobre el asfalto se iban abriendo grietas de las que salía un fortísimo olor a gas», aseguró.
Producto del suceso quedaron destruidas completamente 20 viviendas, todas del barrio de Pomares, una treintena fueron declaradas en ruina y otras 53 casas resultaron con graves daños estructurales. Se hundieron cuatro galerías de la mina, «Primero cayó el nivel 20. Y luego el 12, el 14 y el 17.
700 vecinos sin hogar
En aquel suceso perdieron su hogar alrededor de 700 vecinos porque las viviendas que no quedaron destrozadas tuvieron que ser desalojadas ante el temor de que se produjera un nuevo derrumbe.
La magnitud del suceso fue tal que además de los daños registrados en las viviendas resultó afectada la propia superficie del pueblo. «El barrio Pomares prácticamente desapareció», recordaba Sánchez, que relató cómo el entonces director de la Dependencia de Reocín, Fernando Pineda, desautorizó la entrada de los trabajadores del turno de tarde evitando con ello una auténtica catástrofe.
Pero, milagrosamente, no hubo que lamentar desgracias personales. Dos hermanas, Mari Carmen y Josefina Álvaro, quedaron sepultadas bajo los escombros de su vivienda, totalmente destruida. Fueron rescatadas con vida y sin heridas de importancia una vez superados los primeros momentos de auténtico pánico que el hundimiento produjo en todo el barrio.
El conductor del acto también recordó que unos 300 vecinos sin hogar fueron trasladados a casas particulares del mismo pueblo de Reocín y de Torrelavega.
«Detrás de este horrible suceso quedan muchas tragedias personales y colectivas», afirmó Sánchez, quien recordó también otros sucesos relacionados.
«Además de ésta cabe recordar la que se produjo en agosto de 1960, cuando la rotura del dique de La Luciana provocó hasta 18 muertos, o la acontecida en marzo de 2003», que supuso el cierre definitivo de la Mina de Reocín, después de más de 150 años de actividad, al derrumbarse la explotación a cielo abierto y la de Barrendera en el interior, lo que significó el adiós al yacimiento más importante de Europa durante muchos años.
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