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En familia. En primer término, Diego Cender en el salón de su casa. Sentadas detrás, su mujer, Ruth, y sus hijas, Naira y Kira. :: CELEDONIO
«Allí era alguien y aquí tuve que empezar de cero»
PLANETA CANTABRIA/15 BOLIVIA

«Allí era alguien y aquí tuve que empezar de cero»

En la vida, a veces, hay que elegir entre prosperar profesionalmente o personalmente. Diego Cender apostó por lo segundo y se vino a España.

LETICIA MENA

Domingo, 4 de abril 2010, 12:56

E l protagonista de esta historia se llama Diego Cender, es boliviano y tiene 38 años. En Cochabamba era profesor y compaginaba su trabajo con sus estudios de Arquitectura en la universidad. Junto a él estaba Ruth, su mujer, también profesora, y su hija Kira. Hace diez años la pequeña tenía sólo cuatro años y era una niña preciosa de ojos oscuros y cabello negro, como hoy lo es su hermana Naira. Por aquella época la situación económica de Bolivia zozobraba, y Ruth y Diego decidieron que ella debía emigrar a España con la niña para buscar una vida mejor.

Diego se quedó solo. No podía ser egoista y atarlas a su lado, así que las dejó cruzar el charco mientras la incertidumbre de cómo las trataría Europa le quitaba el sueño. Recuerda aquellos días con cierta angustia. Vinieron a Santander porque aquí trabajaba una de las hermanas de Ruth, y le recomendó que fueran al centro de religiosas María Inmaculada, en la calle Canalejas. «Allí nos recibieron con un cariño inmenso, nos dieron una habitación y me buscaron trabajo», recuerda Ruth. Poco después entró en una casa como interna y Kira, sin haber cumplido los cinco años, ingresó en un internado en Cazoña. Sólo podían verse los domingos, y aunque Ruth quería convencerse de que aquella situación era la mejor, su corazón le hacía darse golpes contra la razón. Aquello no podía ser bueno si les hacía sufrir tanto.

Mientras, Diego intentaba sacar adelante sus estudios, su trabajo, su casa... Pero solo no era feliz. Kira preguntaba continuamente por su padre y Ruth, para contentarla, le decía que se había quedado en Bolivia construyendo una casa. «Por eso, cada vez que la pequeña hablaba con él le pedía que no se olvidara de que la ventana de su habitación tenía que tener forma de corazón». Cuando los tres recuerdan aquellos días se emocionan y se miran pensando cómo demonios consiguieron salir adelante con tanta pena encima.

Los dibujos de Kira

Ruth pensó en volver a Cochabamba. La situación se volvió insostenible cuando la profesora de Kira le enseñó los dibujos que repetía la niña sin descanso de los tres juntos en una casa con las soñadas ventanas en forma de corazón. Diego les dijo que esperaran, que venía él. Una empresa le ofreció verbalmente un puesto de trabajo en Santander, pero cuando estuvo aquí se confirmó aquello de que las palabras se las lleva el viento, y ni contrato, ni trabajo, ni nada. Así que Diego, que en su país era «alguien» tuvo que «empezar de cero». Y eso es lo que de alguna manera le hace lamentarse cada mañana cuando sale de su casa camino de la obra de turno. Ahora es albañil. Como todos sus compañeros de profesión, cuando llueve llega a casa calado como una sopa y con el frío metido hasta los tuétanos. Y a veces le da por pensar que quizá en Bolivia hubiera tenido menos, pero que sería un poco más feliz profesionalmente.

Entonces entra en escena la pequeña Naira, de cinco años, vestida como «una princesa» con un traje verde de seda. Su madre le ha hecho dos coletas con dos lazos a juego, y en la sesión de fotos se muestra coqueta. Kira ya tiene trece años. Parece un poco tímida tiene muy claro que «cuando sea mayor quiero ser arquitecto, como mi padre». Y es ahí cuando a Diego se le iluminan los ojos y piensa que ese el motivo que le hace levantarse cada mañana.

Como todos los que han tenido que meter su vida en una maleta, Diego tuvo momentos difíciles, y con cierto coraje recuerda un día en el que un tipo le increpó en la calle diciéndole de malos modos: «¡Indio, qué haces aquí!». «Le miré y pensé '¡qué ignorante!'. Cómo puede ser que en pleno siglo XXI todavía haya esa clase de gente». Y ahí se planteó coger a su familia y volver a su país. «Pero fui conociendo a gente que me impulsó a fundar la Asociación de Residentes Bolivianos, y eso fue el revulsivo que me hizo instalarme aquí para siempre».

Volvieron una vez

En los ocho años que lleva ya aquí sólo ha vuelto una vez a Bolivia. Llevó a sus hijas para que se 'despidieran' de su abuelo porque estaba enfermo, y al poco tiempo falleció. «No fuimos de paseo, pero Naira ya puede decir que una vez estuvo en Cochabamba».

Se han comprado un piso en la calle Castilla y casi todos los días, Ruth, antes de ir a la casa en la que trabaja, prepara comida boliviana como chicharrón, chunio, maíz, choculo, manís... También ha aprendido a guisar lentejas, cocido y platos típicos de aquí. Para ella es importante que su familia permanezca unida, así que cuando Kira le dice que algún día se irá a Barcelona a estudiar Arquitectura se le rompe el corazón. Entiende que la vida es así. Que los hijos se van como ella se fue. Pero todavía tiene muy presentes aquellos dibujos de la casa con ventanas con forma de corazón y le da por pensar que la vida se empeña en hacerles sonreir a medias. Pero de nuevo aparece la pequeña Naira y con un simple parpadeo consigue que su madre se sienta afortunada.

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