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PABLO MARTÍNEZ ZARRACINA
Sábado, 19 de junio 2010, 02:39
A José Saramago el Premio Nobel le sorprendió en la Feria de Francfort. Participaba en una mesa redonda titulada: ¿Qué significa hoy ser un escritor comunista? Muchos le recordarán subido a una silla, tratando de poner orden entre una multitud de periodistas y fotógrafos. Había gritos, entusiasmo, empujones. Algunas de las manos que se alzaban entre las cámaras y los micrófonos llevaban claveles rojos.
No es una mala imagen. Saramago siempre tuvo algo de hombre tranquilo dirigiéndose a un grupo de partidarios. Si hay escritores que escriben para sí mismos y otros que lo hacen para un solo lector, él terminó haciéndolo para la Humanidad. Ha sido uno de los últimos grandes escritores comprometidos, aquellos a los que hasta sus rivales ideológicos pueden reconocer el mérito literario. Saramago fue conocido en España desde finales de los ochenta. Entonces se le tenía por un autor exigente, grave y tardío: uno de esos viejos comunistas que llevan traje y corbata como si fueran severos funcionarios del ideal. La primera de sus novelas que tuvo difusión entre nosotros fue la estupenda 'El año de la muerte de Ricardo Reis'. Apareció en 1986, justo cuando nuestro mundillo cultural atravesaba la fiebre del descubrimiento de Pessoa, y causó una justificada sensación.
Después llegaron 'Memorial del convento', 'Alzado del suelo' y 'Manual de pintura y caligrafía': libros notables que circulaban entre los iniciados y gozaban del raro prestigio de lo complejo. Aunque ahora suene extraño, en aquella época Saramago era un autor absolutamente extranjero, algo que también aumentaba la intensidad de su brillo intelectual.
En los noventa leímos tres de sus mejores novelas: 'La balsa de piedra', 'El evangelio según Jesucristo' y 'Ensayo sobre la ceguera'. Eran libros ambiciosos, contundentes. Para entonces ya teníamos claro que el portugués era un escritor entregado a la alegoría y al simbolismo. Sus novelas funcionaban como pesimistas fábulas modernas construidas en torno a una moraleja de naturaleza política. Muchas de ellas nacían a partir de una hipótesis fantástica. En 'La balsa de piedra' la Península Ibérica se separaba del continente y en 'Ensayo sobre la ceguera' todos los habitantes de una ciudad perdían la visión. Los comienzos de esas novelas resultaban cautivadores y nos hacían pensar en un Wells de nuestro tiempo. La fascinación no tardaba en matizarse. A diferencia del inglés, Saramago era un autor poco dado a disfrutar de lo superfluo.
Fue un escritor de grandes temas. Se movía mejor en distancias filosóficas, absolutas. Por eso su género era la novela y su herramienta la parábola. Cuando se alejó de ellos, titubeó. Su poesía resulta inocente (con excepción, quizá, de la orwelliana y precisa 'El año de 1993') y sus diarios, los 'Cuadernos de Lanzarote', le muestran como un autor reñido con lo cotidiano, incapaz de atrapar el pulso sin importancia de la intimidad. Capaz de manejar conceptos como 'la Muerte' o 'la Justicia', en toda su obra apenas queda rastro del 'yo', esa palabra a la que le sienta tan bien la minúscula.
En 1998 el premio Nobel le hizo definitivamente popular en nuestro país. Llevaba seis años viviendo en Lanzarote y su triunfo se celebró casi como si se tratase del de un autor español. Como ocurre a veces, la Academia Sueca también le convirtió en un sabio a gran escala, uno de esos autores capacitados para ilustrar al mundo sobre cualquier asunto. A partir de entonces, cada vez fue más complicado escucharle hablar de literatura.
Tras el Nobel hubo lectores que se interesaron por su obra y chocaron contra la muralla de su estilo. Saramago escribía de un modo peculiar: trenzaba oraciones de eterno periodo, insertaba los diálogos en la narración, gustaba de las descripciones abstractas y puntuaba digamos que a regañadientes. También solía rescatar términos arcaicos, palabras caídas en el olvido que resplandecían en su prosa con un llamativo brillo de chamarilería.
Su escritura bordeaba el barroquismo, aunque él explicó que perseguía un estilo oral, muy rítmico, en el que el sentido superase las imposiciones de la gramática. En ocasiones alcanzaba laberintos semánticos propios de Beckett. Sin embargo, el portugués irradiaba poderosas ondas de antifrivolidad y conseguía que la crítica encontrase llenos de significado sus particulares excesos estilísticos.
Debate público
Su primera novela tras el vendaval sueco fue 'La caverna', una fábula platónica que utilizaba el símbolo de los centros comerciales para denunciar la deriva de nuestras sociedades de consumo. El libro avanzaba sin muchas sutilezas, mostrando demasiado sus propósitos, y eso es algo que suele arruinar cualquier forma de alegoría. Ese exceso de intencionalidad se advertiría también en sus siguientes trabajos. En algunos momentos, el último Saramago parecía utilizar el arte de la novela para alimentar el debate público, olvidando que la altiva ficción no suele tolerar que se la tome por un instrumento.
En 2002 publicó 'El hombre duplicado' y se midió sin demasiado éxito con un tema clásico, el del doble. Tampoco sus dos siguientes novelas, 'Ensayo sobre la lucidez' y 'Las intermitencias de la muerte', lograron alcanzar el aliento literario de títulos anteriores. En 2008 Saramago publicó una curiosa novela histórica, 'El viaje del elefante', y el año pasado dio a la estampa 'Caín', un texto que revisitaba el mito bíblico, pero carecía del empuje de 'El evangelio según Jesucristo'. Es probable que sus lectores recuerden hoy algunas de sus páginas más antiguas y felices. La herencia de los escritores se compone exclusivamente de sus aciertos. Ajenos a todo el revuelo mediático, en este mismo instante el padre Bartolomeu Lourenço vuelve a trabajar en la construcción de su máquina voladora, y Ricardo Reis abre la puerta de un piso de Lisboa para encontrarse de nuevo con un hombre delgado y tímido llamado Fernando Pessoa. Ese y no otro es el inagotable milagro de la literatura, el territorio que Saramago ya nunca abandonará.
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