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Viernes, 1 de octubre 2010, 02:31
«Excursión estupenda. Parecemos un equipo de futbolistas -por lo alegre- pero, aunque un poco ruidoso, no maleducado». La carta es de diciembre de 1927 y presten atención a la alineación de ese equipo de futbolistas: «Bergamín, Gerardo (con su boina), Federico -¡por fin después de mil negativas y coqueterías!-, Alberti, tranquilo, Dámaso, el más adecuado al exceso de la juerga (la borrachera es segura), Chabás (dormido ahora, nosotros estamos en el vagón restaurant, donde vamos a tomar el té), y yo, el único casi respetable, el único casado».
Jorge Guillén le escribe a su mujer desde el tren que lleva a un grupo de jóvenes poetas a Sevilla, donde van a celebrar el tercer centenario de la muerte de Góngora y a cambiar el rumbo de la poesía española de su tiempo. Entre carcajadas y vivas a «don Luis de Góngora», Guillén se da cuenta de que la situación es única e improbable: «Es absurdo. Ni antes, ni después de ahora volverá a contemplar todo un departamento de un vagón, lleno de estos animales llamados poetas».
Al día siguiente, en la legendaria sesión del Ateneo -que no se celebró allí-, Bergamín leyó un 'Saludo', pero «nadie se lo oyó». Después, un probablemente resacoso Dámaso Alonso leyó un discurso que a Guillén le pareció «enérgico clarísimo, vital, solidísimo, admirable». En aquella intervención se resumían los postulados para una nueva poesía.
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