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:: JESÚS FERRERO
La muerte embellecida
TRIBUNA LIBRE

La muerte embellecida

JOSÉ MARÍA ROMERA

Martes, 2 de noviembre 2010, 01:04

Desde mediados de agosto hasta el 2 de noviembre, Día de Difuntos, en el cementerio parisino de Père Lachaise se ha podido ver una valiosa exposición titulada 'Cementerios del mundo' donde se recogen obras del fotógrafo Jean-Claude Garnier. La muestra, lejos de ofrecer paisajes tétricos y estampas siniestras, es un recorrido por la belleza en diversas manifestaciones, desde el marmóreo barroco de los mausoleos de Staglieno (Génova) que tanto agradaban a Mark Twain, hasta la policromía ingenua y cálida de los panteones que pueblan el camposanto guatemalteco de Chichicastenango.

Pero no es preciso ir tan lejos. También en nuestros cementerios la muerte tiene una estética, que alcanza su esplendor en las visitas multitudinarias del día de muertos. Nunca hay un canon uniforme, ni siquiera dentro de una misma cultura, país o localidad. Los cementerios congregan en su fría desolación las huellas de infinidad de gustos acumulados y contrapuestos, como si lo que queda de aquellos cuyos huesos o cenizas que reposan en ellos se obstinara en imponer su criterio sobre los restos ajenos. En esta rivalidad postrera la sobria elegancia de las lápidas de granito compite con la estridencia kitsch de los nichos decorados con angelotes de alabastro y rosas de plástico, los epitafios hiperbólicos alternan con las inscripciones más contenidas, y al lado de cruces imponentes pueden verse tímidos sepulcros. Todos esos signos rinden culto a las personas desaparecidas, pero reflejan algo más que el simple deseo de perpetuarlas manteniendo viva la llama de su memoria. Cada tumba es un intento de conjurar la muerte y su desorden, un acto de justicia contra la arbitrariedad de un destino contra cuya inclemencia intentan combatir los signos mediante el tributo del arte.

Poco importa que una gran parte de estas piezas sean tan desafortunadas como lo es la mayoría de ramos de flores, cirios, adornos y exvotos traídos por el visitante. Aunque sean las floristerías las primeras en hacer su agosto el 1 de noviembre, también es la hora de los bazares con figuritas de un euro, flores de plástico y adornos de metacrilato. El arte funerario parece condenado a vivir de espaldas al buen gusto. ¿No será que la quincallería mortuoria entona una suerte de memento a la baja, que la acumulación de baratijas sobre las sepulturas proclama la devaluación definitiva de todo lo mundano?

No hay celebración que escape a las acometidas del mercado. Por encima de la belleza o de sus sucedáneos, los signos del culto a los muertos presentan una dimensión inequívocamente ganancial. Morirse es costoso, y caro es también cultivar el recuerdo de los difuntos aunque hayan sido incinerados. A los tradicionales negocios de beneficio garantizado (funerarias, tanatorios, compañías de seguros) se añaden hoy otros productos de la inventiva emprendedora. Uno tiene la posibilidad de encargar que sus cenizas lluevan del cielo en un vuelo de avioneta sobre el paisaje de la infancia o sobre una playa paradisíaca u optar por convertir esas cenizas en sortija para la persona amada. Algunos grandes clubes de fútbol han destinado parte de sus instalaciones a albergar columbarios desde los que el hipotético espíritu del hooligan fallecido haga llegar sus gritos de ánimo a los jugadores. Hay ataúdes de cartón biodegradables, y otros provistos de toda suerte de comodidades, incluida una salida USB a la que enlazar un reproductor de música donde pueden oírse las canciones favoritas del difunto. Y los 'tour operators' empiezan a incluir en sus programas la oferta de visitas guiadas a los cementerios donde yacen los restos de célebres personalidades del cine, la música o la pintura.

¿Por qué no? Si la liturgia de la muerte se sostenía antaño en la superstición, ahora se encamina hacia la celebración gozosa por la vía del arte o de esa otra variante suya que es el consumo. Y la tecnología no queda fuera de la fiesta. Hace poco la red social Facebook anunció la creación de un cementerio virtual donde tendrán cabida los «perfiles conmemorativos» de personas desaparecidas y donde los amigos y allegados podrán dejar sus aportaciones en forma de frases, imágenes o voces recordatorias.

Tal vez algo esté cambiando en nuestra relación con la muerte, sus enigmas y su inexorable presencia. Si por un lado sigue siendo un tabú al que nos resistimos a hacer frente, por otro le buscamos respuestas más estéticas que metafísicas, recursos que nos permitan mirarla a la cara sin escalofríos. La definitiva penetración del Halloween en los hábitos recreativos de niños y jóvenes es una muestra de la banalización estética que hace del espanto un juego y del misterio un juego de máscaras. Otra forma de hermosura, en definitiva. Los cementerios fotografiados por Jean-Claude Garnier (cimetieresdumonde.com), auténticos museos de escultura y de artes decorativas al aire libre, nos permiten comprobar la universalidad de esa estética liberadora o evasiva, fruto de la necesidad de vencer el más dramático de los miedos: el pánico a la desaparición.

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