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CICLISMO

La vida, a bajo precio

Durante un entrenamiento en Costa Rica, Amador sufrió un atraco y fue tiroteado: «Pensé que iba a morir»

PPLL

Domingo, 20 de febrero 2011, 01:02

Costa Rica lo tiene todo menos ejército. Se baña en el Caribe a un lado y en el Pacífico al otro; puede subir a sus volcanes o pisar la arena blanca de las playas sombreadas por nidos de palmeras. Es un paraíso sin aditivos, un pequeño país del centro de Centroamérica sin apenas gente y con una biodiversidad mayor que la de Estados Unidos. «La vida allá es bonita. No necesitamos lujos. Se vive sin la prisa de acá», cuenta Andrey Amador, costarricense y ciclista del equipo español Movistar. Allí no hay ni soldados ni guerras. Pero ni siquiera ese oasis se libra de algunos episodios de violencia. Como el que le cayó encima a Amador el pasado 29 de diciembre durante un entrenamiento. Vivió la versión original del miedo a morir. De repente, varios individuos le perseguían, le acorralaban y le disparaban. Escuchó la última detonación y todo se nubló. «Pensé que iba a morir». Memoria de un escalofrío.

Andrey Amador Bikkazakova (San José, 24 años) es hijo de un constarricense que marchó becado a Rusia, «cuando el comunismo y eso», para ser ingeniero agrónomo. Entre libros conoció a su futura esposa. Rusa. Por poco tiempo. La joven visitó Costa Rica y se quedó para siempre. No ha vuelto a saber del invierno. En el paraíso crecieron sus hijos. Y a los chavales les dio por el ciclismo. «Mi primera bici fue el regalo de Navidad cuando tenía doce años», cuenta Amador. A Pamplona llegó mucho después, al equipo Lizarte, a un piso de alquiler y a ser la estrella amateur del calendario vasco (ganó la Vuelta al Bidasoa). «Lo que más me sorprendió fue el invierno». La nieve y eso. En 2009, Eusebio Unzúe lo reclutó para el Caisse d'Epargne, el antecesor del Movistar. Mientras se hace ciclista, Amador sólo vuelve a casa en otoño, cuando ya no quedan carreras. Y apura allá hasta las fiestas navideñas.

Por eso andaba el pasado 29 de diciembre en Costa Rica, en una cuesta cercana a Heredia, a unos 60 kilómetros de Cartago, la ciudad donde viven sus padres. «No suelo ir por ahí, pero quería entrenarme en altitud», recuerda. En su país la naturaleza se empotra contra el cielo. Es un paisaje que se respira. De paz. «Nunca antes me había pasado nada», comenta. De repente, su vida se convirtió en una moneda al aire. Un vehículo de cristales tintados le pasó con calma. Los ojos que no veía le estudiaron. La bicicleta y el reloj del ciclista relucían igual que un lingote. Los sicarios le pasaron revista. Había botín. El coche se retrasó y volvió a pasarle. «Vi que me esperaba más arriba y, como no me fiaba, di la vuelta». Otro 'todoterreno' le aguardaba abajo, cruzado en la carretera. Se acabaron la dudas: a huir.

En un santiamén se armó una secuencia terrible. Amador tiró por un camino de tierra, pedaleando como loco sobre su 'Pinarello Dogma', de unos 6.000 euros de precio. Tentación en el paraíso. «Llegó un momento en que tuve que arrojar la bicicleta y escapar a pie». Pero no le sirvió. A los delincuentes no les bastaba con la bici. Amador brincaba, jadeaba y miraba hacia atrás. El camino del que huye siempre parece largo. Miradas entrecortadas al borde del cafetal. Vio pistolas. Escuchó disparos. Sintió los impactos. «Noté mucho calor en las piernas». Trató de trepar por una empalizada de espino. No dolía: el miedo amortigua el daño. Recibió otro disparo y sintió que se desvanecía. «Pensé que estaba muerto».

Fallo renal y «tosía sangre»

Luego supo que no eran balas, que le habían derribado con pistolas eléctricas. Así que, cinco horas después de perder la consciencia, despertó. De noche ya. El frío le tocaba los huesos. Tenía sed. Le dolía todo, pero seguía latiendo. «Tuve suerte porque había buena luna y pude encontrar un camino». Por ese sendero llegó a una luz, un supermercado. Desde allí llamó a su hermano e hizo recuento de daños: le habían robado la bici, el móvil, el reloj, el casco, las gafas y un chubasquero. Del mal, el menor. Eso pensó. Y no.

En casa empezó a vomitar, a hincharse «como un monstruo». No podía comer ni orinar. Sus riñones no funcionaban. Ingresó de urgencia en un hospital, al borde de la muerte. «Tosía sangre». Sufría edema pulmonar y taquicardias. «El daño se debía a las cargas eléctricas de los disparos». Durante dos días su vida estuvo a punto de apagarse con tanto voltio. A la tercera noche, reaccionó. Luego se enteró de que los ladrones habían tratado de vender la bicicleta por mil euros. Sin éxito. La 'Pinarello' apareció días después tirada como un trasto viejo. Como si no valiera nada. Como la vida de Andrey Amador aquella tarde en una esquina del paraíso. «Ya recuperé la salud. Ha sido una experiencia más. Ahora, sólo pienso es estar listo para el Giro de Italia. 2011 tiene que ser mi año», desea. De viva voz.

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