Borrar
Cuesta ponerle etiquetas a la primera novela del periodista leonés Carlos Fidalgo. :: DM
Una calma aparente
SOTILEZA

Una calma aparente

Radiografía de 'El agujero de Helmand', de Carlos Fidalgo, V Premio Tristana de Novela

Javier Menéndez Llamazares

Viernes, 25 de marzo 2011, 11:43

En 'El agujero de Helmand' de Carlos Fildalgo (Ediciones Menoscuarto), en apariencia, sucede poca cosa: un soldado estadounidense narra con detalle todo lo que le sucede durante unos días en la guerra de Afganistán. El marine Michael Averill, más que contar, retransmite cada uno de sus pasos en Hassan Abad, una pequeña aldea polvorienta a orillas del río Helmand, cerca de las fronteras con Irán y Pakistán, donde el ejército norteamericano ha instalado una base militar, aprovechando una antigua fortaleza, a la que llaman 'la roca', desde la que se domina toda la comarca.

En esa roca se encuentra, además, una cueva, el 'agujero de Helmand', cegada por un bombardeo en los primeros días de la guerra, pues se suponía que servía de refugio para los guerrilleros talibanes. Pero esa misma atalaya bien podría haber sido utilizada por Alejandro Magno, pues se encuentra en su ruta hacia oriente, y esa casualidad desata la imaginación de Averill. Tras los primeros trabajos de zapa, pronto empiezan a aflorar restos humanos, lo que da pie al soldado a fabular con las tropas del rey macedonio. Poco más hay que hacer en esa base, desconectada del mundo, en medio de un desierto de calor sofocante y calma aparente.

Sin embargo, pronto empiezan a ocurrir sucesos inquietantes: los marines que hacen guardia en 'la roca' ven cosas extrañas, sufren ensoñaciones y visiones, hasta el punto de que dos de ellos pierden la cabeza. El primero, el soldado Henderson, lo hace de forma metafórica, pero el segundo, Di Cesare, la pierde literalmente: tras abandonar su puesto de vigilancia, su cuerpo es hallado decapitado.

El peligro invisible pasa entonces a ser tangible, y el soldado Averill será la siguiente víctima.

Géneros fronterizos

Igual que Helmand es una encrucijada en el corazón de Asia, en este libro confluyen, y hasta se solapan, varios de los habituales géneros literarios. Aunque por su concepción y extensión se trate de una novela corta -apenas alcanza el centenar de páginas-, su ritmo y su construcción son los del clásico cuento chejoviano: se trata de un perfecto mecanismo cuyos engranajes nos conducen armónicamente a un final sorprendente. Podría ser una novela bélica, por su temática, y tiene también algunas dosis históricas, por la presencia intermitente de un personaje clásico donde los haya, Alejandro Magno. Pero también se trata de un thriller psicológico, aunque hibridado con la crónica periodística, en el que tampoco faltan la denuncia. Y, sin embargo, como bien reza el subtítulo del premio Tristana, se trata de una novela fantástica.

El escritor y el cronista

¿Cómo consigue Fidalgo armar este libro, combinando con coherencia todos esos ingredientes? Pues con tres coordenadas literarias esenciales: la circularidad, la voz narrativa y una triple línea temporal.

Para empezar, debemos de partir del hecho de que Carlos Fidalgo no sólo es narrador, sino también periodista, y como tal debe enfrentarse a diario con una de las características no ya de la escritura sino de la propia realidad: la seriación de los acontecimientos, la reiteración. Más allá de que la historia se repita, de los paralelismos casuales o buscados, la propia mecánica de la prensa es la repetición: el cronista debe hacer cada día lo mismo, aunque cada vez cambie lo que cuenta.

Pero nuestro autor bebe de las fuentes clásicas y recurre a la perfección de la circularidad, pues la historia se cierra en sí misma, y termina justo donde empieza. No es cuestión de destripar aquí el final de la novela, pero sí desvelaremos que la fantasía, el giro inesperado, llega casi al final del libro y lo hace en forma de bucle, con el que rompe un relato hasta entonces extremadamente realista y con clara vocación de verosimilitud.

¿Dónde asoma, entonces, el periodista? Como hemos señalado, cuesta 'etiquetar' al texto, incluso en categorías tan amplias como 'narrativa' o 'periodismo'. Y es que Fidalgo revierte con total libertad las convenciones, y se decanta por una narración en tiempo presente, lo que sería más propiamente una 'retransmisión' y no un 'relato', por lo que más que contar, podríamos decir hace una crónica, apoyándose en la advertencia formularia de los preliminares: «Basado en sucesos reales». La propia elección del léxico no es baladí: 'suceso', además de sugerir que nos espera algo chocante, estrambótico o paranormal, evoca inmediatamente al género periodístico del morbo por excelencia.

Complementariamente, en un juego de imposibles, se decide por un narrador subjetivo, en primera persona, lo que articula la sorpresa y lo sobrenatural del relato, como descubre el lector al concluir el libro. La tercera seña de identidad de la novela es el especial tratamiento del tiempo. En apariencia, nos encontramos ante un relato lineal, extremadamente realista, que bien podría tomar la forma de diario, de confesión íntima o incluso de intercambio epistolar. Pero no es más que simple apariencia, pues a medida que avanza la trama se desvela que las referencias alejandrinas, que tan triviales parecían, van tomando peso en el relato, y que el misterio de las alucinaciones auditivas, que hablan en ruso al protagonista, no son casuales ni gratuitas.

En realidad, Fidalgo juega con tres líneas de tiempo -la conquista del rey macedonio, la guerra soviético-afgana y el presente bélico- que en principio parecen paralelas, pero que terminan por converger. Para ello, es capaz de valerse de objetos tan dispares como la espada ensangrentada de Alejandro o la silla de un barbero pastún, convertidas en máquinas del tiempo mediante un impagable guiño irónico. Y tampoco pierde la oportunidad de lanzar otro disimulado guiño a Suetonio y sus 'Vidas paralelas', incluyendo a un personaje llamado 'César' como contrapunto a las evocaciones de Alejandro Magno.

Armas de escritor

Enfrentado a un conflicto de radical contemporaneidad, el escritor debe enfrentarse a varias decisiones cruciales de índole meramente técnica: cómo estructurar el relato, elegir un desarrollo lineal o elíptico, profundizar en los personajes o quedarse con arquetipos.

En este caso, Fidalgo opta por una estructura capitular, con episodios brevísimos, de apenas un par de páginas en su mayoría.

Son en total veintiocho capítulos, numerados en romanos, pero que en realidad corresponden a escenas, con unidad de acción, tiempo y lugar. Esta composición, que parece invitar al fragmentarismo, da sin embargo lugar a un relato convencional, de linealidad cronológica. Pero no es más que un señuelo, en espera de la ruptura de la dimensión temporal de la que ya hemos hablado.

Respecto a los personajes, volvemos a la riqueza transgenérica: mientras que los actantes secundarios apenas están bosquejados, al estilo del relato breve, el protagonista resulta de gran riqueza psicológica. Y eso, a pesar de que los datos van cayendo con cuentagotas, como si el narrador quisiera escatimarnos información superflua para que nos concentremos en la trama.

Aún así, consigue un personaje consistente, el un joven negro, de veinticuatro años, que por problemas con su padre se ha visto obligado a abandonar la universidad, y que no puede evitar comparar su Filadelfia natal con el desierto de pastores en el que le toca bregar con unos compañeros que no sólo ignoran quién fue Alejandro Magno, sino la importancia geoestratégica de Oriente Medio y, en consecuencia, el porqué de los conflictos bélicos de la actualidad.

Espíritu de periodista

Curiosamente, la novela nace de una noticia periodística: el autor leyó en un blog que un pelotón de marines había descubierto en Afganistán una fosa común de soldados soviéticos. A partir de ahí, y bajo la advocación del premio Pulitzer Gary Webb -periodista que destapó los manejos de la CIA con el tráfico de crack en los suburbios de Estados Unidos y cuya muerte aún es pasto de conspiranoias varias-, Fidalgo despliega su catálogo de análisis social, donde aborda principalmente la alteridad, las estratificaciones sociales, el racismo y la xenofobia.

Pero tampoco falta cierto humor, como a la hora de parodiar la globalización, con el Elvis afgano, el cantante Ahmed Zahir.

Publicidad

Publicidad

Publicidad

Publicidad

Esta funcionalidad es exclusiva para suscriptores.

Reporta un error en esta noticia

* Campos obligatorios

eldiariomontanes Una calma aparente