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SOCIEDAD

De la bola a la abeja

Poesía, escultura, cine, apicultura. Todo eso cabe en un cuerpo musculoso y en un corazón que late más lento que el de otros mortales. Manolo Martínez, el gran atleta, cambia el peso por la miel y las cámaras

PPLL

Domingo, 15 de mayo 2011, 02:02

Se calza el traje de apicultor casi con la misma naturalidad con que coge la bola para lanzarla hasta donde puede. 21,7 metros es su récord. Así lo estampa, con silencioso orgullo, en el libro de oro de uno de sus restaurantes preferidos de Sahagún, ecuador del Camino de Santiago, el que elige para almorzar. A Manolo Martínez, el mejor lanzador de peso de la historia del atletismo español, a quien en octubre veremos en la gran pantalla representado a Goliat en 'Las aventuras del Capitán Trueno y el Santo Grial', la edad y la veteranía le pasan factura. De sus 36 años, 20 los ha dedicado a la competición internacional y hace gala de un brillante palmarés imposible de repetir. 31 veces campeón de España, varias de Europa, un título mundial e incontables horas de duro entrenamiento marcadas por una férrea disciplina. Está claro que tanto esfuerzo y desgaste no perdonan. Y «si no puedes mantener el nivel, a otra cosa, mariposa». La expresión le sale del alma, con una convicción limpia y sincera, despojada ya del dolor que rezumó la larga travesía de un desierto existencial y físico.

El gigante leonés, como muchos le apodan, se ha apeado de la competición de élite. Sus paisanos lo paran por la calle, le reconocen y le dan una especie de curioso pésame. Elogian su «gran carrera» deportiva, le piropean porque resulta que en directo es más guapo y delgado que en la tele y en las fotos que publica el periódico, y le desean suerte. Lejos de incomodarse, Manolo escucha, besa o da la mano, mira con sus ojos penetrantes y espeta en tono amable: «¡Eh!, que no me he jubilado de la vida!».

Ni mucho menos. En su rapada cabeza revolotea un enjambre de proyectos aparcados por sus obligaciones deportivas, más los nuevos que emergen como setas en otoño o primavera. Lo primero, la familia. Por fin puede llevar al colegio a sus dos mellizas, de 5 años, y pasar más tiempo con ellas. Cuando habla de sus niñas el sol entero le ilumina la cara. Pero ejercer de padre incluye la incómoda tarea de reprenderlas si se portan mal, aunque le tienen cogido «el sobaquillo». Son los únicos retoños nacidos de la mujer con la que empezó a salir a los 17 años, esposa y compañera que comparte y trabaja el mundo del deporte.

Pero en la mente de este grandullón inquieto, afable y buen orador convergen otras pasiones. Dibuja: «Lo que peor se me da». Compone música: «Con lo que más disfruto». Escribe poemas: «Solo soy juntador de versos»; y relatos cortos: «Juntador de palabros, más bien». Y escultor: «Lo que mejor produzco». Ahora construye un nuevo taller en León, donde nació y ha vivido siempre. La escultura, piezas de grandes dimensiones en hierro, le atrapa. Define su obra como «surrealista, libre». Sin embargo, el cambio de etapa, consecuencia de su evolución personal, le conducirá «inevitablemente hacia el realismo».

Especialista noqueado

En su web oficial aparecen retazos de todas esas facetas artísticas. Más la de actor. Debutó en la película 'Estigmas', de Adán Aliaga, que se llevó la Espiga de Oro al mejor director novel en la Seminci de 2009 y premios en festivales de documentales. Aunque será en 'El capitán Trueno y el Santo Grial' donde dará a conocer al gran público sus dotes de actor, representando a un personaje bonachón y sencillo. De un papel atormentado pasa a uno cómico, de instintos primarios y «muy divertido». Tanto, que durante el rodaje noqueó literalmente a uno de los especialistas. Se le fue un pelín la mano y el palo, acostumbrado a lanzar con fuerza. Aunque guarda una anécdota más rocambolesca: tuvo que pasarse seis meses aprendiendo a montar a caballo para que luego, ¡zas!, en un cambio de guión de última hora, el caballo se transformó en asno. Aún se ríe al contarlo. Lo primero que se piensa es en el pobre burro, y en esa carga de 145 kilos a su lomos (en estos meses ha adelgazado 30). Manolo corrige la apreciación. «Qué va, si los asnos pueden aguantar hasta 500 kilos y los caballos no pasan de los 250. De ahí vendrá, suponemos, la expresión de «vas como un burro de carga». Lo cierto es que el cine le tiene enganchado y, en función de los resultados taquilleros de la peli, podría hacer, si llegan y le gustan, otros trabajos. Deja la puerta abierta a todo, sin complejos, seducido por la permanente inquietud de experimentar y aprender.

Sorprende que una persona tan racional y pragmática conviva con la otra cara de la moneda, la de un soñador impenitente que se devana los sesos, se autocritica y se somete a sus particulares catarsis. El comentario le hace revolverse en la silla. «Lo racional no está reñido con lo espiritual, por mucho que se empeñen algunos científicos», sentencia.

Y a todo ese vagón de actividades se suma la que iniciará en septiembre como ayudante de su entrenador de toda la vida y amigo, Carlos Burón. Enseñará los trucos de su oficio a los niños inscritos en el Centro de Alto Rendimiento Deportivo de León (12 millones de euros costaron las instalaciones, inauguradas hace un año). Ese centro significa para él uno de sus mayores éxitos deportivos, éxito del que hace partícipe a Burón. Ambos se lo pelearon durante años.

La extensa vida deportiva como atleta de élite no le permite vivir de las rentas. «No soy Nadal, ni Alonso, ni una estrella del fútbol y es más, he pasado apuros monetarios». Así, ya ha ideado la forma de complementar el sueldo como entrenador con otra fuente de ingresos, esa que desvela la fotografía: la apicultura. Conoce bien el oficio, instruido por su suegro, Enrique Fernández Miguel, guardia civil retirado y apicultor en activo desde su infancia. «De aguijones sabe mucho», comenta, como sin darle importancia a la cosa. Pero Manolo replica: «Me han picado muy pocas, sé cómo tratar a las abejas». Desde luego. Mientras posa entre una treintena de colmenas, no quita ojo a las que pululan a su alrededor y aconseja al fotógrafo, casi al borde del pánico, sobre cómo y por dónde debe moverse. En una de las colmenas aumenta el zumbido, se alteran las abejas. Manolo no. Habla despacio, con instinto protector y se mueve a cámara lenta. «Tranquillos, no pasa nada. Cada colmena (enjambre y reina) tiene su carácter, ahora tengo detrás a una muy enfadada. Están nerviosas, no están saliendo por donde deben y es que esta colmena no está bien tapada y tiene muchos agujeros».

No encuentra casa

Todo un experto. Manolo Martínez ampliará la explotación familiar de cien a trescientas colmenas. Suspira al pensarlo. «Es un trabajo muy duro sacar del monte 10.000 kilos de miel y cuidar de los enjambres para que no se escapen cuando salen a pecorear (extraer el néctar de la flor del brezo). El paisaje es paradisiaco en Renedo de Valderaduey, un pueblo leonés donde la carretera se acaba: robledales y montes configuran la antesala de la falda de los Picos de Europa, a tan solo unos kilómetros de Guardo, montaña a través. En esa localidad de unos 200 habitantes Manolo busca casa, pero nadie vende y el precio de las parcelas se dispara.

El atleta nos guía hacia el nacimiento del río Valderaduey, en una de las numerosas fuentes que refrescan la zona. En la que beben los veraneantes y agradecen, cuando aprieta el calor, la friura del agua cristalina. Se llama Fuenteltable y los lugareños la cuidan como oro en paño, sobre todo después de que los familiares de un vecino de otro pueblo, enamorado de la fuente, depositaran sus cenizas para cumplir su última voluntad. Menuda la que se armó. Y es que, como dice Manolo, «podían haber echado sus huesines un metro más abajo, ahí donde saltan los renacuajos y ranas... ¡Qué falta de consideración!». Así es él, educado y socarrón, hasta el punto de bendecir la medalla al mérito deportivo, porque «eso de que te llamen Excelentísimo... tiene su morbo».

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