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MARCELA VALENTE
Martes, 2 de agosto 2011, 11:56
Añoran un pasado de bonanza que no vivieron o que no fue del todo tal. Sobrevaloran todo aquello que ocurre más allá de sus fronteras, pero extrañan más que nadie su país cuando lo dejan. El estereotipo los describe como ególatras pese a que su deporte preferido es hablar mal de sí mismos. Así de contradictorios son los argentinos.
Es cierto que la idiosincrasia depende mucho de la región. En las provincias del interior tienen sus particularidades, pero nadie representa mejor el prototipo argentino que el porteño, ese habitante que nació en Buenos Aires, que vive, ama, disfruta y padece esta ciudad abierta y amigable como pocas.
Según una encuesta realizada por TSN Gallup a finales de 2010, una mayoría de argentinos se define como «muy» o «bastante» feliz pero lo demuestra mucho menos que los brasileños, que parecen no conocer la tristeza. La fuente de la felicidad les viene a los argentinos de la vida en familia, del compartir con amigos, del deporte -mucho más como espectáculo que como práctica-.
Para el 97% de los argentinos, la prioridad principal en la vida es la familia -dice Gallup- y se nota en la forma que muchos eligen para pasar el tiempo libre. Juntarse los domingos para comer el tradicional asado a la parrilla, precedido del ritual del fuego, el vino, el quesito, la ensalada, y seguido durante la tarde con una interminable ronda de mate, es la meta a la que se aspira toda la semana.
Y ver fútbol acompañados es parte del disfrute. Es por eso que cuando no van al estadio, se juntan en bares para gozar juntos en alguna pantalla grande. Los mozos pueden demorar un pedido si una jugada de riesgo puede ser un gol inminente. El fútbol y la política son campos para la polémica, ese género del discurso en el que el argentino da rienda suelta a sus conocimientos de 'experto'.
Pero quizás sea porque se trata de una sociedad resultante de la inmigración, construida sobre la base de la nostalgia de miles y miles de españoles, italianos, franceses, polacos y otras decenas de nacionalidades que dejaron su terruño para afincarse en estas tierras lejanas, los argentinos arrastran consigo una profunda melancolía que dejan ver cuando están lejos de la patria.
Su música arquetípica es el tango, que como decía el filósofo español Julián Marías, es el modo que encontraron los argentinos de ponerle melodía a su llanto. Sienten nostalgia hasta de lo que no vivieron. Añoran al Borges que no leyeron o el mate que en casa no tomaban. Pero también la melancolía se expresa en un rasgo depresivo: una actitud muy severa para consigo mismos.
Individuos, no ciudadanos
Los más irónicos se ríen de sus defectos, pero en general cuando un argentino tiene delante un extranjero lo común es que hable mal del propio país, como anticipándose a una segura crítica y también para diferenciarse de esa tierra defectuosa en la que nació.
Un tema recurrente cuando analizan sus debilidades es la atracción por infringir la norma. Según ellos mismos, lo que mejor define a los argentinos es «que no respetan la ley». Si viajan a Suecia, Canadá o Suiza, vendrán encantados con el desarrollo y la buena educación de sus ciudadanos, pero al regresar, se comportarán como si en Buenos Aires las normas de tránsito fueran solo «para giles» (tontos).
«Ese vecino mío es argentino, pero no lo parece para nada», me dijo una vez un colega de Costa Rica, cuando íbamos saliendo de su casa en San José. «Es que es un hombre que siempre habla bien de su país, parece estar orgulloso de ser argentino», se sorprendía el periodista costarricense, muy viajado por el mundo.
Suelen ser simpáticos con el extranjero, pero en el exterior tienen fama de arrogantes. «Para suicidarse, los argentinos eligen treparse a su ego y lanzarse desde arriba», es uno de los chistes que los turistas festejan y puede que se lo cuente un argentino. «El mejor negocio es comprar a un argentino por lo que vale y venderlo por lo que dice que vale», es otro muy popular.
No son practicantes, pero una gran mayoría de argentinos se define como religioso. Sin embargo, son escépticos sobre el destino del país y del propio. Solo confían en su familia o en los allegados. Quizás sea porque -ellos dicen- nadie cumple sus promesas. Son muchos los «chantas» (mentirosos, irresponsables), o como se estila definirlos más recientemente los «truchos» (falsos, ilegales).
Las periodistas brasileñas Marcia Carmo y Mónica Yanakiew, fascinadas por este arquetipo tan distinto del brasileño, decidieron escribir un libro. 'Argentinos, mitos, manías y milongas'. La idea era justamente desentrañar esta manía de cultivar una fama de soberbios y ser, en verdad, tan destructivamente autocríticos.
Sus conclusiones confirmaron buena parte de estas características. Muchos de los entrevistados arrancaban hablando pestes del colectivo de compatriotas.
Nadie duda en esta tierra que los argentinos son profundamente individualistas. Según el célebre Jorge Luis Borges, los habitantes de este país «no son ciudadanos sino individuos». Gallup lo confirma. Cuando tienen que definirse, una de las frases más votadas (78%) es la que los señala como individualistas. También se pondera allí que los argentinos «valoran los caminos más fáciles» (79%) y que se reconocen capaces (71%). «El problema no es el país, el problema somos nosotros», dice un taxista. Pero el «nosotros» nunca parece incluir al que habla. Ese plural puede aludir a la dirigencia política o deportiva nunca a uno mismo.
«Los argentinos son ciclotímicos», sostiene Gallup. «Acompañan los ciclos económicos en algunas ocasiones con euforia y en otras con una profunda depresión». Probablemente es por eso que Buenos Aires es la capital mundial del psicoanálisis, donde se registra la mayor cantidad de psicólogos, psiquiatras y terapeutas por habitante, y hasta hay barrios como 'Villa Freíd' donde se concentran los consultorios para individuos, parejas o familias en conflicto.
En Buenos Aires, más que apurado se está «ansioso» o más que triste, «deprimido». Si alguien quiere algún fin de semana quedarse en casa y no ver a nadie, se disculpará con los amigos por estar «fóbico». Si una mujer no quiere tener sexo lo más probable es que sea catalogada de «histérica». Si el hombre se lleva bien con su madre habrá que estar atenta a esa «relación edípica». El egoísta es «narcisista» aquí y el que se siente feliz es un «maníaco». Difícil ser argentino.
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