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IRMA CUESTA
Domingo, 21 de agosto 2011, 12:15
Cuenta su mujer que durante los seis meses en los que fue presidente de Cantabria (diciembre 1990-julio 1991), Jaime Blanco apenas durmió. Había alcanzado uno de sus mayores retos -quizá el mayor- como dirigente político y candidato. Dice también que es tímido y que ser tan alto le hace parecer altivo, pero que no lo es; que el senador socialista gana en las distancias cortas. Blanco (Santander, 1944) se despide de la política activa 36 años después de haber decidido que aquello iba a ser su vida y de haberlo sido casi todo en el PSC-PSOE. La llamada de la cosa pública le llegó al todavía senador cuando estudiaba medicina en Sevilla. Allí entraría a formar parte del grupo que se convertiría en la cúpula del partido -Felipe González y Alfonso Guerra entre ellos- y fue allí donde le responsabilizaron de la organización del PSOE en Santander en el inicio de la Transición.
Aquel joven que volvió a Cantabria con la carrera acabada, apenas tuvo ocasión de ejercer como médico, y aunque en casa dicen que la medicina es, con la política, su gran pasión, pocos le recuerdan con la bata puesta.
Jaime Blanco se bajó de un tren que le traía de Sevilla un buen día de los años setenta con las maletas llenas de libros. A partir de ahí, las llaves de un Seat 600 y la encomienda de levantar la casa socialista en Cantabria. Jesús Cabezón (diputado regional, senador y eurodiputado) tiene aún presente el día en el que Blanco le llamó para celebrar una reunión en su despacho -«éramos tantos que cabíamos en aquel cuarto»- y convencerlo de sumarse a la causa. «Desde entonces hemos compartido muchos momentos, y si tengo que definirlo diría que es una persona fiel a sí misma, honesta, con contradicciones, pero capaz de unir flexibilidad y dureza con acierto», dice de él quien fue mucho tiempo su compañero de filas. Quienes no son tan amigos aseguran que el líder socialista se esforzó en sentar las bases y echar a andar el partido, pero que luego no supo soltar las riendas; que después de dejar la Secretaría General no asumió que ya no le correspondía el mismo protagonismo.
Un Pepito Grillo
Parlamentario en las Cortes desde la Legislatura Constituyente de 1977 hasta el día de hoy, secretario general durante 23 años, tres veces candidato autonómico y presidente regional durante un semestre entre dos mandatos de Juan Hormaechea, este socialista con aspecto de marino británico se marchó del PSC dejando lo que puede llamarse una dirección de continuidad con Dolores Gorostiaga al frente. Luego, quizá porque él mismo dice que, en ocasiones, ejerce de Pepito Grillo, el tiempo le fue colocando en el sector de la disidencia, enfrentándose a sus propios delfines. Lo cierto es que dentro del partido encontró a los que han sido sus grandes amigos. Los que le conocen muy de cerca aseguran que, aunque habrá llorado otras muchas veces, ellos sólo le han visto hacerlo en el funeral de Luis Sainz Aja, compañero y confidente durante años. Alfonso Guerra, Matilde Fernández y Oscar Lafontaine, quien fuera presidente del SPD alemán, están en su círculo más íntimo.
Hay más amigos que piden que no pongamos su nombre (quién sabe por qué), que sólo encuentran cosas buenas que decir cuando se les pregunta cómo es. «Incluso los contrincantes políticos dicen que es un caballero. Un hombre de palabra que tiene en su haber el honor de haber participado en el debate y la aprobación de la Constitución y en la redacción del Estatuto». También dicen que es «generoso y fiel a los suyos», y recuerdan que ostenta el honor de haber colocado al PSOE en los mejores resultados de todos los tiempos «16 diputados frente a los siete de ahora. Da vértigo».
Jaime Blanco está casado actualmente con Rosa Inés García, una mujer con la que ha compartido su pasión por la política desde que se conocieron. Tiene dos hijos (uno de ellos de su matrimonio con Ángeles Ruiz-Tagle), con los que ha sido rígido y exigente, y dos nietos que todos aseguran que adora. Además, siente debilidad por el mar (tienen un velero de diez metros) y, como buen navegante, hace extensiva esa pasión a las estrellas. En los últimos años su labor política desde el Senado ha estado vinculada a la Comisión de Defensa y, ahora que anuncia su despedida, dice que no descarta, además de escribir para contar su versión de la historia de la que ha sido testigo, enrolarse en un proyecto aeronáutico. Jaime Blanco opina que el futuro hay que trabajarlo en la ciencia espacial, la medicina y el medio ambiente, y parece que está dispuesto a aportar su granito de arena.
El senador vistió hace unos días su despedida de desayuno en el Hotel Chiqui. Parecía encantado de estar allí y de tener la oportunidad de decir lo que piensa. Lo hizo cuando aseguró que los regionalistas no conseguirán nada bueno en las elecciones de noviembre, que el Partido Popular lo tiene muy complicado para conseguir el dinero de Valdecilla que tanto ansía y que su familia, la socialista, debe reconsiderar las cosas empezando por acercarse a la gente. Muchos en esa casa lo entendieron como un gesto de mal gusto asegurando que no es obligatorio morir matando y por lo bajo recuerdan que el senador deja la política cinco minutos antes de que le comuniquen que ya no cuentan con él. Sea como sea, se marcha alguien que ha ligado para siempre su nombre al del socialismo cántabro y que ha sido testigo de excepción de los últimos cuarenta años de historia política de esta región
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