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ANA COBO
Domingo, 29 de julio 2012, 11:42
Desde principios del siglo XVIII y hasta 1953 diferentes generaciones de agricultores y aldeanos del municipio de Arnuero acudieron cada día hasta el molino de mareas de Santa Olaja, en Isla, cargados con el maíz de sus cosechas para convertirlo en harina aprovechando la fuerza del agua. Nunca hubieran imaginado entonces que lo que para ellos sólo era su lugar de trabajo, 50 años después, iba a ser abierto al turismo como el 'buque insignia' del proyecto Ecoparque de Trasmiera.
El Ayuntamiento de Arnuero fue el primero en darse cuenta de que este viejo ingenio hidráulico, vinculado al flujo de las mareas, podía despertar la curiosidad de vecinos y visitantes. Y, allá por el año 2000, decidió devolver a la vida a este molino, abocado a la ruina absoluta desde que se generalizará la electricidad. Para conseguirlo, se llevó a cabo una minuciosa reconstrucción hasta convertirlo en un Centro de Interpretación.
Los mismos pasos se siguieron años después en Argoños, que cuenta con el molino de Jado; en Noja, tiene el molino de Victoria; y en Escalante, que presume del molino de Cerroja, aunque, de entre ellos, sólo en Arnuero y en Argoños se reproduce fielmente la maquinaria que hace funcionar estos aparatos para que los visitantes puedan ver cómo se hacia la molienda antaño. En los otros dos, ésta se aprende a través de material audiovisual que se completa con paneles de la flora y la fauna de las marismas.
Atractivos turísticos
En estos meses de verano, todos se erigen como los grandes atractivos turísticos de sus localidades. Son muchos los visitantes que mientras pasean por las marismas de Joyel ven, casi por casualidad, con el Santa Olaja. Y aunque es preciso concertar cita (676 486 111) si todavía queda un hueco no se resisten a entrar. Son tres euros.
Marco Pérez Ansola es uno de los guías del Ecoparque de Trasmiera que enseña las entrañas de este molino de mareas, levantado en 1702 por los propios canteros de Arnuero. Lleva casi diez años haciendo ésto. Y aunque tanto tiempo puede dar pie a hablar de monotonía asegura que «ninguna visita es igual a otra». Todo depende de quien esté delante. A los niños les ayuda a conocer. «Intentamos que sean activos y que ellos mismo hagan de molineros». A los ancianos les ayuda a recordar otras épocas y costumbres pasadas. «Ha habido grupos de mayores del propio Isla que se han animado a cantar canciones de cuando venían al molino, a contar anécdotas, y hasta se les han saltado las lágrimas». Y, en conjunto, unos y otros, aprenden la importancia que tuvo la energía del agua. «Limpia y renovable», repite el guía.
La visita se divide en tres partes. A las puertas del molino, Marco cuenta a los turistas la historia del proyecto del Ecoparque de Trasmiera y les habla de las mareas que hacen funcionar a estos artilugios. «Cada marea dura seis horas y hay cuatro al día», explica.
Un vez dentro toca conocer el proceso de molienda a través de las cuatro ruedas existentes.
Lo primero que se debe saber es que el molinero trabajaba en las horas de bajamar. «Cuando la marea está alta se retiene el agua en la presa y cuando baja se suelta todo ese agua y empiezan a girar los rodetes», que transmiten su movimiento a la rueda de moler a través del eje. Cada rueda va sumando piezas a modo de puzzle hasta llegar a la última donde se observa el proceso completo. Es importante tener en cuenta que dichas demostraciones están condicionadas al horario de las mareas.
Objetos de museo
El estruendo de piedra contra piedra se escuchó en Santa Olaja hasta la reconversión industrial, que hizo de ello un 'trasto' antiguo. En 1953 se cerró y cayó en el olvido. Fue el último molino de la zona en cerrar sus puertas y, curiosamente, el primero en volver abrirlas ya como museo. Y no es para menos ya que este molino fue uno de los de mayores dimensiones de la comarca de Trasmiera, sólo superado por el instalado en La Venera, en el municipio de Meruelo.
En la última parte de la visita está la denominada sala del molinero, donde se observan los materiales que empleaba para arreglar la madera y se puede imaginar cómo era su vida y oficio. Y aún queda otra parada para ver un vídeo de aquellos años de abundantes cosechas en los que sólo en la marisma de Joyel llegaron a existir hasta siete molinos que funcionaban en cadena, constituyendo una auténtica industria harinera que daba lugar, entre otras muchas cosas, al popular pan de borona.
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