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Nuria Nuño
Miércoles, 23 de diciembre 2015, 18:42
Son días intensos en el panorama político nacional. Pese a que el pasado 20 de diciembre los ciudadanos depositaron su voto en las urnas, a día de hoy es difícil adelantar quién se convertirá en el inquilino de La Moncloa durante los próximos cuatro años. ¿Repetirá Mariano Rajoy? ¿Será el socialista Pedro Sánchez el que se mude con la familia? ¿Se celebrarán unas nuevas elecciones? El tiempo o los posibles pactos postelectorales lo dirán. Mientras se despeja la incógnita, podemos imaginar cómo se desenvolvería cada uno de ellos en ese centro de poder. Un lugar que, resulta curioso, la ficción española apenas se ha atrevido a retratar.
Como un vago recuerdo queda 'Moncloa, ¿dígame?' (2001), una sitcom producida por El Terrat un tanto irónica y surrealista. La comedia, que emitió Telecinco, narraba las peripecias del gabinete de prensa del complejo presidencial y de los funcionarios que allí trabajaban. Eso es lo más cerca que han estado los guionistas españoles del despacho y la residencia del presidente del Gobierno. Nos resultan mucho más familiares las dependencias y los entresijos de la Casa Blanca; pese a que distan más de nuestra realidad los universos que dibujan las ficciones extranjeras sobre presidentes de los Estados Unidos y de líderes de algunas naciones europeas, como Gran Bretaña o Dinamarca. Muchos profesionales coinciden en que si aquí no se hacen series políticas es por no molestar; no porque no haya ideas o proyectos en mente. Simplemente a las cadenas no les interesa o no se atreven y apuestan por otros géneros. Por suerte, no ocurre lo mismo en otros países y los seriéfilos pueden disfrutar de un buen puñado de propuestas que muestran a los espectadores las tripas de la política y, en consecuencia, también del poder.
Entre las ficciones que han calado con más fuerza en el imaginario colectivo es obligatorio referirse a 'El Ala Oeste de la Casa Blanca'. Por allí campaba a sus anchas Jed Bartlet, el presidente demócrata surgido de la certera pluma de Aaron Sorkin, y sus colaboradores más cercanos. Aunque contaba con un reparto coral, el personaje encarnado por el carismático Martin Sheen era el auténtico protagonista de esta serie, considerada una de las más influyentes de la historia de la televisión, e impregnada por el idealismo de sus personajes hasta tal punto que resultaba un tanto utópica. No mostraba la clase política real, sino aquella que sería posible o, más bien, deseable para los gobernados. En este sentido, glorificaba tanto a los demócratas que algunos sectores la llegaron a tachar de partidista e incluso la rebautizaron como 'The left wing' (El ala izquierda).
Y es que Bartlet era la idealización del político perfecto. Un Premio Nobel de Economía, descendiente ficticio de uno de los firmantes de la Declaración de Independencia de los EE UU, humanista, compasivo, filósofo y el líder más carismático de eso que a los americanos les gusta llamar 'mundo libre'. En su mandato televisivo, lograba legalizar la situación de inmigrantes ilegales y firmaba la paz entre Palestina e Israel. Quizá por esa imagen de político íntegro que transmitía obtuvo la aprobación del 82% de los encuestados en un sondeo realizado el pasado mes de marzo por Reuters-Ipsos. Un dato: su índice de popularidad era muy superior al que en la misma época tenía Barack Obama (46%).
En ese mismo estudio, se valoraba también la opinión que muchos espectadores tenían de otros dos presidentes de ficción que aún siguen dando guerra. Así, frente al noble Bartlet surge el perfil de un hombre más joven y menos virtuoso que asume las riendas del país más influyente del planeta. En este caso, su historia se centra más en el ala opuesta de la Casa Blanca, la Este, donde se ubican los aposentos presidenciales. Los líos que allí tienen su epicentro acaparan buena parte de las tramas de 'Scandal', el culebrón de alta política que lleva la firma de Shonda Rhimes. En esta serie, la auténtica estrella es Olivia Pope (Kerry Washington), personaje basado en Judy Smith, subdirectora de comunicación del primer presidente Bush. Esta experta en la gestión de crisis, que asesoró en su día a Monica Lewinsky y suele aparecer en escena cada vez que se cuece un escándalo mediático en Estados Unidos, ejerce como coproductora ejecutiva de la ficción, donde la protagonista mantiene un tormentoso 'affaire' con el inquilino del despacho oval, el republicano Fitzgerald Grant III. Tony Goldwyn fue en su día el elegido para encarnar a ese atractivo presidente; un conquistador y seductor irredento, cuyo comportamiento dista mucho de la imagen de fiel y devoto esposo que tanto encandila al electorado del país de las barras y estrellas. En su caso, un 60% le daba su aprobación.
Incluso nuestro siguiente protagonista, el más manipulador y cínico de todos, vencería al actual mandatario estadounidense, al sumar la opinión favorable del 57% de los encuestados, dejando claro que los malvados gustan y mucho; al menos, en el terreno de la ficción. Se trata de Frank Underwood (Kevin Spacey), el dirigente demócrata que intenta también vender a su pueblo el concepto de pareja feliz. Su media naranja y compañera de fechorías es su mujer Claire (Robin Wright). Ambos forman un matrimonio que se monta su propio castillo de naipes en la aclamada 'House of Cards'. Encarnan a un presidente y una primera dama malvados y sin escrúpulos. Son tal para cual. Ambos se llevan por delante, sin ningún tipo de miramiento, todo y a todos quienes se interpongan entre ellos y sus objetivos. Su hambre de poder es insaciable; tanto que Maquiavelo estaría encantado de que fueran sus discípulos. Underwood se mueve como pez en el agua por los pasillos del Capitolio, un ecosistema donde compite con malas artes con sus compañeros de filas y negocia tratos y alianzas con los representantes de los 'lobbies' que acechan a los políticos. Quien asociara lo que ocurre en el Congreso y en Washington con tedio y aburrimiento cambiará de idea en cuanto vea unos capítulos de esta ficción, un 'remake' de una serie que la BBC estrenó en 1990.
La 'House of Cards' original, que lamentablemente ha quedado ensombrecida por el éxito mundial de las entregas lanzadas por Netflix, ya reunía todas las virtudes que la crítica valora ahora en su versión americana. Es el caso, por ejemplo, de la ruptura de la llamada cuarta pared, momento en el que el actor principal habla directamente al espectador y le comunica sus pensamientos y verdaderas intenciones. La producción británica se adelantó también a su tiempo al decantarse por un antihéroe como protagonista, una elección mucho más audaz en aquella época. En su caso, el primer ministro británico se llamaba Francis Urquhart, un político conservador que era el personaje principal en la serie de novelas escritas por Michael Dobbs. De hecho, el origen de la historia hundía sus raíces en un rifirrafe que éste mantuvo con Margaret Thatcher. Este miembro de los 'tories' comenzó a escribir un relato ficticio protagonizado por un 'prime minister' al que los miembros de su partido querían retirar del cargo. Aquella historia se publicó cuando Dobbs abandonó su formación en 1989, un año antes de que la dama de hierro renunciara a su puesto y al liderazgo del partido.
Y, si hablamos de políticas de altura, es preciso mencionar a Birgitte Nyborg. Ella es la protagonista absoluta de una de esas joyas que han llegado del frío: 'Borgen'. Así es cómo se conoce al Palacio de Christiansborg, sede del Parlamento, la Corte Suprema y, en este caso, el despacho de la primera ministra de Dinamarca. Adam Price, creador de la ficción, logra con acierto que lo político y la vida privada tengan el mismo peso en la historia, que nos viene a recordar que la política la hacen personas. En este sentido, la serie humaniza a los políticos y aborda las dificultades que tiene esta mujer, volcada en su profesión, al intentar conciliar sus responsabilidades en el partido y en el gobierno, su ética personal y su papel como madre y esposa.
Una de las claves del éxito de 'Borgen' radica en sus guiones, que explican muy bien situaciones políticas complejas. Para ello, se recurre a los análisis que realizan el jefe de informativos y los periodistas de su equipo que trabajan en el canal ficticio TV1. El arranque de la historia es otro punto a su favor, ya que logra atrapar el interés de los espectadores desde el minuto uno. La trama comienza en plenas elecciones, con el escándalo de unas tarjetas de crédito que surge en el último debate electoral televisado, y el discurso improvisado de Nyborg, que encandila a muchos votantes. Por esos juegos del destino, un año después de su estreno, Helle Thorning-Schmidt se convirtió en la primera mujer que ocupaba el cargo de primer ministro en Dinamarca.
Otro de los pilares de esta ficción europea es el trabajo de su reparto, encabezado por Sidse Babett Knudsen, una actriz que imprime a su rol de líder mucha más credibilidad que la que ofrecen Geena Davis en 'Señora presidenta', Sigourney Weaver en 'Political Animals' y Julia Louis-Dreyfus como la inesperada e inexperta vicepresidenta de 'Veep', comedia que se ríe de lo absurdo de la política y expone sin complejos las miserias que esconden los puestos de poder. A este pequeño club de mujeres de la política, se ha sumado este año Sharon Stone en 'Agente X', su primer papel protagonista en televisión, donde da vida a Natalie Maccabbe, la primera mujer que accede a la vicepresidencia de los Estados Unidos.
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