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Quizás una de las mejores cosas que nos han ocurrido en estos meses pasados es que hemos disfrutado de algo tan fundamental como es el disponer de un tiempo para pensar; normalmente lo que nos preocupa, a lo que dedicamos nuestros pensamientos, son personas, historias o vivencias a las que amamos o tenemos muy cercanas a nuestras vidas. Y yo, amo a muchas personas, historias y vivencias, que más que tenerlas cerca, me atrevería a decir que son gran parte de mi vida y que pertenecen a ese fascinante mundo que llamamos 'Hostelería'.
En ocasiones nos gusta acudir a la RAE cuando buscamos un significado exacto de una palabra; Hostelería: «Conjunto de servicios que proporcionan alojamiento y comida a los clientes». Yo no sé lo que pensaréis vosotros, queridos gastrolectores, pero a mí, esta definición se me queda corta o antigua, o las dos cosas a la vez.
Y como dijo Jack 'El Destripador': «Vayamos por partes». En nuestra adorada Cantabria tenemos una naturaleza privilegiada. Por un lado, el mar Cantábrico, con playas, acantilados y en ocasiones unas monumentales olas que permiten a los surfistas encadenar una serie de saltos y piruetas dignas de algún acróbata cirquense. Justo enfrente, la montaña con nieve en las cumbres y bosques repletos de flora y fauna local. ¡Qué decir de nuestro rico patrimonio histórico! La cueva de Altamira –y las otras, que no citaré por limitaciones de espacio–, el románico presente en muchas zonas, las iglesias costeras gótico, palacios y casonas...
Estas pueden ser algunas de las razones por las que nos visitan algunos de nuestros turistas y de las que nosotros, los hosteleros, no tenemos parte activa en su creación. Eso sí, debemos contribuir en todo lo que podamos a su conservación y conocimiento. Pero ya llevamos unos años en los que los turistas también nos visitan por nuestros hoteles y restaurantes. Apoyadas por un producto local, en ocasiones de alta calidad, las cartas de nuestros restaurantes se han convertido en un lugar de lectura obligatoria para todos nuestros visitantes. Y aquí sí que tenemos que trabajar señores; yo, desde el ámbito en el que vivo, el de la formación hostelera, creo que hay mucho trabajo por hacer en este campo. Desde las escuelas de hostelería que disponemos en Cantabria –y si no nos gustan hagamos otras– tenemos que ser capaces de dar forma y formación a esos futuros cocineros o camareros que serán muchas ocasiones la imagen y el recuerdo que se lleven muchos turistas de los que nos visiten. Nuestros camareros no están para servir un café, tienen que saber historias del café, tienen que conocer los vinos y los quesos de Cantabria, de España, del mundo. Tienen que saber de la historia del pueblo, de sus iglesias, de su patrimonio, de la flora y fauna que nos rodea.
La formación creo que es el baluarte fundamental donde podemos apoyar nuestro crecimiento hostelero, seamos una referencia y que nuestros visitantes proclamen loas no sólo a nuestras anchoas o a nuestras iglesias –que también– sino que se acuerden de nuestros camareros, de sus sonrisas y amabilidad, de su capacidad para contar historias.
El trabajo que nos espera es duro y lo tenemos que hacer entre todos: empresarios, camareros, cocineros, administración, formadores…
Permitidme un recuerdo a John F. Kennedy cuando dijo aquello de: «No preguntes lo que tu país puede hacer por ti, pregunta lo que tú puedes hacer por tu país». Apliquémoslo a nuestras vidas.
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Ana del Castillo
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