
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La crisis económica ha propiciado la aparición de términos nuevos. O, al menos, que no se conocían por estas latitudes. El banco malo es un ... buen ejemplo. La depresión obligó a muchos a trabajar por menos y, en algunos de los casos, a perder el empleo. Por eso la entidad bancaria que se ha quedado con los activos tóxicos, la Sareb, fue bautizada así. Pero la depresión no solo fue monetaria, otra política fue de la mano y algunos insisten en que incluso una moral. El ritmo diario se acrecentó. Había que hacer más para llegar donde antes se conseguía con menos. Un ritmo frenético a modo espiral sin fin difícil de abandonar. Quizás por ese motivo surgieron otros movimientos, como casi siempre, con nombres en inglés. 'Slow life'. Lo que en castellano se entiende como vida tranquila. Una de las múltiples consecuencias de esta tendencia fue la instalación de bancos -de los de sentarse- en lugares hermosos. Muchos de ellos en el litoral. Cantabria está repleta. Son los bancos buenos.
Ver pasar las horas mientras se contempla el horizonte puede ser un buen plan. Andy y Denis son habituales. Con su perro 'Gordi' están posados en lo que antes fue un el tronco de un árbol. Ahora está tallado. Se encuentra en Liandres, en Ruiloba, y, aunque no lo parezca, es uno de sus principales reclamos turísticos. «Viene muchísima gente solo para sentarse y pensar», dicen. Ellos llevan unos días aquí instalados. Durante el verano viven en una autocaravana. Regentan una casa rural en Puente Viesgo ('Entre Puentes') -antes fueron profesores de inglés en una academia- en la que viven durante el resto del año. «Así que en junio, julio y agosto deambulamos por la región», ríen.
Este mirador es uno de los puntos que más les gusta. Suele estar tranquilo. Y muchos de los visitantes proceden de un restaurante que hay justo al lado. En el banco hay grabados nombres de parejas entre corazones. También hay un pequeño sendero que conduce acantilado abajo. Si el mar no está bravío, es posible darse un cole. A la izquierda, la punta del Miradoiro separa este enclave de la turística Comillas.
Pocos kilómetros más adelante, se encuentra otro lugar muy similar, aunque con particularidades. Es el Molino de El Bolao, al que se puede acceder desde Cóbreces. El camino se adentra entre plantaciones de panizos que a estas alturas del año se distribuyen con perfectas formas geométricas de un verde intenso.
Nada más llegar, sobre todo si es un día soleado, como es el caso, el agua adquiere un tono turquesa. Aguas cristalinas, como las del Caribe, en pleno Mar Cantábrico. Un gozo para los sentidos. El olor a caloca tiñe el aire. A estas alturas del año apenas baja agua por el arroyo de La Presa. Así que las cascadas no tienen el encanto de los meses invernales. Pero existen otros.
El acantilado, que en la zona baja forma una terraza, es un buen lugar para broncearse. «Aquí estamos protegidos del viento y casi no hay gente», explica un matrimonio. Otros aprovechan para pescar.
En uno de los costados, se vislumbra un sendero que asciende ladera arriba. Es pequeño. Hay que atravesar lo que queda de las dos construcciones molineras. Después hay que cruzar el cauce, que en verano se puede hacer a saltos, apoyados en piedras, sin mojarse los pies. Poco a poco se va ganando altura.
En lo más alto hay otro banco. Es mucho más moderno, como los que se ven en los parques de las ciudades. También está tatuado de nombres y fechas entre declaraciones de amor eterno. Es otro buen lugar para detenerse y reflexionar sobre los pequeños placeres. El fotógrafo dispara fotos sin cesar. Está buscando la mejor perspectiva. Lo lleva haciendo desde que llegó a estos acantilados.
«Aquí está, ya la tengo». Porque en El Bolao hay otro divertimento. Hay que encontrar la silueta de la cara de un indio, como los protagonistas de las películas de wéstern del lejano Oeste. En el perfil se percibe nítidamente -ver la foto de la izquierda- la boca, la nariz y la frente.
Solo hay que encontrarlo. No es difícil. Esa tarea se la dejamos a los visitantes. Una pista. Solo hay que mirar a ambos lados del acantilado.
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Ana del Castillo
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