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Cuando se planteó esta fotografía, en lugar de acudir a las figuras femeninas más conocidas de la hostelería cántabra, se optó por un homenaje a ... las segundas espadas, a las que llevan años luchando en un plano más discreto, pero igual de esencial, por empresarias que han apostado por la gastronomía cántabra. Al preguntarles por sus inicios, son mayoría las que recuerdan las cocinas dominadas por hombres. En el relato de sus experiencias, las hay que prefieren trabajar sólo con mujeres y quienes no encuentran problema en compartir el espacio entre fogones. Pero tienen claro cuál es su denominador común: el orgullo de trabajar entre pucheros, a pesar de los «sacrificios».
En la imagen aparecen Desde la izquierda: Elisabeth Murillo (cocinera en la Cocina Económica), Ana Bezanilla (propietaria de la Casa de Comidas Tetuán), Juani Larín (Casa Calvo), María Ángeles Calvo (Propietaria de Camisimira), Raiza Cuciuc (cocinera en el Marucho), Mame Herrero (propietaria de El Desván), Natalia Capatici (segunda jefa de cocina de Cañadío) y Mayte Urraca (propietaria del catering Como en Casa), en la cocina de la Escuela de Hostelería de Cantabria 'Las Carolinas'.
No hay datos oficiales sobre el número de mujeres dedicadas al mundo de la hostelería. Pero tampoco les preocupa. Ellas hacen sus propias cuentas: «Trabajamos igual o mejor que los hombres». Y cuanto más tiempo se lleva el trabajo, menos margen para la conciliación familiar. Natalia Capatici (Moldavia), segunda jefa de cocina del restaurante Cañadío, de Santander, recuerda lo duro que fue la época en la que sus hijos eran pequeños. «No tenía apoyo y tenía que dejarlos solos. Sentía angustia cuando estaba en el trabajo y pensaba en ellos. Pero no me quedaba otra», declara.
Precisamente, por no querer pasar por esta misma situación, Meme Herrero, propietaria del restaurante El Desván, en Santander, ha decidido «no tener hijos. Cuando trabajaba por cuenta ajena, porque no veía el momento. Y ahora, que he emprendido por mi cuenta, no me veo preparada, porque dedico todo mi tiempo y energía a este negocio».
Al hilo de la conversación, Ana Bezanilla, dueña de la Casa de Comidas Tetuán (Santander), recuerda que el problema de la conciliación «es común en todos los trabajos. No es algo especial porque nosotras trabajemos en hostelería. Pregunta a una cajera de una gran superficie. Te dirá lo mismo». Ahí es cuando toca encajar la agenda de madre y de empresaria «como se puede». Mayte Urraca, propietaria del catering 'Como en casa', también se encontraba sola, criando a sus dos hijos, cuando montó su negocio, dedicado a los menús diarios a domicilio: «Lo que yo intenté desde el principio fue adaptar mis horarios a los de mis hijos». A veces se consigue, otras cuesta más. Elisabeth Murillo lleva siete años trabajando en la Cocina Económica. Ahora su horario es de tarde, pero recuerda las «largas jornadas» cuando trabajaba en negocios de hostelería en Noja. «Había que hacer equilibrismos con los horarios para poder atender a mis dos hijas. Lo curioso es que, a pesar de ello, ahora ellas también se dedican a la hostelería». Y es que, como reconoce Bezanilla, «si esto te gusta, te engancha mucho. De lo contrario, puede suponer un infierno».
Reunidas en la cocina de la Escuela de Hostelería de Cantabria 'Las Carolinas', en la charla se evoca a «las grandes maestras. En las casas, las recetas de las abuelas pasan de madres a hijas». Sin embargo, «la mayoría de los grandes chefs son hombres y la verdad es que no sabría decirte por qué, aunque sí es algo sobre lo que recapacito y me molesta, pero no encuentro respuesta», apunta María Ángeles Calvo, propietaria del restaurante Casimira, de Santander.
Juani Larín se puso al frente del negocio hace cuatro años cuando falleció su marido, dueño de Casa Calvo (Puente San Miguel). Salvo en las dos últimas semanas, que se han unido al equipo dos chicos, «en todo este tiempo hemos sido sólo mujeres. Ylo cierto es que así se trabaja muy bien, aunque nunca he tenido ningún problema con el otro sexo, ni en la hostelería ni cuando trabajaba vendiendo seguros. Siempre me han tratado como a una igual». También María Ángeles Calvo ha tendido a trabajar siempre con mujeres en la cocina, aunque asegura que «ahora me cuesta encontrarlas. Es muy difícil. No entiendo por qué hay tan pocas cocineras profesionales». Fiel al oficio, Raiza Cuciuc (Moldavia) lleva doce años entre pucheros en el Marucho y considera que «nosotras, en una cocina, nos organizamos mejor y nos quejamos menos. Pero también he de decir que me he rodeado de mujeres que queríamos trabajar y que no nos importaba el esfuerzo».
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Ana del Castillo
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