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El exetarra Eduardo Uriarte, entrevistado por El Diario Montañés en 2008. Celedonio Martínez
«Me considero uno de los padres del monstruo»
Eduardo 'Teo' Uriarte

«Me considero uno de los padres del monstruo»

Eduardo 'Teo' Uriarte entró en ETA en 1964, fue arrestado en el tiroteo de Mogrovejo, condenado en el proceso de Burgos, indultado, arrepentido, demócrata y crítico con el nacionalismo | Diez años después recuperamos esta entrevista sobre su papel en la primera incursión de la banda terrorista en Cantabria

Gonzalo Sellers

Santander

Viernes, 6 de octubre 2017

Entró en ETA por idealismo y renegó de ella por la misma razón. Era un quijotismo –aunque los molinos sí fuesen reales– como el de Unamuno, el de verse obligado a elegir entre paz y libertad y escoger lo segundo. Eduardo Uriarte no lo sabía entonces, pero ese idealismo era el ingrediente principal de la receta para el arrepentimiento que escribió Kierkegaard. 'Teo', como se le conocía en el entorno abertzale, ha transitado de un extremo a otro de la delgada línea roja que separa la cordura de la locura. Escuchar insultos en ambos bandos es la penitencia del hombre que dijo 'sí' al asesinato del comisario Melitón Manzanas –primera víctima terrorista– y que desde hace muchos años dice 'no' a la violencia y al nacionalismo. Uriarte quiso cambiar ETA desde dentro, transformarla al mismo ritmo que la democracia se asomaba en España. Pero ni él ni los que pensaban como él lo consiguieron en aquellos tiempos. Habían creado un monstruo indomable. Fue detenido en Mogrovejo en 1969 y ahora sólo vuelve a Cantabria a descansar en sus días libres.

–Con 19 años decide ingresar en ETA. ¿Qué mueve a un sevillano a dar ese paso?

–Mi padre había estado en la cárcel y en el campo de concentración durante la Guerra Civil. Vengo de una familia con conciencia de derrotados. Aunque tenía amigos militares y la presencia de clérigos en mi entorno era muy fuerte, yo me sabía parte de otro mundo. A esto hay que sumar la rebeldía juvenil y la necesidad de poner en entredicho el sistema político. Entonces sólo había dos maneras de enfrentarse a Franco: el Partido Comunista y ETA. Elegí la segunda porque un compañero de clase en la escuela de San Viator (Vitoria), Emilio López Adán –alias 'Beltxa'–, estaba en ella y me lo propuso.

El retrato

  • Eduardo 'Teo' Uriarte Nace en Sevilla en 1945. Ocho años después se traslada con su familia a Vitoria y en 1964 ingresa en ETA. En 1968 forma parte de la cúpula etarra de Vizcaya que decide el asesinato del comisario Melitón Manzanas. En 1969, tras un tiroteo con la Guardia Civil en Mogrovejo (Cantabria), es detenido. En diciembre de 1970 es juzgado en el Proceso de Burgos. Es condenado a dos penas de muerte, aunque posteriormente se le rebaja a cadena perpetua. Pasa ocho años en las cárceles de Córdoba y Cáceres antes de ser indultado en 1978. Tras una breve estancia en Bruselas, regresa a España. Parlamentario vasco por Euskadiko Ezkerra y por el PSOE, y teniente alcalde de Bilbao. En 2003 es condecorado por el Gobierno español con la Orden del Mérito Constitucional.

–Pero eso cambia a finales de la década.

–Desde sus origenes la organización había teorizado mucho sobre la lucha armada, pero la realidad es que estaba mucho más en sintonía del movimiento obrero. En su IV Asamblea ETA fue muy crítica con el uso de la violencia y abogó por un acercamiento al obrerismo. Esto no gustó a muchos, que presentaron una alternativa en la V Asamblea y ganaron. Yo quedé encuadrado en ella y la Brigada de Información de la Guardia Civil me fue a buscar a casa. Tuve que marcharme y empecé a hacer de Curro Jimenez. Subí de escalafón al pasar a ser un miembro liberado (el que dedica todo su tiempo a trabajar para ETA).

–¿Qué funciones tuvo durante su militancia en la banda?

–Me pase mucho tiempo imprimiendo los textos que me pasaba la oficina política. Luego pase a la dirección organizativa en Vizcaya. Cuando me detuvieron era de los más veteranos y, además, con una cierta responsabilidad en Vizcaya. Me considero uno de los padres del monstruo y también sé que fui incapaz de llevar a ese monstruo a la democracia. Iban a matarme por intentarlo,me jugué el tipo, pero no lo conseguí. Eso sí, levantarme contra Franco fue una de las cosas más dignas que he hecho en mi vida. El problema del héroe no está en empezar a pegar tiros, sino saber cuándo parar. Yo intenté que lo dejaran, pero los héroes de entonces se convirtieron en los villanos de hoy. Hice todo lo que pude.

–¿Participó en algún atentado?

–No participé directamente en ninguna acción violenta, pero fui miembro del comité central que decidió el asesinato del jefe de la Brigada Político Social de San Sebastián, Melitón Manzanas. Por eso tengo una gran responsabilidad en el inicio de la escalada violenta de ETA. Desgraciadamente pertenezco a la generación que decidió dar el salto a la lucha armada de una manera consciente. No fui autor material del asesinato, pero estuve en la reunión en la que se decidió y voté 'sí'. Meses después, un grupo quisimos corregir esa dirección y marcharnos al exilio, pero no nos dio tiempo, nos detuvieron a todos antes.

–¿Recuerda su estancia en Mogrovejo y su detención?

–Sí, claro, tenía 23 años. Llegamos allí huyendo. Eramos conscientes de que la policía nos estaba cercando cada vez más, y se decidió que los dirigentes saliesen del País Vasco por unos días. Así que organicé una excursión. Alguien conocía a unos lugareños de Mogrovejo porque habían estado en su casa de Miravalles cortando pinos. Tenían una casa vieja que no usaban y se la pedimos prestada.

–¿Cómo pasaron aquellos días?

–Estuvo muy bien. Nos llevábamos muy bien con la propietaria del único bar del pueblo, subimos en el teleférico de Fuente Dé, comimos cabrito, jugamos al fútbol en la carretera que se estaba construyendo... incluso pasó la Guardia Civil y nos saludó. A esa pobre pareja de agentes luego les pusieron los primeros para entrar en el asalto, castigados por no haberse dado cuenta antes de que éramos etarras.

–¿Y el tiroteo?

–Eran las seis de la madrugada y empezaron a ladrar los perros. Juan Echave se levantó y gritó que nos habían descubierto. Miré por la ventana y estábamos rodeados por 50 guardias civiles. Los agentes se pusieron nerviosos y empezaron a disparar. Después, cuando salimos, a uno de ellos se le disparó el arma e hirió a Enrique Guesalaca. Echave le dio la extremaunción y Enrique dijo: «Si me muero, que sepa el que me ha disparado que yo le perdono». Una señora del pueblo que le estaba curando contestó: «Olé por tu valentía». Era otra ETA. Nosotros íbamos para misioneros, no para terroristas. Nos daba vergüenza matar.

–Así que ustedes no dispararon.

–No, no lo hicimos, como luego se demostró en el Proceso de Burgos, aunque armas sí que guardábamos en la casa. Teníamos subfusiles checos, pero yo prefería una oxidada pistola que había hecho la Guerra Civil y la resistencia argelina. Soltaba más chispas por detrás que por delante, pero yo consideraba más importante asustar que disparar.

–Tras el Proceso de Burgos, entra en la cárcel. ¿Durante esos ocho años fue cuando cambió su perspectiva?

–El cambio de mentalidad ya había comenzado antes, pero en la cárcel nos ayudó mucho la lectura. Hice caso a un consejo de mi compañero, Mario Onaindia: «No te puedes conformar con los textos de carácter marxista, tienes que conocer toda la historia y toda la filosofía». Recuerdo las grandes discusiones que teníamos sobre Hegel, sobre 'el ser y la nada' de Sartre... entonces me preocupaba mucho el siglo XIX porque lo consideraba la antesala de la tragedia española. También me acuerdo de un comentario que me hizo mi madre: «Hijo, todos los vascos sois un poco fascistas».

–Cuando mataron a Yoyes, ¿pensó que también irían a por usted?

–Y mucho antes también. Los de nuestro grupo teníamos muy claro que querían matarnos y las razones. Una de las cosas más indignas es no saber por qué mueres. Lo grande de la libertad es saberlo. Morir por nada es sacrílego. En el caso de Yoyes, tenía un mal recuerdo con ella. En la parroquia de Sokoa se celebró en septiembre de 1977 una asamblea de ETA. En ella se nos pide que renunciemos al diputado y al senador que habíamos sacado en las elecciones con Euskadiko Ezquerra. Estuvimos hora y media con una discusión que sólo puede ocurrir en las catacumbas de la esquizofrenia izquierdista. Yoyes empezó a ponerse nerviosa, se levantó y, con desprecio, nos dijo: «Estáis mareando la perdiz. Si queréis, marcharos. Al fin y al cabo no sois más que unos traidores». Años después a ella la mataron por esa misma razón. Sentí mucho que la asesinaran.

–Durante sus años como dirigente del PSOE y ahora como gerente de la Fundación para la Libertad habrá tenido mucho contacto con familiares de víctimas del terrorismo. ¿Es dificil mirarles a los ojos?

–He tenido mucho trato con ellos. En las primeras manifestaciones en la calle contra la violencia, que eramos cuatro gatos, yo ya participaba. Los que habíamos dejado los hierros no queríamos que hubiese más muertos. Estar con las víctimas no sólo era algo que tenía que hacer, sino que, egoistamente, era un instrumento de redención. Si tengo culpa en esto tengo que expiarlo. A mis hijas les expliqué mi pasado cuando eran pequeñas. Un día, delante de la prisión de Basauri, les dije: «Mirad, ahí van los presos. Con un gilipollas de la familia que haya estado es suficiente».

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