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El mosaico de mujeres que dan rostro al sector profesional en el medio rural lo compone desde la ganadera de más edad cuyo trabajo fue « ... invisible», seguida de la nueva generación de ganaderas, que cotizan y reclaman sus derechos y el reparto de tareas; agricultoras con sello ecológico, pioneras en la gestión de casas rurales, grandes empresarias de alimentación que partieron de una receta de la familia, también veterinarias, productoras de mermelada, controladoras de calidad de la leche y lácteos, enólogas... Muchas de ellas optaron por labrarse una vida en la ciudad, pero el cuerpo les pedía volver a su tierra para despertarse cada día con el sonido del gallo.
La ganadera Toñina Alonso Abascal representa a la generación de mujeres trabajadoras que se entregaron a sus familias y negocios. Ganaderas que no cotizaban, ni figuraban y de las que se consideraba que «sólo echaban una mano al marido», pero la realidad era otra:«Hacían el trabajo más pesado desde la retaguardia». Hoy se ha avanzando mucho, según aseguran las ganaderas en activo, que se han asociado y conocen bien sus derechos.
En la imagen aparecen De izquierda a derecha, delante: Elena Gutierrez (Cultivo ecológico), Azucena Jiménez (Productora Salsa Salsasón), Carmen García-Lomas (Casa Rural Las Lomas), Cecilia y Lucía Gómez (Sidra Somarroza), Toñina Alonso Abascal, Lourdes Gómez del Barrio, Carolina Lavín Ruíz, Esther González (Asoc. de Mujeres Ganaderas). Detrás: Mayte Bringas (Mermeladas El Bosque), Diana González (Delicatessen La Ermita), Ana Gema (Veterinaria Equido), Laura Riva y MªÁngeles Sainz (Sobaos Joselín), Carolina Entrecanales (Quesos Cudaña) y Noelia Abascal (Arándanos Econates).
En el mundo rural los roles persisten con fuerza. Así, «la que se mete en el foso a ordeñar ha sido y es casi siempre la mujer. Ellas lo hacen con más cuidado». Lo ha comprobado a lo largo de 27 años como controladora de la Asociación de Frisona de Cantabria (AFCA), Carolina Entrecanales, también conocida por su trabajo en la Granja Cudaña.
En cambio, «es curioso –comenta el grupo– que en el sector de repartidores casi no hay mujeres». Una de las primeras fue Genoveva Sainz, de Sobaos Joselín, empresa cántabra que tiene una plantilla casi íntegra de mujeres (representan un 90%). «Venimos de un matriarcado y hemos tenido que trabajar dos veces más para ganarnos el sitio. Todavía el sector de la pastelería sigue estando dominado por los hombres», apunta la directora, MªÁngeles Sainz.
El mundo de la enología también está «muy masculinizado», subraya Cecilia Gómez, de Sidra Somarroza. «Cuando estudié, solo éramos dos chicas en clase, a pesar de que las mejores sumilleres son mujeres». Su hermana Lucía, que trabaja con ella en la empresa familiar, explica que en su día a día hacen de todo: «Trabajo de bodega, campo, laboratorio... cuando salgo a repartir me preguntan si puedo con las cajas, porque creen que es tarea de chicos».
Pionera en montar una casa rural, Elena Gutiérrez trabaja en el campo desde siempre. Dedicada al cultivo ecológico del nogal y con una pequeña explotación de ovino, señala que «hay que luchar mucho, pero con cuatro hijos había que traer dinero a casa». El alojamiento rural fue el negocio que emprendió Carmen García-Lomas cuando tuvo que reinventarse profesionalmente, e inauguró la Casona de los Lomas, en Arenas de Iguña.
También hay mujeres en primera línea del campo hoy que realizaron el viaje a la inversa: las 'neorurales', aquellas que dejaron atrás sus anteriores profesiones para dar un giro a sus vidas, instalarse en un pueblo y arrancar un negocio propio. Es el caso de Mª Teresa Bringas, productora de mermeladas El Bosque, que abandonó el sector de la aviación para instalarse en Ramales y producir mermeladas artesanales sin aditivos. «Unas batallas las pierdes, otras las ganas, pero siempre que levantas la vista por la ventana el ánimo sube», dice.
Desde Madrid llegó a Cantabria Azucena Jiménez y su familia, que invirtieron sus ahorros en crear la empresa Salsasón, de salsas sin conservantes de tomate y pimiento. También planta y cultiva carico negro en el valle de Ruesga. «Queríamos que nuestras hijas crecieran cerca de animales y senderos verdes», expone. Qué vidas tan distintas y cuánto en común surge cuando conversan entre ellas: «Qué difícil es la distribución»; «en el mundo rural te lo guisas y te lo comes todo sola»; o «todavía hay hombres que desconfían de nosotras como profesionales», lamenta la veterinaria Ana Gema, de Equino.
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Ana del Castillo
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