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Hace ahora ocho años, a Ignacio Diego le tocó pasar un vía crucis. Tras una noche electoral que le atragantó el cargo de presidente y ... el rostro tuvo que ir a dar la cara a la Virgen del Mar. Allí, mientras llevaba a la patrona de Santander a hombros, escuchó a Revilla, unos metros más atrás y sabedor de que el cargo era suyo, responder a los que le decían que andaba muy contento. El regionalista se dejó querer. No hubo saludo entre ambos, aunque la cortesía les llevó a darse la paz durante la misa. Fue una mañana de gestos. Como la de este lunes. Mismo lugar, misma fiesta, misma resaca electoral. Pero esta vez a Revilla le tocó llevar la procesión por dentro. Cansado y en un tono discreto –muy discreto– tuvo que pasear la derrota por un calvario santanderino. Eso sí, esta vez sí hubo saludo. María José Sáenz de Buruaga llegó sobre la bocina al acto religioso. Así que el apretón de manos fue apresurado. Pero fue.
Si va de gestos hubo unos cuantos. Para empezar, una coincidencia. En un momento concreto de la procesión, Gema Igual y dos de sus concejales (PP) coincidieron con Cristóbal Palacio (Vox) formando el cuarteto que lleva a la Virgen. ¿Pactos divinos? Luego, la estampa de la cúpula del PRC, Revilla incluido, esperando a las puertas de Ciriego la llegada de la comitiva (encabezada por el PP de Santander), a más de uno –hablando de procesiones– le recordó a esa tan bonita del encuentro en Semana Santa. Pero no, casi ni se vieron. Durante el recorrido, cada uno mantuvo su sitio. Igual, con sonrisa de mayoría absoluta y rodeada de ediles y otros cargos del PP (los senadores Amaya Landín o Javier Puente), al frente. Muchos, con gafas de sol. Algo más atrás, pero cerca, Palacio y su compañero en Vox Armando Blanco. En el bando de los felices. Entre unos y otros, Daniel Fernández, el candidato socialista en la capital. Su resultado no fue bueno, pero nadie le negará que en la Virgen del Mar fue el más cordial en las felicitaciones y en los saludos –«que vas a ser consejero», bromeó con Palacio–. Y bastante más atrás, bastante más, Revilla y sus compañeros de partido. Era fácil la ubicación porque en el grupo estaba la exjugadora de baloncesto Laura Nicholls. El líder regionalista caminó entre Guillermo Blanco y Paula Fernández. A veces hablando por teléfono. A veces, saludando. Muchas veces, pensativo. Y, más allá de la megafonía –con las estaciones del vía crucis, los rezos y los cánticos para la Virgen–, en general, una atmósfera silenciosa.
–¿No está Revilla?
–Ah, sí, que está detrás.
Conversaciones de procesión.
«¡Bravo ganadores!», gritó una mujer cuando la Virgen –entre remos y estandartes– ya dejaba atrás el puente de la isla. Se lo decían a Gema Igual, César Díaz, Pedro Nalda... A los concejales del PP, vamos. Ellos terminaban de cruzar el paso –ahí se estrecha el camino– y el grupo regionalista estaba casi empezándolo. Distancia.
Eso –la distancia– se acortó al tomar asiento en la tribuna de autoridades. A un lado del altar preparado para que los sacerdote oficiaran la misa con el obispo a la cabeza y los cofrades preparando todo con la ilusión de todos los años. Frente a una campa con mucha gente, aunque menos que en los días que la fecha es festiva. El coro, los curas, los chicos y chicas de la Obra San Martín... Y los políticos. Con las cámaras haciéndose hueco para ver si había o no saludos.
Santander honra a su patronaVer 22 fotos
Gema Igual y Revilla, sí. Un apretón de manos sin palabras acompañado de un enhorabuena de varios miembros de las filas regionalistas a la alcaldesa. Ainoa Quiñones e Igual, también. La delegada del Gobierno (PSOE) y la edil compartieron, de hecho, un abrazo.
–¿Podemos esperar un poco?
–Hasta la vida eterna. Lo de ustedes es temporal, pero lo nuestro no...
Conversaciones entre la responsable del protocolo y uno de los sacerdotes –guasón el tío–.
Porque algunos aún no habían llegado. Íñigo de la Serna también saludó a Revilla. Lo mismo que Gonzalo Piñeiro (que hasta se agachó, porque Revilla estaba sentado, para compartir una breve conversación con el presidente en funciones). «Yo no falto nunca», dijo Revilla a un cofrade que se acercó a saludar.
«Viene Buruaga, ¿no?». La gran triunfadora de la noche anterior se hizo de rogar. Llegó ya con el tiempo justo y, encima, la rodearon los periodistas. Se fue a sentar con la música de la misa empezando. Por eso, lo del apretón de manos a la carrera. Pero, aunque en la imagen fija pueda parecer lo contrario, la verdad es que no hubo acritud –«no hay ningún problema», dijo Revilla a los reporteros–.
Ya con todos sentados (se habló de las ausencias del vicepresidente Pablo Zuloaga o del concejal de Ciudadanos Javier Ceruti) fue el momento de observar. A Revilla y a Buruaga –primera fila y tercera– se les notaba cansados, aunque la distancia entre un cansacio y otro fuera la que hay entre la victoria y la derrota. Revilla cerró los ojos a menudo buscando cierta introspección (no estaba dormido, que nadie piense mal). Puede que le molestara el sol, ese resolín santanderino que viene con el bochorno.
La lectura fue sobre el milagro del vino en las bodas de Caná, y a alguno le pareció que hablaban de la multiplicación de los votos del PP cada vez que abrían una urna. Luego, Manuel Sánchez Monge se centró en la figura de María. Habló de la necesidad de vivir con responsabilidad y afrontar los problemas, una enseñanza en la que «una madre juega un papel fundamental».
Quedaban las declaraciones. Hablar de los planes y hacer valoraciones tras haber pasado –poco– por la almohada. Buruaga dejó claro que quiere gobernar en solitario y que Revilla se lo facilite con una abstención. El regionalista contestó que «gobernará el PP con Vox».
Y unos y otros le pidieron ayuda a la Virgen. A ver si echa un cable en las siguientes elecciones, que están a la vuelta de la esquina. Otro calvario.
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Ana del Castillo
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