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No son de un gremio, como en las otras fotos. Aquí cada una, a lo suyo. Pero, dicen, están acostumbradas a «meter codos». «¿Tú en ... qué trabajas?», pregunta Blanca, que es carnicera. Cuando Esther responde que se dedica a la fontanería alguien dice que «no lo había oído nunca». Una mujer fontanera. Y de eso va la foto. De estar en minoría, de ser excepción. De mujeres que trabajan en lo que, normalmente, se asocia a hombres. «Contra viento y marea», dice alguien mientras los pelos se les van para todas partes cuando les hacen la foto ante el mar con el viento sur pegando de lo lindo. Y algo hay de eso. De hacerse hueco contra viento y marea.
En la imagen aparecen Blanca Saro (carnicera), María de las Viñas Esteban (cartera), María José Argos (auxiliar de automoción en Edscha), Elena Celis (pintora), Esther Alonso (fontanera), Sandra Sainz (taxista), Magdalena García (conductora de ambulancia) y Alicia Garrido (mecánica).
Son ocho y todas en gremios donde son minoría. Porque carteras como María de las Viñas ya hay unas cuantas («sobre un 48 ó 49% hoy en día»), pero se han ido incorporando, sobre todo, en los últimos años. «Cuando iba bien la construcción, había menos hombres porque se fueron a trabajar en eso y a ganar más. Pero cuando fue mal, volvieron».
También lo de las taxistas es reciente. Ya es más frecuente verlas, pero aún son las menos. «En Cantabria hay un 10% de mujeres en el sector del taxi», explica Sandra. Ella es propietaria de una licencia y, además, vicepresidenta de Radio Taxi. Es su trabajo y lo seguirá siendo, «porque muchas empiezan pero lo acaban dejando» y otras tantas son «mujeres de...». Es curioso. Su único 'problema' por ser mujer fue con otra mujer. «Una señora me dijo que conmigo no iba, pero el compañero que estaba detrás mío en la parada le dijo que si no iba conmigo, con él tampoco».
Blanca, la carnicera (Carnicería Laso), sale al quite. «A mí hay mujeres que me dicen que prefieren que les despache mi marido». Hay un dato en su sector que es curioso. Carniceras hay unas cuantas, pero titulares del negocio (según explican desde el Gremio de Carniceros), ninguna. Casi todas, con el marido. También Esther, la fontanera. «Empecé ayudándole porque necesitaba que alguien fuera con él y la más barata era yo». Ahora es peón y él, el oficial. Pero ella es además la administradora de la empresa y «la oficina móvil». La jefa. Sí habla de machismo. «Sí que me ha pasado, sobre todo con personas mayores, que cuando yo hablo miran para otro lado. Que a mi marido le hacen caso, pero a mí no».
Ella es tan excepción –«hasta que no me ven agachada se piensan que soy perito o algo»– como su amiga Elena. Pintora, también con su marido. «No conozco a otra que trabaje de esto. La única que sé que hace algo parecido es ella», dice mirando a Esther.
Únicas. Cuando Alicia estudiaba el Grado Superior de Electromecánica en Los Corrales no coincidió con ninguna chica. Y en el curso de peritaje que hizo después, tampoco. Es mecánica y le suena «por referencias» que había otra en otro taller. «Hay mucha gente que da por hecho al verte allí que eres la hija del jefe». Por eso a veces le toca dar explicaciones. También cuando, en la recepción, le cuenta a alguno de qué va la avería. «Piensan: '¿Pero tú sabes lo que me estás contando?'. Hay clientes que prefieren no tratar conmigo», explica sin darle demasiada importancia a efectos de su trabajo.
«A mí –empieza Magdalena– algún paciente me ha preguntado dónde estaba mi compañero. Si les iba a llevar yo». Es una de las únicas cuatro conductoras de ambulancia en urgencias que hay en la región.
María José, auxiliar de automoción, trabajadora del metal, toma la palabra casi al final. Antes de despedirse. «Esto está bien para las que vienen. Implicarnos para animarlas y que se preparen, que se animen a formarse y a empezar porque a veces hay muy pocas», asegura. Entonces María de las Viñas se acerca y cuenta que, tras quince años como eventual, se acaba de sacar el Grado de Derecho. Ahora la aspiración es sacarse una plaza fija.
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Ana del Castillo
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