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¿Fernandito? Claro, ¿cómo no le voy a conocer?». La frase la podía haber pronunciado cualquier santanderino nacido entre 1940 y 1970. Porque Fernandito; así, con su nombre de pila y su diminutivo, fue todo un clásico. Uno de esos personajes típicos a los que, sin que más allá de su punto de extravagancia y su afición por la vida callejera se sepa muy bien por qué –o tal vez sí–, toda la ciudad conoce. Fernandito solía rondar por los bares de Puertochico y Tetuán, y durante muchos años se dedicó a cobrar las suscripciones del periódico San Martín, una modesta publicación de la fundación del mismo nombre, la Obra San Martín, y su lotería de Navidad.
Tirando a enjuto, sobrio y elegante y ya entrado en años, también era habitual verle por el Río de la Pila y Cañadío dispuesto a dejarse invitar por cualquier parroquiano a cambio conversación… le apeteciera o no. Declinar la oferta era una invitación a la ira; no le gustaba demasiado que le rechazaran, pero a cambio, siempre elegante, no se olvidaba nunca de saludar en cuanto una cara comenzaba a resultarse familiar por alguna de esas amistades de cuarto de hora... por ser generosos, porque generalmente los encuentros solían durar bastante menos. Y quizá su mal carácter fuera un mecanismo de defensa, porque también había quien le trataba a palos.
Hasta su comportamiento y atrezzo eran inconfundibles. Entre desgarbado y arreglado, porque sus hermanas se preocupaban de que saliera siempre a la calle con un impecable aspecto, solía acodarse en la barra y manosear un dedal que siempre llevaba encima y con el que a veces hacía ruido o música, según se mire, mientras silbaba o canturreaba. Inconfundibles eran también el pañuelo y boina roja que lucía por San Fermín.
Pero por encima de todo, lo más característico de Fernando Santander Fuster (Santander, 1923-2016) era que tenía unas facciones, unos gestos y un rostro muy... ¿Cómo decirlo? Muy borbónicos, por describirlo de algún modo. Y claro, si se tiene en cuenta que el Palacio de La Magdalena fue residencia real de verano entre 1913 y 1930, se piensan cosas. Y las cuentas salen.
La leyenda urbana, que mucho santanderino de a pie no consideraba como tal, decía que Fernandito era hijo de Alfonso XIII. No fue el único que se le atribuyó al bisabuelo de Felipe VI, pero sí el más conocido, el más popular y el que concitó un verdadero consenso. Vamos, que toda la ciudad dio por hecho que era hijo del rey, aunque a cuerpo de rey no viviera. Lo hizo de una forma mucho más modesta junto a su madre y sus hermanas –o hermanastras quién sabe– en un piso de la calle Tetuán. El mismo edificio que seguía habitando, aún con sus dos hermanas, cuando en 2008 lo destruyeron una explosión y devastador incendio en el que incluso resultó herido leve y tras el que, como muchos otros vecinos, tuvo que ser evacuado.
La Obra San Martín no se olvidó de él, y hasta que encontraron nuevo acomodo le atendió junto a sus hermanas en el alojamiento que les había buscado el Ayuntamiento en el Hostal Picos de Europa hasta su traslado definitivo a una residencia. Porque ya no regresarían a su barrio de toda la vida; a su calle Tetuán.
Pero ni la desgracia de su domicilio, ni su vinculación con la Obra San Martín ni su figura arquetípica le dieron tanta fama en el Santander de a pie como su filiación. Los testimonios de los santanderinos más viejos, por supuesto siempre apócrifos, trazaban con precisión de cirujano una genealogía que señala como padres a Alfonso XIII y una empleada de limpieza del Palacio de La Magdalena. Incluso se le atribuían dos hermanastros también santanderinos, aunque con otras parejas: Alfonsito y Carlitos. Y sí, todos ellos conocidos popularmente con sus correspondientes diminutivos.
Fernandito no terminó sus días retirado en la Zarzuela, en Roma ni en Emiratos Árabes, sino en la residencia de la tercera edad de Cazoña. Como sus hermanas, murió sin hijos, de modo que de acuerdo con el mito allí, muy cerca del Alisal, se extingue una de las ramas más humildes de los borbones.
Casi siempre, las leyendas tienen su versión más bizarra y la explicación verdadera, en ocasiones incluso documentada. En el caso de Fernando Santander Fuster, aunque se investigue, poco se puede comprobar sin entrar en el terreno de la ciencia o de la ciencia ficción. Lo que está claro es que el parecido, esos rasgos familiares, no se le podía negar...
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Álvaro Machín | Santander
Guillermo Balbona | Santander
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