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En cuanto caen tres gotas, se nota. Es un barrillo deslizante. En Santa Olalla el suelo sigue resbalando. Es una de las muchas huellas que ... ha dejado la riada en el primer pueblo que hubo que desalojar. La zona cero del dantesco panorama que el agua dibujó en Cantabria hace poco más de una semana. La primera de esas huellas que quedan es el susto. «Es que no es fácil de asimilar lo que hemos vivido». Lo siguiente, los destrozos. «Llevamos toda la semana limpiando». Y la tercera, el miedo. «Aquí tienen que tomar medidas o esto se repite». En un paseo rápido por el pueblo, todo el mundo repite lo mismo.
La casa de Patricia Portilla es un ejemplo. El agua alcanzó dentro los 45 centímetros de altura. «Estas maderas eran el mueble del salón», dice señalando una pila que hay en la calle. Amontonado. Ahora es leña. Cerca, su madre, Purificación López, echa un vistazo a la nevera, que también está en el patio. Y cuando la ambulancia viene a buscar a su padre, que anda fastidiado de un pie, ya no puede acceder como siempre hasta la puerta porque en el pavimento del suelo se llenó de socavones tras la riada. De hecho, ayer venían de la compra y les tocó dar un par de viajes hasta el coche. «A nosotros no tuvieron que desalojarnos. Nos fuimos cuando lo vimos como nunca lo habíamos visto antes. Nunca». El Besaya se les metió hasta la cocina.
Patricia Portilla
Como a María Jesús Díaz. Estos días han sido «limpiar y limpiar». En su vivienda, 22 centímetros. «Unas puertas que valen trescientos y pico euros y mire cómo han quedado... Es un robo todo», comenta mientras su marido, con ironía, al preguntarle por el seguro dice que «cuando vas a firmas la póliza te lo ponen tan bien que parece que estás deseando que pase algo». «A ver lo que nos dan...». Marcas en las paredes, manchas en las fundas de los cojines del sofá... Lo de las puertas también se nota en casa de su vecino, Alberto Pedrosa. Evitaron que fuera a más poniendo refuerzos en la entrada, pero a las cinco y media de la mañana les dijeron que allí no podían seguir. Les llevaron a La Serna, al pabellón, y la noche la pasaron en Arenas, en casa de un hijo. «Estamos con el miedo en el cuerpo y esperando que esto no se repita». Él explica que en el gran agujero que hay en el suelo a pocos metros de las casas, un mordisco llamativo, se podía meter una persona hasta la cintura. Da idea de la fuerza con la que pasó el agua. Ahora, para salir del paso hasta que lo arreglen, lo han rellenado con las piedras que arrastró el río.
Ellos son los vecinos que están en la parte que más se inundó. Junto al pulcro edificio de las antiguas escuelas, que hoy es el Centro Social 'Los Joyetos'. Algo más arriba están los dos puentes. Por allí andaba ayer la cuadrilla de operarios del Ayuntamiento de Molledo. «Esta semana ha sido horrorosa». Estaban limpiando el barro en una calle próxima al río. Anexa a una explanada que normalmente es verde, «un prau», y que ahora es una especie de playa de arena negra. Entre una cosa y otra -la calle y la playa- el muro quedó vencido por dos partes. El escombro caído acabó ayer mismo en un remolque.
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Ese camino corre paralelo a la parcela de la casa de Fernando Silió. A él le entró agua en una caseta del jardín, pero la elevación de la terraza donde está la puerta le libró en su hogar. «El susto aún queda», dice sobre el desalojo. «Mira todo lo que hay allí arriba», señala en dirección a la parte alta del río. «Esto es un peligro, con todos esos árboles tirados y las piedras. Es una vergüenza cómo está y, en cuanto venga otra crecida, pasará otra vez igual», advierte. Cuenta, de hecho, que el día de la riada el puente se saturó, lleno de troncos y maleza. No daba de sí. «Y menos mal que vino un señor, Emilio, con una carroceta y que se jugó la vida para que no ocurriera más desgracia. Él fue el que quitó la maleza. Diez viajes dio con la carroceta llena de maderos. Aquí tienen que tomar medidas. Somos personas, no animales y fue un pueblo entero desalojado, que se dice pronto».
Fernando silió
Juan José Rodríguez, que también atraviesa el puente, hace un dibujo en el barro del suelo para explicar lo que considera el origen del problema. Un croquis. Pinta el cauce del río -«viene por aquí»-, que hace una bifurcación (por eso los dos puentes en paralelo). «Pero es que antes de que el agua llegue a esa bifurcación, algo más arriba, hay una escollera que está partida y por eso el río se desvía y sale por otro lado. Ese es el motivo por el que cargó por esa parte -la que cayó como un torrente sobre la zona del centro social y las casas-. El río chico fue el río grande y si aquí (en el puente más grande) no se cruzaran todos esos árboles que se quedaron trabados y que lo atascaron, aquí no hubiera pasado nada». O sea, que también coincide en que hay que hacer arreglos y limpieza.
Alberto Pedrosa
Son las cosas que se dicen estos días por Santa Olalla. Y, de pasada, una conversación rápida define perfectamente cuál es el ambiente que se respira. «¿Se habrá pasado o volverá?», dice la pescadera que trae comida al pueblo al volante de su furgoneta y con la ventanilla bajada al pasar por el puente. No hace falta concretar porque cualquiera sabe a qué se refiere. «Pues -le responde un vecino- quién sabe».
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Ana del Castillo
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