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Van por el séptimo. Y no tiene por qué ser el último. Esteban Campelo (Melilla, 1970) afirma que su mujer Teresa y él viven «en ... la fe católica y estamos abiertos a los hijos que vengan». La mayor de sus vástagos tiene 12 años y la pequeña, diez meses. En casa «no hay tiempo para aburrirse, pero ¿quién quiere hacerlo?», dice entre risas. Las mismas que repite cuando habla del tiempo que le queda para sus aficiones, «no tengo ninguna pero tampoco las tenía de soltero. ¿Puede colar ver el fútbol en la tele?». Tiene claro que lo que le roba tiempo no es su familia «sino el trabajo. Con organización, se pueden hacer muchas cosas». Las tareas de casa las comparte con su mujer, que trabaja dando clases de Bioética en la Escuela de Enfermería de Mompía, y «ahora está estudiando un máster para poder dar clases a más cursos».
-¿Cómo se lleva lo de no poder dormir a pierna suelta durante doce años?
-Dormimos bastante bien, como los niños. Una vez que pasan los seis primeros meses les ayudamos a que cojan el hábito de dormirse solos, con la luz apagada y la puerta cerrada, y todo va rodado. Si te complicas al no sacarle del dormitorio de los padres, con luces, músicas... la cosa se complica.
-¿Cómo se organiza el día a día de su casa? ¿Existe un tablón, como el de los servicios de urgencias, con las tareas de cada uno?
-Con normalidad, como cualquier otra familia. Los primeros que se levantan son los mayores, que son más espabilados y nos ayudan con los peques, aunque todos son bastante autónomos. Luego mi mujer les lleva en la furgoneta al colegio Torreanaz, en Solares. Respecto al tablón, alguno tenemos con el recordatorio de los días que les toca chándal a cada uno o qué días tienen conservatorio o fútbol, etc. Las citas médicas las anotamos en un gran calendario que tenemos en la cocina. También nos coordinamos con otras familias numerosas, cuyos hijos van con los nuestros a las mismas actividades.
-En su caso, sobre la lucha por la igualdad y compartir tareas podría escribir un decálogo, ¿no?
-No creo que sea una cuestión de reglas, de tú haces esto y yo lo otro, sino sencillamente ayudarse unos a otros, ya sea tu mujer, hijos o padres. En este sentido, la familia cristiana es lugar de educación en el respeto al otro, en las tareas de la casa, en la corresponsabilidad familiar. De nada sirve que hable a mis hijos de igualdad si luego ven que sus padres no nos ayudamos.
-¿En una sociedad donde impera la ley del consumismo, cómo se educa a siete hijos? Ir al cine o las actividades extraescolares requerirán de una planificación.
-Es muy fácil. Nuestros hijos saben que para sus padres es más importante el ser que el tener. Por eso tienen hermanos, que consideramos el mejor regalo para ellos, y menos cosas materiales. Además, la vida en familia numerosa te educa a aceptar las frustraciones y que no siempre se tiene o se hace lo que uno quiere. Dicho lo cual, nunca nos ha faltado nada.
-Ir a la compra debe de ser una aventura. ¿Cuántos litros de leche, por ejemplo, pueden llegar a consumir en un mes?
-Un poco sí, aunque el que se va de aventura es el dinerito (risas). En el centro comercial ya nos conocen. La mayor parte de la compra vuela en productos básicos, carne, verdura, fruta, pan, pañales... y en leche. Consumimos unos 120 litros al mes.
-¿Qué echa de menos de las administraciones en el apoyo a la familia?
-Es verdad que los apoyos materiales siempre son bienvenidos, pero para favorecer la familia hay que presentarla como algo bueno, generar una cultura de la familia. La media de hijos en nuestro país está en 1,3 y una de las reacciones de la gente cuando nos ve es decirnos que estamos locos, aunque te acaben de conocer. Eso es porque la familia, sobre todo la numerosa, choca brutalmente con la cultura individualista imperante.
-¿Cómo es un viaje con la familia Campelo-Martínez?
-A veces una locura pues siempre hay jaleo. Nuestros viajes suelen ser al pueblo o a visitar a la familia de mi mujer a Burgos, y simplemente el estar juntos es ya estupendo. La convivencia también conlleva discusiones o peleas que nos ayudan a conocernos mejor y a perdonarnos.
Estudió en el colegio de los Salesianos, de Santander. Continuó sus estudios en la Universidad de Cantabria, donde obtuvo el título de Derecho. Se puso a opositar al Cuerpo Técnico Superior del Gobierno de Cantabria, porque el sector privado «no me atraía demasiado». Desde 2005 pertenece a la Consejería de Educación, donde ha tenido diferentes puestos de trabajo, en la Unidad de Gestoría y, ahora, en la de Gestión de Personal Docente.
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