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mada martínez
Miércoles, 5 de octubre 2016, 07:17
Álvaro Pombo (Santander, 1939) vivió en Londres entre 1966 y 1977. Además de licenciarse en el Birkbeck College, Pombo brujuleó por la capital británica. Hacía a menudo a pie el trayecto entre la City, donde trabajaba, y Paddington Road, donde vivía. Subraya que eran cinco kilómetros con parada ocasional en un fish and chips para beneficiarse un cucurucho de pescado grasiento. «Ahora ya no puedo andar tanto, soy un viejo decrépito», dice, y a continuación se descacharra de risa.
Pombo trabajó en la City como telefonista en un sótano del Banco Urquijo. No le molesta conversar por teléfono. «Me encuentro muy cómodo así». Así que por teléfono tiene lugar esta breve y algo enloquecida charla con el escritor, una conversación en la que circulan, un poco desordenadas, ideas sobre su última novela, sobre Santander, la memoria, y sobre unas (previsibles e irónicas) quintas elecciones.
Pombo es como una galerna de verano que obliga a abandonar a todo correr el guion de preguntas, a perder el hilo y a unir a Rajoy y el infierno en la misma frase.
Pombo abandonó Londres con casi 40 años, despegando como poeta y narrador. En octubre de 2016 tiene más de treinta libros publicados, entre novelas y poemarios, un Premio Nadal y un Planeta, un Nacional de Narrativa, es académico de la Lengua. Estos días está en plena promoción de su última novela, La casa del reloj. «Disfruto mucho escribiendo, porque, a pesar de lo ganso que soy, me encanta escribir. Pero, en cambio, la posproducción, la promoción, me cansa muchísimo».
En La casa del reloj (Destino), Pombo vuelve con una historia de pasiones intrincadas y dilemas morales. Todo empieza cuando Juan Caller hereda una casa de su antiguo patrón y, con ella, toda su memoria envenenada. ¿Se puede heredar la memoria? «Sí, yo he heredado la memoria de mis abuelas, de mis padres. La memoria se hereda como se heredan los bienes materiales. Se hereda más la memoria que ninguna otra cosa. Se hereda más la memoria que un palacio con todos los jeribeques».
Pombo también siente que es heredero de Santander y alrededores. Aquí vivió hasta los 15 años, la ciudad atraviesa sus libros. «He heredado la memoria del tiempo pasado de mis abuelas, de mis padres, de mis tías, de Santander, de las hermanas de mi madre. Santander es para mí una herencia, todo Santander, también Peñacastillo, todo Santander es una memoria heredada. Por eso nunca voy a Santander, uno no va nunca a la memoria, la memoria viene a uno. Si uno va a la memoria la memoria se va al carajo». Al otro lado del teléfono, Pombo se parte de risa.
La casa del reloj transcurre en el campo. El escritor describe lo rural como un ámbito, en ocasiones, hostil, nada provechoso para el disfrute. El campo es «una máquina absorbente, succionante», escribe Pombo en la novela. «El campo es un sitio muy difícil para estar, es muy difícil el campo. No nos quiere. No es que nosotros hayamos desertado del campo es que el campo nunca nos quiso, el campo al anochecer nos abandona. Ya no está vallado, labrado El campo nos abandona. Caller se encuentra en una casa abandonado en medio del campo. Él creyó que en casa iba a leer y oír discos de Brahms. Craso error. ¡Porque en el campo no se lee, nadie lee nada en el campo!».
La música, en el campo, se vuelve un mero intento. «El campo tiene su música propia, música atonal. La música del campo es Alban Berg, una música desagradable, tan desagradable como el chocolate Lindt de 99% de cacao. La música de Alban Berg es exactamente igual, es una cosa que te deja la boca terrosa y una sensación de incomprensión de futuro».
Pombo habla ahora de la edad. «Soy un octogenario santanderino». El escritor de la barba Lincoln y gorro de marinero, que está a punto de cumplir 80 años, advierte: «Me falta un pelín, y seré mucho peor de lo que soy ahora. ¡Seré insoportablemente santanderino a los ochenta!»
Santander vuelve a la conversación. «Soy muy de Santander. Soy del muelle. No de Torrelavega, aunque son mucho mejores que nosotros los de Torrelavega». Pombo piensa que la capital tiene un verdadero problemón: «En Santander no tenemos conversación, porque nos sentamos en las solanas de la bahía y decimos: qué bonita es que cambia a cada minuto de color. Y ahí se acabó. Vamos a la machina, al club marítimo a cenar, tomamos unas rabas»
¿A usted le gustan las rabas?, pregunta el escritor.
Me encantan
Las rabas son lo más mejor.
La historia de su novela La casa del reloj también avanza gracias a las cartas. La correspondencia es una herramienta esencial. «Es una herramienta anticuada», repite un par de veces el escritor. ¿Por qué la usa? «He utilizado un recurso anticuado porque he utilizado los recursos que había en mi época: carta, declaración, diario».
Pombo político
Pombo militó en las filas de UPyD durante ocho años. Fue dos veces candidato al Senado; un candidato enérgico, entusiasta. Hoy no echa en falta la política ni un poco, confiesa.
Ahora, Pombo apuesta por el PP. «A mí me gusta Rajoy. Le voy a votar en las quintas elecciones».
Pombo fue un candidato mediático, impetuoso. El vídeo que recoge su intervención en uno de los mítines de la formación magenta, en 2011, se ha visto miles de veces. En ese mitin, Pombo carga contra la política de la disyunción «o PP o PSOE», una política que le resulta, entre otras muchas cosas, aburrida.
También le parece aburrido Antonio Muñoz Molina. El escritor granadino estuvo en la UIMP este verano y lanzó una idea: los hijos de inmigantes nacidos en España serán quienes cuenten el país en el futuro. ¿Le gusta esta idea a Pombo? El escritor responde que Muñoz Molina es, en este orden, «un pesadito», un «inocurrente», una cosa «ñoña». «Muñoz Molina me suena a Pedro el Guapo, aburrido».
¿Ha aprendido algo el país durante el vacío de poder? «No hemos aprendido nada, el país no aprende nada. Hay un texto de Rilke que dice: Ni las penalidades se acaban, ni se aprende el amor, solo el canto sobre la tierra consagra y celebra. Todo lo demás son tonterías».
¿Iremos a unas terceras elecciones? «Iremos a unas quintas elecciones. Habremos muerto varios de nosotros, yo por ejemplo. Habré muerto y mandaré mi voto por correo desde el infierno. ¡Votaré a Rajoy desde el infierno!»
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Ana del Castillo
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