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miguel lorenci
Martes, 4 de abril 2017, 07:29
Hace 80 años Pablo Ruiz Picasso pintó en París el Guernica, su grito contra la barbarie y la guerra. Un icono universal, vivo y compasivo, ... que lleva ocho décadas clamando contra la violencia y la sinrazón desde una vieja y maltratada tela que podría ser adecentada, que no «restaurada», cuando concluya la exposición Piedad y terror en Picasso: el camino a Guernica, que acoge el museo Reina Sofía hasta septiembre. Los reyes eméritos Juan Carlos y Sofía inauguran hoy esta muestra que recrea la génesis de la obra más icónica del genio malagueño. Indaga en sus fantasmas, en sus monstruos y obsesiones, para radiografiar una crucial «metamorfosis» en su manera de ver el mundo y el arte que culmina en la obra más importante del artista más decisivo del siglo XX.
Es hora de revisar los achaques de una tela vapuleada en casi cincuenta viajes entre 1937 y 1992. No se toca desde los años 80, cuando se barnizó para su regreso a España. «Una capa oxidada que podemos quitar sin tocar la tela, pero no habrá restauración estructural», dice Borja-Villel. El patronato del museo debe aprobarlo. «Se estudiará, pero la pintura no se tocará ni se moverá. Si se limpia, emergerán colores. Pero en ningún caso se reintegrará la pérdida de pintura».
Es la prehistoria del Guernica, «una genealogía que comienza en los años 20», precisa Manuel Borja-Villel, director del museo y padre intelectual del proyecto. Explora los cambios en el cerebro y la paleta de Picasso que anticiparon su clamor contra el odio, el terror y la extrema crueldad de todas las guerras. «Es una muestra de tesis, muy precisa, que nos enseña cómo Picasso llega al Guernica y cómo antes y después refleja el terror y la compasión de la víctimas», resume Borja-Villel.
A través de casi 180 obras del Reina y de más de 30 colecciones privadas e instituciones de todo el mundo, se analiza la radical transformación que experimentó el artista malagueño hasta mediados de los años 40 del siglo XX. Se detiene con más detalle en el periodo previo a la realización del mural, analizando el origen de la iconografía de la agonía, el horror y la violencia que proyecta la tela.
Algunas de las obras que recibe nunca salieron antes de museos como el Pompidou y el Picasso, de París que cede más de veinte piezas, la Tate Modern de Londres, el MoMA y el Metropolitan de Nueva York o la Fundación Beyeler de Basilea.
El británico Timothy James Clark y la norteamericana Anne M. Wagner, historiadores del arte, son los comisarios de una muestra histórica, todo un reto para el museo que celebra también los 25 años de la llegada a sus salas del Guernica, que en 1981 regresó del MoMA para instalarse en el Casón del Buen Retiro, donde permaneció 11 años y que llegó al Reina Sofía en 1992.
Es quizá el momento de revisar los achaques de una tela añosa y vapuleada, trasladada casi cincuenta veces entre 1937 y 1992, que no se toca desde los años 80, cuando se barnizó para preparar su regreso a España. Una capa oxidada y que se podría retirar. «Podemos hoy quitar esos barnices sin tocar la tela, pero no se restaurará», dice categórico Borja-Villel. Tendrá que proponérselo al patronato del museo, que debe aprobar la leve intervención. «Tenemos que estudiarlo, pero la pintura no se tocará ni se moverá. No habrá una restauración estructural, y si se limpia, emergerán colores. Pero en ningún caso se reintegrarán las pérdida de pintura».
La muestra incluye un apartado con más de 2.000 documentos, algunos inéditos, sobre la peripecia del Guernica, obra muy viajera, surgida de un encargo político, y que ya no saldrá del Reina Sofía, su casa desde 1992. El 4 de abril de 1937 la descomunal tela, de 351 por 782 centímetros y 300 kilos de peso, llegó al pabellón de España diseñado por Josep Lluis Sert y Luis Lacasa y para la Exposición Universal de París. Picasso trazó casi 70 bocetos en 33 días que fotografió Dora Maar y que nos permiten ver los cambios y la intención de Picasso. Sufrió luego de lo lindo debido a que sus dimensiones obligaban a enrollarla y desenrollarla para sus incesantes viajes. Tras su estancia en París, donde tardó en ser reconocida, viajó por Noruega, Dinamarca y Suecia en una gira organizada por el galerista Pierre Rosemberg con obras de Matisse y Braque.
En 1938 arribó a Londres para recaudar fondos destinados al comité de refugiados españoles. Con el mismo fin llegó debilitada a Nueva York el 1 de mayo de 1939 a bordo del navío Normandie junto al presidente del Gobierno republicano Juan Negrín. Recorrió luego Los Ángeles, San Francisco y Chicago antes de regresar al MoMA.
Picasso, director honorario del Museo de Prado desde el 19 de septiembre de 1936, siempre quiso que el cuadro regresara a España. Pero aún afrontó varias giras americanas y volvió a Italia, Alemania, Bélgica, Holanda y Dinamarca. El pintor pidió en 1958 al MoMA que el cuadro dejara de viajar y sufrir. Pero allí soportaría un atentado con pintura roja del artista iraní Tony Shafrzi contra la guerra de Vietnam antes de su último vuelo a Madrid, donde aterrizó el 10 de septiembre de 1981.
Modernidad y catástrofe
La muestra pone el foco en la evolución plástica y emocional de Picasso. Sin prisma político, se centra en su figura y busca en obras anteriores las raíces del Guernica. Explica «ese giro hacia el terror y la monstruosidad que culmina en el Guernica». Según el comisario, «es fruto de las actividades, preocupaciones, fantasías y obsesiones» que llevaron a Picasso a crear el mural que se expuso por primera al público en el Pabellón Español de la Exposición Internacional de París de 1937, como encargo del Gobierno del República.
Con su selección los comisarios quieren «sacudir al espectador», invitar a que «reflexione sobre los ingredientes del Guernica» mostrándoles la imagen que Picasso tenía del mundo y «que le lleva a expresar la modernidad como catástrofe».
Distribuidas en 10 salas, las obras jalonan esa «metamorfosis picassiana» desde su inicial optimismo cubista hasta la síntesis de una nueva imagen del mundo mucho mas tétrica entre la belleza, la monstruosidad y la compasión en un momento de gran convulsión política como los años 30, con la irrupción del fascismo, que coloca al pintor ante el laboratorio del horror.
Un Picasso consagrado muy consciente de su proyección internacional aborda el asunto de la guerra de forma muy diferente a cómo se venía haciendo hasta el siglo XX. En vez de monumentos de y para militares introdujo el dolor de los civiles. Ahí también estuvo su genialidad.
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