Estampas de piedra
'Mientras dure la guerra' | Dirección: Alejandro Amenábar; Género: cine histórico; Salas: Cinesa y Peñacastillo
Guillermo Balbona
Santander
Lunes, 30 de septiembre 2019, 10:08
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Guillermo Balbona
Santander
Lunes, 30 de septiembre 2019, 10:08
Deja que se desangre lo oportuno –lo de la España de ayer y la de hoy–, y escancia la historia en una serie de primeros ... planos: el del cascarrabias, contradictorio y único Unamuno, autor de 'Niebla'; el del general Millán-Astray (sus replicantes se suceden hasta el presente), un bufón más terrorífico que el payaso de Stephen King ; y la del sátrapa Franco, quizás el mejor retrato de la película, que desvela al monstruo mediocre y, por ello, aún más feroz, a través de una falaz contención que no necesita de caricaturas.
La de Alejandro Amenábar es una película pulcra, pero igualmente fría, que elude lo esterotipado pero desciende a los subrayados de tono, musicales y didácticos. Se recrea en la frialdad academicista, en la mirada lánguida de una ambientación que, a veces, termina por ahogar lo narrativo. Y, al tiempo, al filme le falta carácter. Es una obra de postales planificadas hasta la afectación en ciertos casos, la belleza en otros, hasta la decantación pictórica en algunos interiores. Un relato de estampas de piedra fría donde asoman las inscripciones de la historia.
El cineasta de 'Regresión' se detiene en unas jornadas que contienen símbolos, señales, revelaciones, signos, presagios pero su cine, siempre cuidado, se diluye en el desequilibrio que derrama la confrontación entre lo grave y lo íntimo, en su insistencia en ocasiones sin sutileza en adentrarse en el peso de la historia con los mimbres de la levedad, en ese juego de comprensión del pasado para entender el presente. Como en 'Ágora' (allí Hypatia, aquí lo unamuniano) se confronta barbarie y cultura, civilización y fanatismo. Y del mismo modo que en su acercamiento a la astrónoma, no llegan a casar lo reflexivo y lo emocional, las elipsis insinuantes y la grandilocuencia del hecho histórico.
Entre el «viva la muerte; es decir, muera la vida» y el «venceréis, pero no convenceréis» discurre el latido de una cinta elegante e impecable en su puesta en escena pero fría, agarrotada en sus momentos cruciales y dispersa al solapar la elección de determinados acontecimientos, a los que el cineasta de 'Tesis' trata de dar consistencia y sentido unitario en un azaroso guiño de papiroflexia y azaroso destino, con el paraninfo de Salamanca de 1936 como telón de fondo. 'Mientras dure la guerra' es aseada, incluso escrupulosa, pero las desgarraduras morales y físicas apenas encuentran su ventana de dolor.
Karra Elejalde se funde en la dirección para construir matices en miradas y primeros planos. Desde la bandera descolorida del primer fotograma a la del final se ilustran las paradojas aunque la recreación, anudada por los subrayados, ni se eleva ni se enerva. Los pinitos melodramáticos (con reiteraciones musicales) y los flashbacks oníricos no ayudan a recorrer el trayecto entre el ayer y el hoy. A Amenábar, siempre inteligente, no le hacían falta tantos y solapados pronunciamientos a la hora de remarcar las cosas. La suya es una película tan tibia como necesaria. Baste recordar que el filme se ha estrenado en una semana en la que un cargo público ha arremetido contra una librería y contra la cultura de una ciudad, es decir contra los «templos de la inteligencia». Quizás por ello los muertos continúan en las cunetas.
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