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El cántabro Okuda San Miguel es un artista reconocido en todo el mundo. Sus obras se pueden ver en Nueva York, Japón, China. Rusia... y ... en un buen número de países europeos e iberoamericanos. Sus coloridos dibujos decoran las fachadas de más de treinta colegios y hasta tiene una fundación que lleva su nombre para apoyar a nuevos talentos y, sobre todo, la diversidad artística. Sin embargo, lamenta que en España y en Cantabria: «No se me encargó nada hasta que no había explotado internacionalmente» y «es una lástima porque el trabajo de los políticos debería ser apoyar y creer más a los artistas. Al menos yo no lo he sentido hasta que mi nombre no había aparecido en los medio de comunicación de medio mundo». Así lo señaló ayer durante su primera intervención en el Aula Ortega y Gasset que se celebra en La Magdalena, dentro de la programación de la UIMP, ante un grupo de alumnos con expedientes sobresalientes en bachillerato o formación profesional superior. Previamente había hecho un repaso de su trayectoria desde sus inicios en el mundo del grafiti hasta los últimos trabajos, más tridimensionales, y les esbozó algunos de sus proyectos próximos, como el diseño de un bungaló, con la forma y los colores de sus emblemáticas calaveras, que se convertirá en una de las suites de un hotel mexicano.
Pero si algo quiso dejar claro ante el joven público, al que por la tarde guió en una visita personalizada al faro de Ajo que él mismo intervino en 2020, es que para alcanzar el éxito «un artista debe tener su propia identidad y defenderla en cada trabajo». La suya tiene que ver con los elementos geométricos: triángulos, círculos y cuadriláteros de colores que predominan en todas sus obras.
No es la primera vez que habla de su trabajo en la UIMP, ya en 2019 ofreció un taller en el que defendía el grafiti como el lenguaje más codificado. Una forma de creación que a él descubrió a los doce años, gracias al hijo de un cliente del bar que regentaban sus padres y en el que pasaba largas tardes «además de jugar al fútbol o el skate». Así fue como empezó a utilizar sus primeros espráis y nació en él una vocación que le llevó a cursar Bellas Artes en la Universidad Complutense de Madrid en 1999 y que, además de haberle permitido viajar por medio mundo, le ha abierto las puertas a distintas formas de creación.
En su repaso por algunas de sus obras más emblemáticas no podía faltar 'Kaos temple' una intervención en una antigua iglesia abandonada en el pueblo de Llanera (Asturias) y que actualmente está considerada un templo del skate. «Fue, sin duda, el primero y más importante de mis trabajos. Un proyecto que no surgió de un encargo y en el que por primera vez el proyecto en vez de venir fui yo a él. Pero me enamoré del lugar y hasta organizamos un crowdfunding para poder rehabilitar el edificio». Eso fue en 2015 y desde entonces, sus dibujos proliferan por todo el mundo. Otro de los que más significado tuvieron para él fue el encargo de una falla por parte del Ayuntamiento de Valencia para las fiestas de 2018. «No entendía muy bien que después de tantas horas de esfuerzo el trabajo se acabara quemando, pero cuando lo vi me emocioné porque el hecho de encenderlo para que acabara hecho cenizas fue como si el público pudiera ver dos obras distintas, la que presenté y el resultado de su paso por el fuego», recordó Okuda quien también fue el primer artista contemporáneo en hacer una falla para el Ayuntamiento de la ciudad del Turia. Próximamente también inaugurará 'Sky Unicorn' una gran escultura para un centro comercial en China.
En ese afán de crear e investigar, pronto comenzó a interesarse por la escultura, como 'Espejismo ancestral' (Ancestral Retromirage) una obra de cuatro metros de altura que está hecha de acero y tiene el característico estilo personal de Okuda: geométrico y con colores de arcoíris. Y es que, tal y como expuso, últimamente nota una cierta predilección por saltar a lo tridimensional «y también a un punto casi digital a la hora de interpretar la realidad, porque me he dado cuenta de que mi cabeza funciona en tres dimensiones».
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Ana del Castillo
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