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Hoz de Anero
Plazuela de Pombo

Hoz de Anero

En una de las tres casonas de los barones de la Vega de Hoz tuvo lugar un célebre crimen de alto copete que me contaron mi fraulein y las doncellas de aquel momento en casa

Álvaro Pombo

Santander

Viernes, 28 de febrero 2025, 07:29

En las tres casonas de los barones de la Vega de Hoz hubo una, no recuerdo cuál, donde tuvo lugar un célebre crimen de alto copete que me contaron a mí fraulein y las doncellas pasiegas de aquel momento en casa. En fotos recientes he visto que no se trata, según creí toda mi vida, de un palacio, el Palacio de la Vega de Hoz, sino de tres casonas que pared con pared hacen un efecto visual palacial. La residencia del señor de la Vega de Hoz que yo consideré marqués toda mi vida y que ahora rebajo por consejo de internet y porque en el fondo tampoco sé yo muy bien cuándo sucedió todo esto. Este señor tenía una esposa, la señora de la Vega de Hoz, que estaba, pobrecilla, un poco harta de tanto tronío y tan poca distracción. Cuentan que la señora se sentía reraspada, requemada y olvidada semana tras semana, mes tras mes, porque el confundido barón la dejaba sola en las tres casonas a la vez, cruzaba en motora la bahía, a remo incluso, y acababa en los altos de la calle Alta con las frescas y saladas mozas de ocasión. No a los dos, pero entre los cinco y siete resulté ser yo un niño reviejo y director espiritual del mocerío casero a título de oyente.

«Fue una comidilla, un come come y un cuenteo que llegó a mis oídos entre los siete y diez años»

Al ponerlo en limpio se descubre que el suceso fue sencillo: el señor de la casa llegó una noche de improviso y encontró su alcoba desnudada ocupada por un desnudado mocetón y una desnudada esposa. Estragado por la visión de tanta pierna y tantos culos y tanto brazo entrelazado y mantas por el suelo apasionado, sacó una pistola que tenía y le pegó un tiro en la cabeza al mozo que cayó instantáneamente muerto al pie de la cama dejando un charco de sangre resbaladiza, viciada por los resbaladizos egos de los tres, la esposa infiel, el marido infiel y el desdichado mozo de cuadras que acabó pagando el pato. Se cuenta que la esposa, arrebatada por la sorpresa, el furor y el horror del tiroteo, saltó como una fiera de la cama con intención de escapar del dormitorio y salvar la vida. Pero el marido la mató de un tiro en la espalda que según parece atravesó la columna vertebral. Fue horrible y todo el mundo se lo contó a todo el mundo. Fue una comidilla, un come come y un cuenteo y recuenteo anterior a la guerra civil y que llegó a mis oídos entre los siete y los diez años.

«El cuento no tiene final ejemplarizante pues el asesino, en mi versión, no vivió para contarlo»

El asunto es que la sangre derramada no sólo manchó las alfombras y alfombrillas del dormitorio sino que se embalsó además en el suelo de madera, empapó la madera y se sumió en los tablones del suelo de pino marítimo. Y ahí quedó, ejemplar, la mancha inmarcesible del pecado de los tres. El señor, la señora y el mozo de mulas congelados en un relato truculento, casi inverosímil, lo suficientemente inverosímil para que en mis años mozos yo llegara a creerlo a pies juntillas. ¿Es verosímil que el señor de la casa llevara ya el revólver cargado con dos o tres balas de antemano? Parece ser que hubo un chivatazo, análogo al que le dieron a la señora sobre el señor de sus visitas a Santander donde ligaba a placer con las chiquitas de la calle Alta. ¿Fue pues todo ello un acto infrahumano de justicia? Tú me engañas, yo te engaño y entre los dos matamos a mi amante. No, no hace falta: basta cargarle con la culpa de las dos muertes. Porque, abajo, en el pueblito, las noticias corrían ya. Saltones y abultadas ratas del cuento antes incluso de que el suceso sucediera. Todos de algún modo lo venían venir y cuando por fin lo vieron o lo oyeron y el esposo abandonó horrorizado la provincia, se sacó todo el jugo que se pudo, que era a la vez poco y mucho. Poco porque era una vulgar traición de la esposa que pagó con su vida. Y mucho porque desbarató las vidas de los tres. El asesino, en mi versión, no vivió para contarlo. ¿Tiene este cuento un final ejemplar moralizante o reconfortante al menos para alguno de sus protagonistas? No, ninguno salió beneficiado. Los tres cayeron, uno tras otro, en la fosa fantasmal de los fantasmas de los cuentos populares de Hoz de Anero y los pueblos colindantes. ¡Ah, ahí encontraron su lugar natural, que diría Aristóteles! Se ramificaron ahí en los pueblitos ribereños de la bahía, florecieron malvaviscos con las primaveras, se calaron hasta los huesos los septiembres lluviosos, se congelaron todo diciembre y todo enero hasta marzo y se reblandecieron luego hechos molienda, hechos papilla, hechos de los maltrechos hechos mal contados o contados de tres o de cincuenta maneras diferentes. Una es esta que acabo de contar. Quedó el manchón de sangre de por vida, de tal modo que aún hoy el turista que casualmente pasa una noche en Hoz de Anero con idea de seguir viaje a Bilbao al día siguiente oirá apagados trompazos en el piso de arriba y un aullido desangrado que ha quedado en el aire, en la memoria local y en mi propia memoria octogenaria.

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