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Afirma Aristóteles que, en ocasiones, es preferible explicar las cosas como más fácilmente puedan entenderse, y no mediante el orden que se contenga en sus ... principios. Pero presentar un libro de relatos hace difícil imaginar un orden que no sea el del índice del propio libro, y no menos difícil es pensar en cómo, según el gusto de los lectores, podrían entenderse los relatos con más facilidad. No siempre ayuda Aristóteles. Para lo que no haya previsto el filósofo, quizá valga bien cualquier improvisación. Una declaración de índole general escoltada por dos o tres ejemplos tal vez sea una presentación oportuna del libro de Enrique Álvarez, 'Pequeño mal. Relatos completos', publicado recientemente.
Quien no lea la obra de creación de Enrique Álvarez porque el perfil en la prensa de este autor es el de un defensor entusiasta del catolicismo puede abandonar los miedos, puede abandonar la beata timidez, los escrúpulos y precauciones que le requiera su fe agnóstica. La obra literaria de Enrique Álvarez no es confesional, no lo es en el sentido de que el autor pertenezca, como escritor, a una confesión religiosa o la defienda. Su obra literaria no es una apologética que apoye la verdad de una religión. Pero, mala noticia, tampoco sus escritos favorecen la representación estadística de las sensibilidades normativas, contranormativas o alternativas. El universo narrativo de Enrique Álvarez se apoya en lo que puede caracterizarse de forma muy resumida como la resistencia moral y el conflicto. Un universo que excluye la complacencia con la defensa de derechos particulares que sean incompatibles con lo que, para el ser humano, hombres y mujeres, ha sido y es universal en todos los tiempos, incluido el tiempo presente
Titulo 'Pequeño mal. Relatos completos
Autor Enrique Álvarez
Editorial Ediciones Tantín, Santander, 2024.
Precio 22 euros
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En el relato 'La ley' el autor plantea un interesante problema filosófico, el problema del libre albedrío y del determinismo moral. Un hombre, un sacerdote, don Saúl Hernández, ejemplo cabal de bondad entre sus allegados y conocidos, decide un buen día comprobar si es «bueno» por elección, o si, por el contrario, está condenado a ser bueno y, por tanto, su bondad carece de mérito personal, y no está justificado que suscite el interés y respeto ajenos. Para comprobar la calidad de sus principios morales, el sacerdote se plantea «realizar un acto malo con pleno dominio y conciencia». No es un problema nuevo. El ser humano desea saber en qué medida lo representa el karma que nace de sus propias acciones, y cuánto debe a su capacidad de elegir. El buen sacerdote coloca en un platillo de la balanza una colección de pecados asequibles, low cost no pocos de ellos, casi todos relacionados con la lujuria. El otro platillo soporta el peso de la deliberación de sus decisiones. El resultado, su fracaso como pecador, muestra al sacerdote que, en realidad, no ha elegido nunca, que su bondad es condicionada, que descansa sobre el colchón de la rutina, y que él mismo es bueno a la manera en que los árboles tienen hojas, porque no sabe hacer otra cosa que ser bueno, y porque carece de imaginación para acercarse al mal. La hipótesis de que solo hay materia, solo hay leyes del cerebro y de la conducta, empuja a don Saúl a una conclusión: «No había, pues, alma; no había mérito ni culpa ni, por consiguiente, cielo ni infierno». Un médico, por su parte, diagnostica a don Saúl una depresión profunda. Finalmente, don Saúl, desesperado por la conclusión a la que ha llegado, decide suicidarse. Comprobará así que es posible pecar, y su muerte anulará el razonamiento previo que condujo al sacerdote a negar alma, mérito, culpa, cielo e infierno. Su pecado, con «pleno dominio y conciencia», aunque tarde, refutará además su previa negación. La literatura no es solo un interesante problema filosófico o teológico, es algo más, y es algo diferente. La literatura trata, entre otras cosas, de los procesos de la mente y de los actos de los personajes, trata de la representación de la vida, de la representación expresiva de eso que la filosofía estudia solo como problema apto para analizarse a través de las lentes del microscopio.
La literatura trata también de los juegos de la imaginación. En el relato 'En el desierto', con materiales sencillos y al alcance de cualquiera, el autor crea un mundo que participa de la economía expresiva, la imaginación y la belleza que se asocian a autores de relatos breves como Borges o Kafka. Unos niños que quieren reproducir en la realidad lo que han vivido en la literatura recrean un desierto en el pasillo de su casa, y representan en su desierto imaginario sus lecturas o sus películas con pasión no inferior a la de Don Quijote. Prohibiciones y castigos intentan poner freno a su imaginación, pero ese algo incontrolable de la mente humana que se expresa en la literatura se abre paso en las circunstancias menos favorables. Lo que ofrece la literatura es la vida humana como si solo estuviera sometida a la norma de las posibilidades de la mente. En otro relato del libro, 'Virginidad', se lee una frase cuyas virtudes pueden entenderse de forma general. «Nada le repugnaba tanto como el patetismo en cualquiera de sus formas, en especial la de quien, incapaz de aceptar un mal sin remedio, se aferra a una esperanza ridícula». La desconfianza que muestra el personaje hacia la expresión de las emociones, los males irremediables y las esperanzas ridículas, caracteriza ese relato, pero estos, emociones, males y esperanzas, abundan en todo el libro. Son áreas de interés en las que se adensan la resistencia moral y el conflicto. Son áreas de interés en las que siempre se oye la música alternativa de la esperanza y de la desesperanza. Aquella incapacidad de aceptar y aquella esperanza ridícula son, a su manera, una alegoría de la literatura.
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Ana del Castillo
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