
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Marieta Pombo Quintana tiene en mi vida dos relatos, uno largo, que ya he publicado en 'Atropos', titulado 'La casona', y otro corto, que es este que los lectores tienen delante. El largo fue más fácil. Lo difícil es el corto, lo que ahora me publica El Diario Montañés este último mes es muy difícil porque no se beneficia, como los relatos largos, de una cierta repetitividad. Y esto no es un problema estilístico, es un problema perceptivo y sobre todo ontológico. Estas dos palabras, debo añadir, perceptivo y ontológico, están puestas ahí para causar el debido respeto y asustar un poco. El primer asustado, cuando hablo de personas reales y no de personajes, soy yo. Estoy ahora en esa racha que se titula 'Plazuela de Pombo' y escribo temeroso de no dar todos los detalles. Pero si diera todos los detalles de Marieta Pombo Quintana, saldría el relato largo que ya tengo.
Corto es corto, folio y medio, dos folios como máximo. Y Marieta es difícil de acortar. He aquí una prueba de esto: graciosillo sí que soy, pero yo creo que ahí me quedo. La conocí gracias al interés que tenía José Ignacio Márquez Cano, su marido, a quien conocí primero paseando por los alrededores de mi casa de Madrid y sentándome en los bancos de los jardines delanteros del parquecillo del Ministerio del Aire, que en tiempos se podía. José Ignacio era muy conversacional, muy comunicativo. Y me conocía de vista.
El caso fue que durante un tiempo relativamente largo paseamos juntos por los alrededores del Parque del Oeste acompañados de su perro, que era muy pequeño y guerrero. «Tienes que subir a conocer a dos primas tuyas que son muy guapas». (Se refería a Marieta y a su hija Flavia). Tardé un poco en contestar, como si subir a saludar o ver a alguien fuese dificilísimo a la vez que una descortesía negarse a hacerlo. Resultó que Marieta, madre de tres hijos, era excesiva. Tuve la impresión de hallarme ante una persona única en su especie, elegantísima, moviéndose a largos pasos en sus dos elegantes pisos de Madrid. Conmigo fue desde un principio excesivamente generosa. Tengo toda clase de camisas y jerseys y pantalones de franela que son regalos suyos y que me llegan en impresionantes bolsas de papel. Así que Marieta, en gran medida, lleva años vistiéndome de pies a cabeza. Debo añadir que yo, tan contento: nadie me ha regalado tanta ropa tan seguido. Marieta es muy habladora. Habla largo y tendido por teléfono conmigo y habla tendido y largo conmigo cara a cara. Declara toda suerte de cosas a veces políticamente incorrectas que no mencionaré. No, no es franquista. A cambio es, como yo mismo, justipreciante con Francisco Franco. Ni ella ni yo somos franquistas propiamente dichos, ni tampoco lo contrario. Bueno, claramente somos dos buenas piezas. A pieza por persona. ¿Se puede ser hoy día en España medio franquista y medio no? No, no se puede. Hay que ser o lo uno o lo otro. Justo lo otro es lo que somos Marieta y yo.
Estoy ya al final del primer cuarteto y, si llego al segundo, no habrá cosa en los cuartetos que me espante. Tiene Marieta el arte antiguo de dar conversación. Dar conversación no está de moda. La gente hoy en día dice que se adora mucho y seguro que se adorará pero entre sí habla muy poco. Yo mismo suelo hablar bastante, más de la cuenta, dirá alguno, pero Marieta habla bastante más que yo, que ya es casi demasiado. ¿Y de qué hablamos? Hablamos del yo y su circunstancia, de la circunstancia común de hallarnos en común en un mismo mundo y en dos mundos. Marieta tiene muchísimas amistades y yo pocas. Una amistad mía singular es la propia Marieta que me considera un gran autor y un gran escritor y un Pombo de primera. Lamento tener aquí que desmentir todo eso. Me asombra que Marieta lo crea. Y me encanta que lo crea. Pero, ¿cómo no voy a desmentirla?
Uno no discute con Marieta, uno no la desmiente. La opción sería irse y dejarla con sus largas charlas. Pero es muy difícil irse de casa de Marieta una vez que entras a hablar con ella, es muy entretenida, es muy original, es muy santanderina. Es, repito, políticamente incorrecta, no diré en qué sentido. ¿Puede alguien ser realmente encantadora y divertida y a la vez incorrecta políticamente, por ejemplo? Yo aseguro que Marieta, en su vehemencia, sí que puede. Es un arte difícil de llevar. Como el arte de escogerse los sombreros o los trajes largos a diario. La elegancia de no ser instintiva e inconsciente es casi imposible de llevar. Uno, yo mismo, hace lo que puede para no parecer, hablando con Marieta, desorejado. ¿Y la casona qué? Marieta es, cuarto por cuarto, piso por piso, floripondio por floripondio, la casona entera misteriosa surcada por el aire de la bahía que agita las cortinas de su dormitorio, de su salón, frente a la playa de la Magdalena. ¿He descrito adecuadamente a mi prima Marieta Pombo Quintana? Me temo que no. 'Una distinta signora'.
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