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raquel gutiérrez sebastián
Miércoles, 15 de diciembre 2021, 08:54
Siempre es tiempo de descubrir y releer, de pararse a distinguir, como escribía Machado, las voces de los ecos. Siempre es tiempo de reunirse para ... volver a escuchar la palabra de Consuelo Berges, como haremos la tarde del hoy, palabra que nos habla de educación, de ecología, de higiene y salud pública, de política, de injusticia social, de los niños de la Inclusa y los desvalidos de la fortuna, de los derechos de las mujeres, sobre todo, de nuestro derecho a pensar libremente y expresarnos…
Siempre es tiempo de mirar alrededor, como miró Consuelo Berges a la ciudad de Santander, a la que quiso ver, visionaria pero nunca ilusa, llena de peatones paseando sus calles, sin ruido de bocinas, sin aullidos de perros, con ciudadanos respirando el aire puro de unos parques que censuró, por escasos, sucios y sin árboles. Le gustó a Berges imaginar una Alameda de Oviedo diferente, pero la vio insalubre, polvorienta, con árboles cortados y paseada por gentes humildes, niños errantes, como bultos oscuramente tristes, ancianas que arrastraban el fardo de las mercancías, mujeres sobre las que gravitaba el dolor, que plañían un pregón triste que ella respiraba a profundas bocanadas.
En el santanderino periódico La Región, entre 1924 y 1926, Berges, bajo el tolstoiano pseudónimo de Iasnaia Poliana, fue la voz de los sin voz y por ella escuchamos los ecos de los niños del Hospicio, anémicos de sangre y de espíritu, los pregones y penurias de los vendedores de las barracas o de los maestros y maestras, gladiadores valientes pero con pocas armas contra la ignorancia. Por ella repensamos la caridad, bien o mal entendida, nos damos de bofetadas contra los que crean riqueza propia sobre la miseria ajena, admiramos la ofrenda de quienes comparten lo poco que tienen, nos avergonzamos de que las mesnadas de mendigos en la playa y en el paseo nos miren con sus caras flacas y amarillas, con sus ojos perdidos. A través de sus palabras parecemos capaces de poner freno al alcoholismo, el embrutecimiento o la pobreza y nos avergonzamos de ser las niñas elegantes de profundas ojeras que pasan sin mirar al mendigo, al chiquitín desharrapado, al pedigüeño insolente que pide para vivir mientras entramos, a grandes zancadas y empujando sin mirar atrás, en los templos del capitalismo.
Escribió Consuelo Berges que Santander es una ciudad acrómica, la ciudad ideal de la tristeza y de la aridez de espíritu. Cuando leo estas palabras me pregunto si esta mujer que se presentaba en 1924 como una modesta espectadora de primera fila de anfiteatro, que definía su papel en el mundo como reivindicadora de derechos no individuales, sino sociales, que pensaba que los libros elevaban el espíritu y que derramaba una lágrima sincera por el dolor del otro, sin que eso le impidiera esgrimir su pluma para denunciar la injusticia, no merece nuestro recuerdo, no nos hace sonrojarnos por lo que vemos y vivimos mudos y silentes para no molestar, no nos interroga sobre tantos porqués de puertas adentro y afuera. Me respondo, tal vez con vergüenza, que sí, que desde el atrio siempre distante de la academia, tenemos la responsabilidad de pensar, denunciar y proponer. Se lamentaba Consuelo Berges de que el aliento social de cambio de su inicial trabajo periodístico, aquel «id y enseñad a todas las gentes» con el que comenzó en la prensa no tuviera más repuesta en aquel Santander provinciano que un muro de silencio. No pensaba la escritora, idealista, luchadora y sensible, que tal vez estaba predicando en el desierto.
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Ana del Castillo
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