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Había ganas. Muchas. Tras dos años de ausencia debido al covid, la San Silvestre de Santander era lo último que faltaba para recobrar la normalidad de antes. Y los miles de atletas que se lanzaron a correr en la última y más multitudinaria carrera de las que se celebran en Cantabria a lo largo del año dieron fe de ello. Con un poco más de las ganas de siempre, de nuevo las risas, el buen ambiente y las ansias de pasarlo bien se dieron la mano con unas cuantas zancadas para despedir el año.
La tarde en el parque de Mesones era soleada y a una hora antes del inicio de la prueba popular, las 18.00 horas, el viento que había soplado más o menos duro durante todo el día se calmaba un poco. Parvín y Antonio, canaria ella y cántabro él, estaban con sus pequeñas Elsa y Nora. La segunda de ella, de tan solo cinco añitos, había hecho su primera San Silvestre santanderina en esas pruebas para categorías menores que preceden a la popular. «Me ha gustado», decía toda tímida la pequeña, que había sido la primera en su categoría. Su padre dudaba en participar algún día, pero Parvín se marcaba el objetivo «para el año 2023». Esta edición de la San Silvestre, la número 40, no podía ser por tener el peroné derecho roto.
Pasaban los minutos y se notaba una diferencia respecto a otras ediciones. Quizá porque el asunto del 'running' va cogiendo mucha fuerza, se veía a la mayoría de gente con la camiseta conmemorativa -de un llamativo verde fosforito- y el gorro de Papá Noel de turno de un verde más oscuro como único ornamento navideño. Por entonces, poco disfraz que entorpeciese la marcha. Las santanderinas Ana Merino, Violeta Bringas y Belén de Pablo tenían un árbol de navidad hecho de fieltro decorado con espumillón en el dorso. «Una tarde nos ha costado hacerlo», decían todas entre risas. Ana afrontaba su tercera participación y sus amigas debutaban. «Había ganas de volver y de pasarlo bien», señalaba la más veterana en la San Silvestre.
La misma experiencia, tres ediciones, tenía Dolores Bartolomé, que 'guiaba' a su hermana Marta y a sus amigas Mar y Eva Bernardos. Dos parejas de hermanas santanderinas. «Se echaba de menos la San Silvestre. El ambiente es muy festivo». El consejo que les daba a las otras tres es que se «motiven para hacer deporte». «Yo a partir de aquí me apuntaré al gimnasio», señalaba Eva.
Según se acercaba la hora de inicio, comenzaron a aparecer más disfraces, aunque bastantes menos que en otras ocasiones. «Del planeta.. De lo que quieras». Josu Sánchez, otro santanderino, iba vestido con un mono verde, similar al color de la camiseta de la carrera, y un flotador forrado con papel de plata a modo de anillo saturniano. «Son muchos años corriendo y ahora de lo que se trata es de disfrutar», añadía sin parar de reír. «Y no se tarda mucho tiempo en preparar el disfraz».
Se acercaba la hora de salida y el parque de Mesones era ya un hervideros de atletas de color verde. Y la salida volvió a dejar una de las estampas del año deportivo en la región, con una procesión de zancadas que tarda sus casi tres minutos en cruzar esa recta de salida y meta.
Poco más de un cuarto de hora, llegaba lo que es casi ya una tradición navideña. Diego Cuadrado, que había dominado la carrera casi desde el principio, se presentaba en solitario en la línea de meta para abrochar el que es ya su sexto título en la San Silvestre santanderina. Poco después, la joven Daniella Rada inscribía por primera vez su nombre en el palmarés de la carrera. Como en toda prueba atlética tiene que haber ganadores, pero los atletas de primer nivel saben que el 31 de diciembre no es su día. Diego y Daniella abrieron la puerta a un rosario de historias distintas. Las de atletas como ellos que no perdonan una prueba del calendario para ir a 'full'; la de otros tantos que quieren despedir el año con ejercicio, las de los que quieren hacer sitio para la cena de luego y los muchos que, sin más, quieren pasar un rato de lo más divertido. Todos ellos están convocados para el mismo día de 2023 en el mismo sitio. Hasta entonces, feliz año a todos.
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Ana del Castillo
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