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«A ver, tú, que eres alto. A balonmano». Y después de 33 años, aquel espigado chavalote dejó de darle patadas al balón aquel día ... y aún sigue en la élite. Tres décadas después continúa «con la misma ilusión del primer día y sin ganas de que esto se acabe». A José Manuel Herrero Lon (1977, Santander) le alistó para la causa Agustín Medina, uno de esos cazatalentos que en Cantabria su nombre produce hormigueo en el cuerpo. Lon era un chaval que corría por el patio del colegio Salesianos en los años ochenta «donde lo del balonmano era sagrado». Cuando aquello era uno de los más pequeños, apenas contaba con nueve años. Ahora con 42 es el segundo jugador de campo de la Liga Asobal más veterano. Y acaba de renovar otra temporada más con el DS Blendio: «Quién me lo iba a decir: jugar en casa, con los amigos, en la élite y con esta edad. Soy un privilegiado», admite.
De aquel alumno a quien «le daban facilidades en el colegio para ir a Campeonatos de España, como al resto de compañeros» sobrevive el brillo en los ojos de aquella época, esa nostalgia consentida al merodear La Albericia. Desde entonces ha cargado en la mochila diez años entre los grandes, cursos de madurez personal en Zaragoza, Torrevieja y Baracaldo, dos cicatrices en ambas rodillas «y una vida plagada de experiencias» pegada a una pelota.
Tenía diez años cuando entró en el Pabellón de La Albericia por primera vez. «No lo olvidaré jamás -recuerda-. Jugaba el Teka con el Barcelona. A todos los chavales de la cantera nos sentaban en sillas alrededor de la pista. El ambiente era increíble. Aquel día volaron latas de refrescos y nos pusimos las sillas en la cabeza. Si ocurre hoy nos cierran el pabellón». No hubo nada que lamentar, pero a los canteranos aquella 'fiesta' «nos cautivó. Salimos perplejos con aquel ambientazo. No cabía un alma». Lon fue uno de esos peones que movían a su antojo Adolfo Frías, Fernando Herrero y Agustín Medina, «tres de los entrenadores de la base que nos enseñaron a divertirnos, sin tácticas ni cosas raras, sólo a pasarlo bien». Dirigían la cantera de Salesianos, el vivero en el que se cocían a fuego lento «los sueños». Este santanderino era también uno de esos niños que disfrutaban atónitos de las visitas de sus ídolos: «Para nosotros era un aliciente ver al Teka tan cerca ganarlo todo; los jugadores nos visitaban mucho. Juan Domínguez era uno de los que más venía al colegio», explica Lon. Para aquellos aspirantes a jugadores no había retos imposibles. «Veíamos a Rodrigo Reñones, Chechu Fernández, Julián Ruiz... ¡Habían sido como nosotros y estaban en la élite!», recuerda.
A Lon le surge casi sin darse cuenta una sonrisa cómplice cuando hace memoria. Fue en juveniles cuando empezó a pensar que aquello que era un juego podía ser algo más: «Quedamos cuartos de España. Yo era alto, fuerte y se me daba bien. Nos empezaron a llamar para entrenar con el Teka. Iakimovic, Jaume Fort, Dusjhebaev... Eran la élite. Tenía 18 años y empecé a viajar con ellos». La constelación de estrellas de carne y hueso le hizo un hueco al chaval. Compartió la mejor época del balonmano de este país y, por supuesto, de Cantabria. «En aquella plantilla sabías que o eras un extraterrestre o no tenías sitio, pero estar allí ya era un premio». Por su fuera poco, en los años noventa tan solo se vestían doce jugadores por equipo -en la actualidad son 16- por lo que era aún más difícil: «Los chavales de la cantera estábamos a años luz, pero era una pasada». En 1995, con 18 años, Lon debutó en un amistoso contra el Balonmano Valladolid. Le tocó defender al hoy entrenador del París Saint Germain, Raúl González, «y me hizo una finta en la primera jugada que me dejó tirado», recuerda con orgullo. El santanderino disfrutó de la pretemporada; se había lesionado Recondo -el pivote de la plantilla- «y hasta que no ficharon a un ruso de esos espectaculares, pues algo jugué». Compartió su puesto en el Teka Universidad con los entrenamientos con los «gallos» durante dos años y el niño dejo de serlo tanto.
Con la edad justa para votar le llegó la primera oportunidad: «Me llamaron de Zaragoza y fue una decisión difícil, pero dije que sí». Hizo la maleta, cogió el tren y se marchó. Se repartió la taquilla con Juan Escudero y Servando Revuelta. Tres cántabros en casa de la 'Pilarica'. «Nos salió un año de maravilla». Con un equipo de andar por casa maduró y ascendió a Asobal. Al año siguiente cara y cruz: «Jugué el partido de las estrellas en Las Canarias y me rompí el ligamento cruzado de la rodilla».
Allí arranca el peregrinar de un obrero del balonmano; un currante de tantos que componen este deporte. Del BM Zaragoza al BM Torrevieja, donde de nuevo «ascendimos a Asobal». Lon lidera las estadísticas de pivotes nacionales y regresa a Santander. «Fue un subidón. Firmé tres años en el Teka; Asobal, jugando en Europa... Un sueño», señala con nostalgia. Pero aquellos días de vino y rosas los empañó Dimitri Piterman. El excéntrico ucranio se hizo presidente y trituró al club al convertirle en una «herramienta a su antojo. Estaba como secuestrado», resalta. Lon vivió la etapa de los impagos, la salida del visionario empresario y «el cambio de chip; el club pasó de jugar en Europa a intentar salvarse con la gente de casa. Con estabilidad, pero con lo justo». El ahora veterano jugador abandonó Santander y se adentró en una nueva etapa en el 'exilio', esta vez en el BM Barakaldo. Allí se sintió «siempre favorito», pero nunca cumplió los retos. Fueron cuatro años de alegría y de penas: «La segunda temporada me rompí el cruzado de la otra rodilla».
Sufrió para recuperarse, disfrutó de un cursillo de maduración acelerado, pero su premio estaba por llegar. «Me ofrecieron la oportunidad de regresar a casa y no lo dudé». Llegó en 2010 y desde entonces no se ha movido. Sumó su tercer y cuarto ascenso a la Asobal con el Go Fit (2014) y más tarde con el Sinfin (2018). Primero con Juan Domínguez y luego con Rodrigo Reñones como técnicos. «No deja de ser curioso; eran mis ídolos de pequeños y luego fueron mis entrenadores».
«Aquí lo he vivido todo -continúa-. Como por ejemplo el mejor partido de mi vida. Aquella final contra el BM Valaldolid en la que ascendimos. A los penaltis... Fue agónico», rememora con cariño. Aún tiene reciente el último logro, hace un año, ante el BM Nava. «Otro play off para no olvidar».
Con tantas heridas y «sueños cumplidos», Lon ve con ojos nostálgicos el presente. «Aquí hemos tenido lo mejor. Todo ha cambiado, pero también en España. Ahora es desproporcionada la diferencia entre el Barça y los demás. Esto no pasa en Alemania o Francia», lamenta. Echa de menos un cambio, «hay que reinventarse y hacer más atractivo el balonmano para que la gente venga», advierte. Con este bagaje, Lon seguirá «aprovechándolo hasta el final». De momento, una temporada más en la élite y a sumar. Sabe mejor que nadie que «hay que disfrutar como el primer día porque cualquier partido puede ser el último».
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