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Las conversaciones sobre bolos han salido de la sociedad en buena parte de Cantabria. Hace no tantos lustros cualquier conversación de sobremesa podía versar sobre ... el birle fallido de Tete Rodríguez o el emboque de Lucas Arenal. Ahora, otros temas entretienen los ratos de ocio en casi todos los sitios. Sin embargo, cual aldea gala, hay una zona en la que la madera ha centrado la atención del verano, y no precisamente, que también, para hablar de Víctor González o Carlos García. En los valles de Iguña y Anievas se debatía sobre Los Tois o sobre Alto Caceo. Y es que la combinación de las peñas federadas de Andros y Cacerón y la primera edición de la Liga de Aficionados ha supuesto un boom que ha llenado los corros de toda la zona.
«Ha sido algo que ha creado ilusión por los bolos en gente que nunca se había acercado al juego o que los abandonó hace mucho», apunta Enrique Martínez, integrante de la peña Cacerón y uno de los impulsores del juego en la comarca. «Los ha acercado a los pueblos y ha demostrado que no es imprescindible un nivel mínimo para disfrutar jugando». Nueve peñas, una de ellas íntegramente femenina, una competición de Liga, otra de Copa y varias boleras devueltas para la causa es el balance de algo que ha sido solo el estreno de lo que puede ser un ejemplo a seguir en otras zonas de la región. «Se han superado las expectativas. La bolera de Arenas de Iguña estaba prácticamente perdida y se ha recuperado, las de Cotillo y Villasuso de Anievas también se han echado para adelante gracias a los chavales del pueblo».
Un éxito que se une al de las dos peñas de referencia de la comarca, Andros la Serna y Cacerón. A nivel deportivo ni la primera ha logrado su objetivo de ganar la División de Honor ni la segunda mantenerse en Primera, pero su éxito social es indiscutible. «En la Liga hay dos peñas de Las Fraguas y otras dos en Molledo». Precisamente de estas dos localidades han partido las cuadrillas triunfadoras del primer año. Los Tois, de Molledo, se han llevado la competición de la regularidad, mientras que Andros, con José Luis Díaz o Julián Terán -directivos de la peña 'grande' en sus filas- se impuso en la Copa.
Y, por medio, varias peñas masculinas, mixtas y una femenina, la de El Carmen de Las Fraguas, que con trece puntos ha ocupado la zona media de la tabla. Mismo mérito para Lindalaseras, el colista con tres puntos y que ya se prepara para evitar el farolillo rojo la próxima temporada. Porque si algo es seguro es que el año que viene la madera volverá a sonar en un valle que se ha volcado con su afición como ya pasa poco en Cantabria.
Sin embargo, lo vivido en la zona estos meses va más allá de la competición, que se ha ampliado en muchas fiestas patronales con concursos y fiestas. Los bolos han servido de nexo de unión, de punto de encuentro en torno a una arena que ha reunido en algunos encuentros más aficionados que algún duelo de élite. «Ha generado una red muy interesante entre personas que, pese a vivir en pueblos cercanos, no se conocían, dando pie a nuevas amistades y ratos muy divertidos. Ha despertado el verdadero sentido del juego de los bolos que quizás se ha perdido en las Ligas federadas», señala Martínez. Un espíritu tradicional que ha desembocado en postpartidos, cenas, parrilladas y un sinfín de anécdotas diarias.
Son muchas las Ligas de aficionados que se disputan en Cantabria, competiciones que, paso a paso, fagocitan los torneos federados, en los que cada año hay menos peñas. Porque el paso de la Federación a aficionados es fácil de dar, pero a la inversa es más complicado. «El hecho de ser una Liga sin cuota de inscripción, flexible en cuanto a fijación de los días de partido, horarios, normas, etc. facilita mucho la participación, además de que es muy local y no implica desplazamientos», remata el de Cacerón. Por eso no cree probable que el boom de los bolos en el entorno repercuta en que se federen más equipos, como no ha pasado con las Ligas de Torrelavega, San Vicente, Santander o Siete Villas.
Lo que sí contribuirá, desde luego, es a que jueguen más padres, que estos se lo inculquen a sus hijos y que sean los menores los que, en un futuro, puedan formar su propia partida para competir. Será en Molledo, en Silió, en Bárcena, en Cotillo, en Barriopalacio o en Arenas. Pero tiene muchos visos de ser en una zona que, mientras los rescoldos de la madera se apagan a su alrededor, ha decidido poner gasolina en el fuego. Quizá, incluso, sea un ejemplo a seguir.
Tiene tarea la Federación para mantener bajo su paraguas a un amplio grupo de jugadores que quiere disfrutar de los bolos a la antigua usanza, algo que no siempre es compatible con tomarse el juego como deporte. Una simbiosis con un punto de equilibrio complicado y que, de momento, nadie ha encontrado.
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