
Miguel Ríos Cantante
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Miguel Ríos Cantante
«La acción fue durante años mi santo y seña, más sembrador que cosechador»Vestido de negro, con su chupa de cuero, en las distancias cortas Miguel Ríos (Granada, 1944) es un tipo cercano, educado, tranquilo, de respuestas largas. ... Acudió a Santander, seis años después de su último concierto en Cantabria, para participar cerrar el III Congreso Internacional de Tiempo de Arte del Centro Botín, hablando sobre la relación entre artista y empresa. A sus casi 81 años, el rock sigue siendo una de las palabras que más se repite en su conversación.
-El presidente del gobierno anunció ayer un parón para reflexionar. ¿Cree que se ha devaluado esa palabra y lo que implica?
-Parece más un ataque que una palabra que tendría que estar en el ideario de todas las personas. Reflexionar es muy conveniente y en política mucho más. Me parece que la situación es bastante alarmante en el sentido de que hay una actitud revanchista en una parte de la sociedad, esa que está representada por los que ganando las elecciones no pudieron gobernar y se está creando un clima absolutamente irrespirable, que está influyendo en el estado de ánimo de la gente. No es una cuestión que se quede en la esfera política, sino que en este caso, esa esfera trasciende y entra en las vidas de las personas. Aparte de todo, la política ha alcanzado un nivel de exposición tan brutal, que si tienes ojos, oídos y estás atento a la vida, y eres sensible, te atañe. Me parece importantísimo que reflexionemos e intentemos buscar una salida que tenga que ver más con la razón que con el exabrupto.
-¿Usted ha reflexionado mucho a lo largo de su carrera?
-Fíjate que yo no puedo hablar mucho de la reflexión como método personal, porque soy más un sembrador que un cosechador. Siempre me ha gustado meterme en cosas y para ello he tenido que reflexionar qué quería hacer, pero probablemente haya intentado hacerlo antes de que la razón me convenciera de no hacerlo.
-¿Por ejemplo?
-Cuando montaba las giras como 'Rock en una noche de verano', 'Rock en el ruedo', eran unos montajes tan nuevos para la industria de los conciertos, que eran muy inciertos y no sabías si te iban a ir bien o mal. Yo prefería no meterme a fondo a pensarlo porque el miedo podía quitarme la ilusión de hacerlo. Pero en otras cosas de la vida sí que reflexiono. Sobre todo porque entras en unas edades en las que la acción toma un segundo plano. La acción fue durante muchos años mi santo y seña. Estaba ahí intentando ir por delante de la vida y comérmela a bocados, pero después, de alguna forma, ya te falta un poco el impulso y tienes otras alternativas, como pensar.
-¿Ese planteamiento no da lugar a cierta incertidumbre?
-El ser humano es duda continua. En todos los oficios y materias de la vida. Puede que en el nuestro sea más evidente que estamos en la cuerda floja porque necesitamos la aquiescencia del otro, del público. En ese sentido, somos seres bastante inseguros. No es algo contable sino una entelequia que está ahí. Saber si les va a gustar o no forma parte de este juego de la creación. El destino de la creación es llegar al otro. Si no, no tendría sentido. Ponerte a cantar para ti como último fin es absurdo. Si es tu oficio, la obligación es llegar a los demás y la vocación de cualquier canción es conmover al otro. Por eso siempre hay dudas de si va a suceder o no. Afortunadamente, nosotros vamos abriendo los cauces de la gente que nos sigue. Yo empecé en los años 60 del siglo pasado y ha habido gente que se ha ido enganchando, otros que han venido detrás y nos convertimos en seres muy familiares de la gente. Nos han visto, oído por la radio, recuerdan una canción...Tu nombre despierta ese tipo de sensaciones. Es un oficio muy bonito. La cuerda floja tiene el peligro de que te puedes caer, pero mientras no te caes, es super excitante.
-Viene a dialogar bajo el título 'El artista y su empresa'. En su caso, ¿han llegado a ser indivisibles?
-Para un artista lo ideal es que lo contraten. En ese elemento se siente muy cómodo. Si mañana me dicen que vengo a cantar y puedo hacer uno de mis montajes, acústico, big ban, sinfónico…inmediatamente me ponen en la posición de pensar; a ver cómo los sorprendo. Pero con otros conciertos, desde los años 70, giras que he montado yo, intervienen otros factores y uno intangible es que el artista quiere dar todo y el empresario quiere quitártelo (ríe). Tienes que invertir y añadir elementos, que a veces cuestan más que tú mismo, esa contradicción siempre está.
-El pasado fin de semana estuvo con Celtas Cortos, colaboró con la Vargas Blues Band que están el sábado aquí, en junio celebra su cumpleaños en Granada con Lagartija Nick y Niños Mutantes... ¿Ese círculo de compañeros es un éxito?
-Cuando hice 'Qué noche la de aquel año', en el 86, la base de la serie era que iban músicos a tocar en directo, cantábamos juntos, ahora que se ha puesto de moda y todo el mundo hace featuring. Me encanta que los músicos nos consideremos familia de alguna forma. Un gremio que, a pesar de las diferencias que pueda haber, sepamos que tenemos un objetivo común; que se respete lo que hacemos. Tiene que empezar por nosotros mismos y el cariño que nos demos. Toda la gente con la que he colaborado, los considero parte de mi entorno, con las mismas cuitas, aunque yo ahora estoy parando y mi objetivo es la fundación que tengo en Granada. En lugar de giras mastodónticas, cosas más puntuales.
-Esa fundación con su nombre tiene distintos fines. ¿Qué aspira a conseguir con ella?
-Tengo una familia extensa y unida, sobrinos que son gente muy inquieta, que me alertaron de la necesidad de preservar el legado de todo lo que he hecho. Propusieron el formato de la fundación porque parecía el más conveniente para devolver a Granada, la ciudad que me lo ha dado todo, parte de lo que me ha dado. El fin es concienciar a la sociedad granadina, en el sentido de que participen en ella; es una sociedad popular, nada elitista, y sobre esa estructura, sus fundamentos son ayudar al desarrollo de la música en la ciudad, que de por sí está bendecida por la varita de la creación musical, intentar hacer un espacio con locales de ensayo y un foro para que los músicos se encuentren y vayan retroalimentándose. Tiene también una vertiente solidaria de trabajar por el reconocimiento de la música popular para que entre en los conservatorios como materia lectiva.
-Dice que le debilita en cierto modo mirar al pasado, pero ¿qué habría hecho el Miguel de entonces con herramientas como las que ofrece su fundación?
-No me puedo poner en el futurible.
-¿Le hubiera gustado?
-Estoy muy contento de haber empezado sin saber nada de nada de mi oficio. Me di cuenta de que lo era porque entré a trabajar en unos grandes almacenes y pusieron una tienda de discos. Yo cantaba desde el colegio, pero cuando vi discos de gente de mi edad, que me gustaba porque hacían rock, me dí cuenta de que era un trabajo y a partir de ese descubrimiento, supe que mi vida iba a cambiar. No sabía nada de música. Ahora los chavales tienen un background de la propia historia y saben cómo tocaba Jimmy Page o cómo cantaba Joe Cocker. Esa cultura general, la historia del arte de la música del siglo XX, el rock y sus derivados, ya está impregnada. Ahora hay otra vuelta de tuerca que es la informatización de la música, que puedas hacerlo todo en tu casa, pero con una incertidumbre total. Si yo tuviera ahora la edad que tenía cuando empecé, creo que estaría aterrado. Creo que lo suyo es más difícil que lo nuestro. Yo veía a tipos que podía vivir de la música cuyo trabajo hecho en Memphis llegaba a Granada.
-Como usted cuando se fue a Osaka o Los Ángeles
-Exacto. Ahora puedes ser muy famoso, tener millones de seguidores, pero el ciclo es más corto y el mercado manda más que el individuo, salvo que seas un grandísimo artista. A cada uno le toca lo que le toca y yo nunca dejaré de estar de acuerdo con lo que venga.
-¿En qué sentido?
-Cuando yo subía por la escalera de mi casa cantando el Diana de Paul ANka, los vecinos no concebían lo que era. Mi madre me decía que me dejara de tonterías, pero el efecto que provocaba la música de entonces, a mí no me lo está provocando la de ahora. Estoy totalmente abierto a que me guste. Otra cosa es que ocurra.
-El pianista Alejandro Pelayo dice que no le gusta definirse como artista, sino como artesano. ¿Cómo se definiría usted?
-Alejandro tiene razón; es un artesano que hace piezas preciosas. Yo me defino más como un arriesgado. Mi madre decía que tenía un don, porque conseguía emocionar al cantar. Con esa materia prima lo que he hecho ha sido ir mucho más allá de los presupuestos zonales o intelectuales en los que tenía que moverme. Creo que he llegado a más, aparte de por el respeto a la gente que me elige, que compra un disco o una entrada, que son los que me han traído aquí y parte fundamental de mi vida, porque cuando estaba en pleno fulgor, les gustaba que me arriesgara y les llevara propuestas que no tuvieran que ver con lo anterior. Si hubiera sido mejor músico, habría sido como Alejandro (ríe).
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