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Los campeones del melenudismo en el rock español

Los campeones del melenudismo en el rock español

Un libro y una película rescatan la olvidada historia de la banda barcelonesa Los Cheyenes

Sábado, 30 de noviembre 2019, 08:20

Disculpen, pero no queda otra opción que arrancar el artículo aludiendo al episodio al que siempre se recurre para hablar de Los Cheyenes. Cuando en 1965 la banda es invitada a Televisión Española se topa con una sorpresa antes de entrar al plató: el cura que ejerce de censor en el estudio, escandalizado ante la longitud de sus melenas, se niega a dejarles actuar si antes no se cortan el pelo. Es la oportunidad de toda una vida, pero la negativa es redonda.

Los Cheyenes salen por la misma puerta por la que habían entrado sin actuar ante las cámaras y con sus greñas intactas. No, no eran Los Cheyenes una banda cualquiera.

En principio su historia no había sido muy diferente de la de tantísimos grupos que conformaban la ajetreada escena de la Barcelona de los sesenta, la de cuatro adolescentes que, hechizados por las melodías italianas y los primeros temas de los Beatles, deciden montar una banda. Lo que no era tan habitual es que tras escuchar las guitarras afiladas de los Kinks decidieran seguir su camino. En un país poco preparado para la llegada de nuevos ritmos, el r&b acelerado de los hermanos Davies parecía una apuesta condenada al fracaso.

Aun así, no tardarán Los Cheyenes en conseguir un contrato discográfico. Los acoge RCA, pero guardándose la baza de controlar sus grabaciones. Es lo que explica la abundancia en ellas de medios tiempos e incluso de 'Válgame la Macarena', la melodía gitana que había supuesto su primer hit y que no fue sino una imposición del sello intentando repetir el éxito del 'Flamenco' de Los Brincos. En el estudio, a Los Cheyenes no les queda otro recurso que intentar recrudecer el sonido de unas canciones con las que no se sienten a gusto. Pero los conciertos están libres de todo control y ahí despliegan sin complejos ruido, distorsiones y versiones. De los Kinks, claro, pero también de los Who y de los Small Faces.

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Los Cheyenes distaban de ser una banda cómoda. A la longitud inédita de sus cabellos se unía una orgullosa estética de extrarradio —melenas, botines, pantalones de campana— vista con agresividad por los poderes fácticos y por gran parte del público. Y no hablamos ya de los insultos que recibían al pasar cerca de un andamio ni del vacío que generaba a su alrededor su entrada en un vagón del metro, sino de que a veces las cosas iban a peor: al llegar a Palafrugell para actuar en sus fiestas patronales su alcalde —calvo, por cierto— los había echado de allí tildándolos, claro, de «maricones».

Pero aunque el incidente televisivo no parecía sino una escala más, en realidad había ejercido de golpe de gracia. RCA piensa en aprovechar la polémica capilar para hacer ruido vendiéndolos como banda amenazante, al igual que se estaba haciendo con los Stones en Inglaterra. Habrá en consecuencia titulares de prensa —de ellos, y no de una ocurrencia peregrina del reseñista, viene ese «los campeones del melenudismo» que encabeza este texto— e incluso una campaña de marketing bautizada como «Operación Dalida», con los miembros del grupo realizando un corte público de cabello en plena Gran Vía madrileña entre cientos de fans destrozando escaparates y atención de los servicios sanitarios. Pero la entrada en las listas negras televisivas había cerrado el único escaparate a una cierta popularidad. El camino había quedado bloqueado.

Los conciertos seguirán siendo volcánicos y Los Cheyenes conseguirán telonear a The Animals a su paso por Barcelona. Tendrán también tiempo de grabar el que es posiblemente su mejor disco, un EP que incluía un pequeño clásico 'No pierdas el tiempo', que mostraba a las claras su evidente progreso hacia otros horizontes musicales. Pero RCA no sabe cómo manejar el asunto: valga para demostrarlo que su gran apuesta de la temporada son Los Martins, un grupo de Zafra dedicado a predicar el mensaje del Concilio Vaticano II en sus canciones.

Los dos años de mili ejercieron de estoque. Al regresar, los músicos comprendieron que no había esperanzas de futuro y Los Cheyenes se diluyeron. Las presiones de la discográfica les llevaron todavía a registrar un último single, pero el resultado fue tan errático que sirvió de punto final definitivo. Sólo Joselín, el bajista, optaría por seguir en la música, con paradas tan inesperadas como ejercer de instrumentista de Els Dos, el dúo conformado por el futuro humorista Eugenio y su mujer Conchita.

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Habrá, eso sí, regreso. Tan fugaz como la propia vida de la banda, aunque esta vez con heredero. Con la llegada de la democracia se produce un revival de los grupos de rock pioneros en España y el promotor Gay Mercader organiza un festival bajo el título «Hasta luego, cocodrilo» que reúne a la plana mayor de las bandas barcelonesas de los sesenta: Los Mustang, Los Sírex, Los Gatos Negros y por supuesto Los Cheyenes. Entre los asistentes al multitudinario concierto, un chaval del Clot que ya luce el sobrenombre de Loquillo. Al verlos sobre el escenario, tiene una idea que suponía un auténtico tabú en aquellos tiempos: hacer rock'n'roll, sí, pero en castellano, para poder dirigirse directamente al público.

Ha hecho el azar que se crucen estos días dos proyectos que recuerdan la historia de la banda. Por un lado, el especialista José M. Gala acaba de publicar un libro de tirada limitada, 'Los Cheyenes. El ritmo del garaje', en el que revisa detalladamente su recorrido musical. Por otro, Nando Caballero ha concluido 'Sonido Mosca', un documental —próximo estreno en el Purple Weekend de León— sobre la escena barcelonesa de los sesenta en el que brillan con luz propia tanto Los Cheyenes como la que fue su gran banda rival en la Barcelona del momento, Los Salvajes. Dos intentos por ubicarlos en el lugar que indudablemente les corresponde, muy diferente al que los ha condenado la habitual falta de memoria que pesa sobre la música española de décadas pasadas.

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