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Cuando la escasez aprieta, hasta la caridad tiene hambre de justicia. Eso deberían de pensar y sentir un grupo de personas piadosas que, alentadas por ... la Junta Provincial de Protección a la Infancia y las Hijas de la Caridad de San Vicente Paúl, decidieron aliviar las necesidades más básicas de pobres, niños y huérfanos. Para ello abrieron el 26 de septiembre de 1908 un servicio de comedor en la santanderina calle Ruamayor que se formalizaría como sociedad el 23 de febrero de 1918.
No eran buenos tiempos los primeros años del siglo XX donde la carencia de previsión social brillaba por su ausencia. Por este motivo, la iniciativa del servicio de comedor en la calle Ruamayor resultó insuficiente y tuvo que ampliarse trasladándose a la Cuesta de Gibaja, en un local más amplio propiedad de Cirilo de la Lastra Fernández que al morir lo dejó en testamento junto a su considerable fortuna. Precisamente la circunstancia de que la Cocina Económica no tenía personalidad jurídica, y por lo tanto no podía recibir los bienes del legado, obligó a sus responsables a formalizarse con la creación de una asociación con sus correspondientes estatutos que, tras ser aprobados por el Gobierno Civil, dieron pie el 23 de febrero de 1918 a la constitución de la Institución Benéfica Cocina Económica, con el nombramiento de una junta de patronato compuesta por Gregorio de Mazarrasa y Pardo (presidente), Antonio Cabrero y Mons (secretario), Isidoro del Campo y Fernández-Hontoria (tesorero) y los vocales Alfredo de la Escalera, Nicolás Alonso, José Pardo Gil, Áureo Gómez Setién, Juan Correa, Enrique Plasencia y Leopoldo Cortines.
La Cocina Económica, según sus estatutos, nacía «para proporcionar alimentación sana y abundante a los obreros y personas necesitadas». En aquellos estatutos se indicaba que «a nadie podrá serle negada la comida que solicitare», aunque se hacían excepciones cuando la persona en cuestión se encontrara «en estado de embriaguez» o «en forma incorrecta». Además de servir en los comedores habilitados, ya se contemplaba la entrega de alimentos en las casas o en las obras donde se encontraban los trabajadores, y también se disponía de un comedor para «pobres vergonzantes» y otro para «madres lactantes».
La junta del patronato encomendó la dirección de la institución a las Hijas de la Caridad de San Vicente Paúl y su labor fue de enorme mérito desde el principio, prueba de ello fue que en 1918 se llegaron a repartir 150.000 raciones de comida. La excelente labor de las religiosas, amparadas por su conciencia altruista y comprometida, empujaron a la junta del patronato a retirarse para dar vía libre a las Hijas de la Caridad, presentando su dimisión el 1 de enero de 1928. A partir de esa fecha el servicio sigue creciendo, como la gente necesitada, de tal manera que las dependencias de la Cuesta de Gibaja se quedaron pequeñas y la asociación compró un solar en la calle Tantín a su propietaria, Elena Huidobro García de los Ríos. En 1931 se comienza a construir la actual casa de la Cocina Económica con la colaboración del Obispado de Santander y de la comunidad de las Hijas de la Caridad que instalarán su sede en el lugar, junto al Colegio La Milagrosa, los comedores de la asociación y una capilla. El total del edificio se terminó en julio de 1938 gracias a la contribución económica de Pilar Canales Gallo, viuda de Ángel Jado Acebo; Agustín Tobalina Ortiz, en su condición de vicario general del Obispado y consejero de la Caja de Ahorros y del ya mencionado Cirilo de La Lastra Fernández.
Con las virtudes 'vicencianas' de la sencillez y la humildad, las religiosas y los voluntarios que atienden hoy la Cocina Económica buscan una atención integral de los más desfavorecidos con una preocupación constante por la promoción de la persona en todas sus dimensiones. Además del comedor (durante la pandemia se repartieron una media de 170 comidas diarias), se presta un servicio de higiene con duchas y lavado de ropa, se pone a disposición un economato que proporciona lotes de comidas a familias en situación de pobreza y se ofrecen recursos residenciales para evitar que las personas tengan que estar en la calle. La Cocina Económica dispone de un espacio de 20 plazas de media y larga estancia para personas en riesgo de exclusión, pisos compartidos orientados a favorecer la autonomía social y programas de activación para desarrollar habilidades de apoyo a la vida cotidiana. También se ponen en marcha talleres ocupacionales que favorecen el acceso al empleo.
La benéfica institución sigue sosteniéndose gracias al sacrificio de las Hijas de la Caridad y del voluntariado, con donaciones de particulares y la ayuda de varias entidades, como el Gobierno de Cantabria, el Ayuntamiento de Santander, la Obra Social de Caja Cantabria, la Obra Social La Caixa, la Fundación Botín, la Huella Social de Bankia, El Corte Inglés y diversas acciones, como la marcha solidaria por las calles de Santander que se celebra hoy viernes y en donde los participantes entregan un kilo de alimentos para la causa.
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Ana del Castillo
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